No fui a la escuela pública porque mi mamá tenía ciertas creencias ligadas al temor de no poderme cuidar como era debido. Como mi papá había muerto y yo sólo contaba con cuatro años, ella seguramente se abrumó por toda la responsabilidad que ello conllevaba. Sucedió que la vida seguía su curso inexorable, con altos y bajos y mucha adaptación por parte de todos los implicados, incluyéndome. Aprendí a leer bastante pronto porque yo me quedaba en casa con ella y mientras cocinaba y hacía sus quehaceres, yo me sentaba en el suelo y utilizaba una silla regia de madera para garabatear mis primeras letras y aprender mis primeras palabras. Entendí, entonces, que la etapa de dibujar mamarrachos estaba pasando. Ahora recuerdo que jamás ni nunca dibujé a una familia completa porque no la conocí. En verdad no sé si alguna vez dibujé a una familia. Esto último creo que se debió a esa cualidad tan bien valorada en aquellas tierras llamada delicadeza. Imagino que a los niños de un país tan joven, en ...
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