Lo siguiente fue un episodio sin precedentes, por lo menos para mí: vientos fuertes que azotaron sin parar puertas y ventanas, gotas que querían arrancar la transparencia de los cristales como si se tratara de algo personal parecido a la envidia, y la luz hiriente que precede al sonido estertóreo, al miedo irracional al ruido, ese miedo ancestral que amedrentó a los habitantes de las cuevas, que espanta a los animales, que revive la diminuta existencia de todos. Temblaba con todos mis huesos y un poco más de alma que en otros temblores anteriores, quizá porque esta vez la tormenta me atacaba medio guarecida, insegura y escarmentada. Cerré los ojos con toda la fuerza de que disponía, recé un Padre Nuestro como quien busca un mantra tranquilizador, subrayando aquel: y libranos, señor, de todo mal, amén. Me sentí un poco ridícula, pero pensé que no sería la única que ante el pánico recurre a un consuelo infantil. Al final, caí dormida, con la manta tapando mi cabeza para así aunar mi respiración con mi olor y mi calor. Tapada me imaginé en buen refugio, sobre todo porque me era familiar, rezumaba confianza y esa sensación me servía para alejar el miedo. Repitiendo el mantra infantil, me quedé dormida.
Es cierto aquello que dice que, después de la tormenta, viene la calma. Estaba en calma como el día azul y sin nubes, eso era normal porque todas ellas habían descargado su furia la noche anterior y el viento había barrido con todo, pero no con el recuerdo. La tormenta arrasa a todos por igual, porque cae desde arriba, y el abajo, no tiene fronteras, antídotos ni paraguas lo suficientemente grandes o fuertes para evitarlo: hay que aguantarse, aunque no todos pueden o saben.
Y es que yo me empeñaba en admirar la belleza en la furia de los elementos porque había sido una buena lectora de Nietzsche y recordaba cuando, en una biografía, llamó mi atención el que se anotara su fascinación por la tormenta. ¿Qué tipo de espíritu puede sentirse atraído por un fenómeno que provoca una sensación de vulnerabilidad tan enorme? Entonces me vino a la memoria Turner quien, colgado y atado al mástil de un barco, insistía en pintar la tempestad. A lo mejor, estos ejemplos me susurraban al oído en el momento en que estallaban los truenos que me calmara, que buscara lo bello dentro de ese caos.
Y entonces sucedía que cada vez que, como hoy que había pasado la tempestad y volvía la calma, te llamara para celebrar que estábamos vivos, mientras tú insistías en que era una cuestión de tiempo, que la próxima nos atraparía sin avisar y que por eso preferías quedarte en casa con puertas y ventanas bien aseguradas, porque no tenías que confiar en ese sol radiante porque sabías que tarde o temprano, volvería ella con su descarga de rayos y truenos, agua y ruido, negrura y crujido, y ningún mantra ni adulto ni infantil la alejaría.
Después de esta conversación me di cuenta de todo lo que te sucedía, estabas atrapado allí, en el lugar donde nacen todos los cataclismos, en el lugar en el que las tormentas con sus susurros sordos y lóbregos vuelven y van.
Yo aprendí a quedarme paralizada durante la tormenta, aprendí a entender que también el terror era parte de mí, que sentirlo me hacía fuerte, y aunque llorara de impotencia, era el lugar que me había tocado, a sabiendas de que hay quienes viven en climas más benévolos, no era nuestro caso: tú y yo compartíamos la misma latitud. Yo entendí la inutilidad de luchar contra ese sentimiento, tú pensabas lo mismo, sólo que tú sentías que la tempestad estaba perennemente campeando sobre ti, haciendo de las suyas, como un juguete de cuerda loco y desmandado: yo no sé salir de ella, tú dices de Turner o de Nietzsche, yo no sé salir, yo no sé pintar y ya no sé pensar. Yo insistía y tú no dejabas de escucharte a ti mismo.
Llegó el día esperado en el que la tormenta se cebó contigo, hizo crujir tu casa y casi sales arrastrado por la puerta, corriente abajo. Un mueble atravesado lo impidió. Me llamaste y me contaste lo ocurrido. Yo te respondí que había descubierto un lugar que estaba un poco más arriba de mi casa, que lo hice cuando el cielo estaba azul y el día despejado y bonito. Te conté que me mudaría, que estaba aprovechando ahora que no llovía para llevar mis cosas, te pregunté que porqué no hacías lo mismo. Con tu voz ronca y débil me aseguraste que no podías, que me admirabas, pero que no podías. Colgaste con un adiós de meteorólogos.
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| William Turner, Barco a vapor a la entrada de un puerto |

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