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Mostrando entradas de octubre, 2024

Lo desconocido

La sala quedó vacía, era la habitación más grande de la casa. Sus dos ventanas daban a la calle, pues era una casa colonial americana. Su fachada, a la vista estrecha y alargada, estaba compuesta por las dos ventanas de tres postigos, dos pequeños abajo, dos muy grandes más arriba que permiten la entrada de luz, pero no la mirada indiscreta de la gente de la calle  y todavía dos pequeños arriba de todo para cuando se quiere menos luz o ventilación o sencillamente para dejar entrar la brisa nocturna y fresca de las noches caraqueñas. Tenía la puerta principal, alargada también y de madera maciza que da hacia el zaguán rematado por la puerta de la casa; la sala es del largo del zaguán por el ancho de la fachada. Las salas como aquella, fueron hechas para que la gente de la casa se reuniera allí; conversara en la noche, leyera, escuchara música, planeara revoluciones decimonónicas o sencillamente para que las mujeres tuvieran un lugar donde dedicarse a sus labores y de ese modo dar ch...

Fragilidad

Lola tiene cincuenta años y acaba de perder su trabajo. La panadería en la que había trabajado toda su vida ha cerrado; era una de las pocas que todavía hacía pan artesanal en Barcelona. Ahora está nerviosa, no va mal de dinero, cobra el paro, se entrevista en el INEM, pero el fastidio que le supone el no hacer nada le disgusta, la desquicia. Tiene un marido que llega por la noche y nada más... Un piso pequeño que limpiar y unas plantas que regar, y ya está limpio y regadas. Lola compra el Anuntis los días que sale: sólo encuentra respuestas negativas a sus solicitudes de empleo.   Un día, cuando las dosis de Lexatin recomendadas por el médico de cabecera no le hacen mella, Lola recibe una llamada. Se trata de una compañía de limpieza. Mañana a las ocho en la calle Mallorca y de allí al sitio donde toque trabajar. Vestida del blanco impoluto de la protocolar compañía, Lola entra en las fauces del dragón que se la tragan. Va directo a las propias entrañas tan desconocidas por ta...

La cruz de hierro

En el cementerio de las Fábricas –así llamaban al pueblo que creció alrededor de las Reales Fábricas de San Juan de Riópar– buscábamos la tumba del abuelo Pedro. Desde allí, la vista nos llevaba a otros pueblos a través de un paisaje impresionante de colinas suaves y verdosas, ligadas por caminos que conducían hacia los recuerdos. Deshabitado, como todos los cementerios, éste nos ofrecía, sin complejos, su descuido y su soledad. –                  Abuelo, estas flores son para ti. Te las envía tu hija que dice que fuiste un buen hombre. – Con                la parquedad de palabras que le caracteriza, hizo lo encomendado y evitó cualquier comentario,  pero  yo le conozco bien y sé cuando en sus palabras no hay punto final. –         ¿Y cómo era Pedro? –         Dicen que era un buen hombre. –    ...

Bienvenidos a El Paraíso

De joven viví en una urbanización llamada El Paraíso, quizá su nombre se debía a sus habitantes, pues allí todos vivían desnudos y subidos a una parra. Era como un jardín del Edén aunque a primera vista no se observara nada diferente al resto de la ciudad. Cuando era niña me gustaba pasear por allí, veía aquellos cadillacs, buicks, fords, chevrolets de dos colores con sus formas casi bien galácticas. En mi imaginación parecían naves espaciales que me devolverían a mi querido planeta en el que todo era posible. Visitaba la casa de mis tíos que era moderna y bonita, con sus suelos blancos de granito, balcones y grandes ventanas. Tenía un jardín por el que pululaban plantas extravagantes como la flor de mayo, la dama de noche, la espada de bolívar o la mala madre, la sombra corría a cargo de una mata de mango, nunca un apamate, de ellos estaba llena la avenida principal. Con el tiempo aquel paraíso dejó de ser un lugar de ensueño infantil para convertirse en la realidad de mi adolescencia...

¡Me han robado!

Y fue así como entraron a mi casa... Me levanto de buen ánimo y de pronto veo que han entrado en mi casa, ¡está todo patas arriba! Bajé corriendo, la puerta no estaba forzada, ni siquiera parecía que la hubieran abierto, el perro tampoco había ladrado, lo cual es muy raro. Todo parecía estar en orden excepto por el desorden. Tardé un buen rato en evaluar los daños que, en apariencia, no eran importantes. Busqué en el joyero, todo correcto, no faltaba nada. Los aparatos electrónicos, que son una golosina, estaban allí despertando de su letargo nocturno. Ya espantada abrí la nevera, en verdad no sé porqué lo hice, pero todo estaba allí. Exploré mi cuerpo -una nunca sabe-, tampoco, ninguna señal de nada, aunque no sé qué es lo que podía estar buscando ¡pero una nunca sabe! Me senté un rato para calcular cuánto tiempo me tomaría volver a ponerlo todo en su lugar: mi ropa y la de mi esposo, las ollas, los cubiertos, los vasos, servilletas y lencería, los adornos, todo estaba absolutamente d...