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Irreparable

"Recuerdo el tiempo en que pensábamos que habíamos venido al mundo a elegir entre el mal y el bien. Luego supimos que había que abrazar dilemas, elegir entre lo malo y lo malo, elegir entre lo bueno y lo bueno, y todavía era llevadero porque parecía posible elegir lo menos malo, o lo más bueno. Hasta que nos dimos cuenta de que no habíamos contemplado lo irreparable. La vida se empeñaba en colocarnos ante elecciones que comportaban pérdidas irreparables, una y otra vez".   (Belén Gopegui)

Me desperté con una sensación de liviandad, parecía que ya había pasado la tormenta. El cielo de anoche era un espectáculo digno de cualquier cuadro de Caspar David Friedrich, parecía que todo se iba a desplomar en un segundo, porque desplomar es una buena palabra que describe la caída aparatosa y a la vez ese color plomizo de las turbulentas nubes que provoca pavor. 

Lo siguiente fue un episodio sin precedentes, por lo menos para mí: vientos fuertes que azotaron sin parar puertas y ventanas, gotas que querían arrancar la transparencia de los cristales como si se tratara de algo personal parecido a la envidia, y la luz hiriente que precede al sonido estertóreo, al miedo irracional al ruido, ese miedo ancestral que amedrentó a los habitantes de las cuevas, que espanta a los animales, que revive la diminuta existencia de todos. Temblaba con todos mis huesos y un poco más de alma que en otros temblores anteriores, quizá porque esta vez la tormenta me atacaba medio guarecida, insegura y escarmentada. Cerré los ojos con toda la fuerza de que disponía, recé un Padre Nuestro como quien busca un mantra tranquilizador, subrayando aquel: y libranos, señor, de todo mal, amén. Me sentí un poco ridícula, pero pensé que no sería la única que ante el pánico recurre a un consuelo infantil. Al final, caí dormida, con la manta tapando mi cabeza para así aunar mi respiración con mi olor y mi calor. Tapada me imaginé en buen refugio, sobre todo porque me era familiar, rezumaba confianza y esa sensación me servía para alejar el miedo. Repitiendo el mantra infantil, me quedé dormida.

Es cierto aquello que dice que, después de la tormenta, viene la calma. Estaba en calma como el día azul y sin nubes, eso era normal porque todas ellas habían descargado su furia la noche anterior y el viento había barrido con todo, pero no con el recuerdo. La tormenta arrasa a todos por igual, porque cae desde arriba, y el abajo, no tiene fronteras, antídotos ni paraguas lo suficientemente grandes o fuertes para evitarlo: hay que aguantarse, aunque no todos pueden o saben.

Y es que yo llevaba una larga temporada entre claros y nubes, cambios en la atmósfera, corrientes heladas y cálidas chocando entre sí, provocando todo tipo de fenómenos sin precedente. Y lo iba capeando entre sol y sol. Ante cualquier cambio significativo te llamaba para saber cuántos destrozos habían ocurrido a tu alrededor y si habías podido salvar algo, si todo estaba bien, y en general, casi todo, siempre, estaba bien. Tú contabas con un buen cobijo, mucho mejor que el mío, pero te quejabas de la tempestad mucho más que yo.

Y es que yo me empeñaba en admirar la belleza en la furia de los elementos porque había sido una buena lectora de Nietzsche y recordaba cuando, en una biografía, llamó mi atención el que se anotara su fascinación por la tormenta. ¿Qué tipo de espíritu puede sentirse atraído por un fenómeno que provoca una sensación de vulnerabilidad tan enorme? Entonces me vino a la memoria Turner quien, colgado y atado al mástil de un barco, insistía en pintar la tempestad. A lo mejor, estos ejemplos me susurraban al oído en el momento en que estallaban los truenos que me calmara, que buscara lo bello dentro de ese caos.

Entonces comprendí lo que Byung-Chul Han quería decir cuando recordaba que el goce de lo bello no es inmediato, sino que se manifiesta mucho después, jalonado por otro acontecimiento que evoca al anterior. Recogimiento estético, esa era la respuesta al miedo a la tormenta. Y te lo comenté en esa llamada, pero tú insistías en defender tu sentimiento de indefensión, y yo insistía en que, por esa vía estabas creando un miedo irracional, patológico y enorme, imposible de vencer, aunque en realidad – y ambos lo sabíamos– no tuvieras nada a qué temer, abrigado como estabas. Pero, no había manera de que me concedieras un poco de razón.

Y entonces sucedía que cada vez que, como hoy que había pasado la tempestad y volvía la calma, te llamara para celebrar que estábamos vivos, mientras tú insistías en que era una cuestión de tiempo, que la próxima nos atraparía sin avisar y que por eso preferías quedarte en casa con puertas y ventanas bien aseguradas, porque no tenías que confiar en ese sol radiante porque sabías que tarde o temprano, volvería ella con su descarga de rayos y truenos, agua y ruido, negrura y crujido, y ningún mantra ni adulto ni infantil la alejaría.

Creo que en algún momento te daba curiosidad lo que te contaba, que yo había salido con un sol espléndido y que el cielo era azul, a lo mejor te preguntabas cómo era posible, entonces te asombrabas y te quejabas de tu incapacidad para disfrutar con algo tan volátil, efímero y estúpido. Entre tanto, yo seguía hablando de Nietzsche y de Turner, si bien hoy te recordaba una frase de Tagore: "Las nubes vienen flotando a mi vida desde otros tiempos, ya no para arrojarme lluvia o preceder a la tormenta, sino para dar color a mi atardecer.” Me confesaste, sin ánimo de ofenderme, que eso te parecía una gran tontería, porque las nubes que contaban no eran esas de colores, esas sólo estaban en la mente de los simples y cobardes. Me sentí avergonzada, quizá porque pensé que no te estaba entendiendo como me gustaría.

Después de esta conversación me di cuenta de todo lo que te sucedía, estabas atrapado allí, en el lugar donde nacen todos los cataclismos, en el lugar en el que las tormentas con sus susurros sordos y lóbregos vuelven y van.

Y de nuevo volvió a suceder: Turner se hace atar a un mástil durante cuatro horas en alta mar para pintar después su "Barco a vapor a la entrada de un puerto" y Nietzsche escribe: "Las palabras más silenciosas son las que traen la tempestad. Pensamientos que caminan con pies de paloma dirigen al mundo".  Pero, tú sigues ahí atrapado.

Yo aprendí a quedarme paralizada durante la tormenta, aprendí a entender que también el terror era parte de mí, que sentirlo me hacía fuerte, y aunque llorara de impotencia, era el lugar que me había tocado, a sabiendas de que hay quienes viven en climas más benévolos, no era nuestro caso: tú y yo compartíamos la misma latitud. Yo entendí la inutilidad de luchar contra ese sentimiento, tú pensabas lo mismo, sólo que tú sentías que la tempestad estaba perennemente campeando sobre ti, haciendo de las suyas, como un juguete de cuerda loco y desmandado: yo no sé salir de ella, tú dices de Turner o de Nietzsche, yo no sé salir, yo no sé pintar y ya no sé pensar. Yo insistía y tú no dejabas de escucharte a ti mismo.

Eran dos meteorólogos en medio de un sin fin de fenómenos sin explicación, querían abrigarse bajo el paraguas de una leyenda apocalíptica, pero su fatal de fe, su exceso de racionalidad no les dejaba. Intercambiaban mensajes sólo para comprobar que ambos seguían vivos aguantando los embates de las olas, de las riadas, de las aguas enfurecidas que cada vez más atacaban sus moradas.

Llegó el día esperado en el que la tormenta se cebó contigo, hizo crujir tu casa y casi sales arrastrado por la puerta, corriente abajo. Un mueble atravesado lo impidió. Me llamaste y me contaste lo ocurrido. Yo te respondí que había descubierto un lugar que estaba un poco más arriba de mi casa, que lo hice cuando el cielo estaba azul y el día despejado y bonito. Te conté que me mudaría, que estaba aprovechando ahora que no llovía para llevar mis cosas, te pregunté que porqué no hacías lo mismo. Con tu voz ronca y débil me aseguraste que no podías, que me admirabas, pero que no podías. Colgaste con un adiós de meteorólogos.

Aquella noche, otra vez, volvió con más furia, más rencor, más rabia. Me contaron que arrasó con tus puertas y ventanas, o que quizá tu mujer se olvidó de cerrarlas o acaso, eso lo sospeché después, ella las dejó abiertas porque también ella se cansó del miedo. Me dicen que yacías dormido en el suelo porque tenías calor y no aguantabas el cálido lecho, que aquella noche no pudiste ya sentir la pavura que te mantenía despierto, que te descuidaste de ella, que dormiste como no lo habías hecho en muchos años mientras recordabas aquel párrafo de Murakami de “Kafka en la orilla” que yo quería compartir contigo al día siguiente y que nunca pudimos leer juntos: “Y una vez que la tormenta termine, no recordarás cómo lo lograste, cómo sobreviviste. Ni siquiera estarás seguro si la tormenta ha terminado realmente. Aunque una cosa sí es segura, cuando salgas de esa tormenta, no serás la misma persona que entró en ella".


William Turner, Barco a vapor a la entrada de un puerto



 

 
 

 


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