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Mostrando entradas de marzo, 2026

Morí en Barcelona

Morí una vez y fue en Barcelona. Sí, me morí y ni siquiera lo supe. Tampoco sé la causa. Ignoro si fue un accidente, un atraco a mano armada, un infarto -como le sucedió a mi padre-, acaso envenenada o lanzada por una ventana. La cosa fue que morí en Barcelona. Trataré de entender este asunto porque me compete casi directamente, digo casi porque al no saber a ciencia cierta lo ocurrido y ver que este hecho tampoco ha alterado de manera llamativa mi existencia, considero que lo he de tratar con el mismo cuidado con el que trato una invasión de hormigas en verano: busco el origen, sigo la fila, y las mato a todas, una a una (eso dependerá de la paciencia que tenga ese día, claro está). La cosa es que, si fue en Barcelona, lejos de mi país natal, eso cierra un poco el círculo y ahora explicaré porqué. En Barcelona no hay muchas opciones para morir, es decir, no te pueden matar en un atraco, no te pueden atropellar y tampoco es probable que te dejen morir de un infarto, tampoco te ...

Promesa

S e prometió a sí misma vivir de un modo más ordenado, se prometió tener tiempo para sus cosas. Entrando en los cuarenta, su esposo la dejó porque y, cito textualmente: "era una auténtica hija de puta", ella no se daba cuenta, pero lo era. Hasta ese momento y, aprovechándose de su juventud, se había dedicado a vivir del cuento, es decir, del sueldo de él. Como ya no trabajaba de peluquera porque él se ganaba muy bien la vida con sus reformas, ella se puso a gastar todo el dinero que entraba casa para vivir a lo grande porque, según ella, se lo merecía.  Primero, comenzó por reformar el piso: la cocina y el baño con los mejores acabados y, por supuesto, a endeudarse. Luego, se le ocurrió que ya con el piso reformado, ¿por qué no venderlo e irse a una casa? Y así fue, otra deuda más. Mujer, que estamos al límite, le decía él y ella le contestaba, ¡Tú si que me tienes al límite, no eres productivo, no tienes ambición!  Y él, como estaba enamorado y creía que era su debe...

La Punta

La casa continua ofreciendo posibilidades infinitas para el asombro. Los acontecimientos son imprevisibles y por ello cabía seguir siempre la regla de los acontecimientos imprevisibles. Gran Regla de Oro de los Acontecimientos Imprevisibles Suceden a cualquier hora. No requieren ninguna preparación. Por lo tanto no cabe preverlos. Si, yo ya sabía esto y por eso me resulta muy extraño reconocer esa estúpida sorpresa, alharaca, aspaviento que los mayores hacen a la hora en que los acontecimientos imprevisibles acontecen: ¿si son imprevisibles, qué es lo que esperan, estar preparados?  Entaconada y con mis galas de costumbre, voy dejando de frecuentar la cocina de mi mamá. Creo que ya sabía lo que tenía que saber: preguntar lo justo, jugar al juego de la comadre y soportar el calor infernal de los humos y demás olores extraños. Pero un día, quizá notando esta suerte de agotamiento lúdico, mi mamá se empeñó en enseñarme unos objetos peligrosísimos que me acompañaron para siempre, inclu...

La lengua de todos los tiempos

Todas las mujeres de su familia la dominaban. La habilidad se transmitía de madres a hijas, y solo a aquellas que tenían un uno en su fecha de nacimiento. De momento, pese a la extraña circunstancia, no se ha perdido la habilidad. La cuestión era que, como esa habilidad reportaba algunos inconvenientes, hace muchos años se reunieron las sabias y decidieron que no lo revelarían a las afectadas, a menos que fuera absolutamente necesario. Como hija de aquella extraña saga familiar, Francisca creció dentro de un rango de normalidad bastante aceptable; era tímida y un poco asocial, porque pensaba que era diferente y que no era bien recibida por los demás, pero no había ninguna evidencia para corroborarlo. Y, como a los niños normales, a ella también le gustaba jugar a la pareidolia, es decir, a descubrir formas conocidas en las nubes mientras tarareaba alguna canción y se rascaba la barriga. Con el tiempo, encubrió la timidez con audacia, sobre todo porque descubrió que era una apasionada d...