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Mostrando entradas de diciembre, 2025

Fin de Año en el valle del Yuma

“Cada cual cuenta la feria según le fue en el frontón.” Así reza un dicho muy castizo que refiere cómo las personas relatan cada una sus vivencias. No hay manera de ponerse de acuerdo cuando alguien manifiesta un yo lo veo así y punto , y ese es el caso de los de Cacerill. Ya conocemos su historia, por lo que no hace falta repetirla, pero no conocemos la historia según sus vecinos que los han sufrido por siglos. Cacerill está situado en uno de los extremos de aquel frondoso y fértil valle, el atravesado por el río Cuco, en honor a aquel jefe indio que descubrió la región y se trajo aquí a vivir al resto de la tribu. Los cucos se esparcieron por todo el valle, y por alguna razón desconocida evitaron el lugar de Cacerill. Al otro extremo de valle fundaron Pendular. Cabe decir que siempre hubo una convivencia pacífica entre cacerillences, y pendulares, pese a que estos últimos eran un poco cambiantes de ánimos, ya se sabe. Con los años cada pueblo fue conformando su propia identidad...

La Navidad de la casa de San Juan

En mi casa de San Juan la Navidad se presentaba siempre por adelantado. Ya en noviembre, con el cumpleaños de mi mamá, comenzaban los preparativos. Era un ritual, la casa tenía que estar bonita y, aunque no nos sobraba el dinero, para ella era sagrado pintar la casa, (¡uy, ese olor a pintura, todavía permanece en mi mente como preludio!) arreglar los techos rasos porque durante el año las goteras habían dibujado esos mapas marrones de continentes desconocidos que yo navegaba desde mi cama cuando miraba al techo, y comprarnos los estrenos que serían nuestra ropa bonita para las Navidades y el resto del año, además de preparar las hallacas, el pernil, y la ensalada de gallina. Ese ritual yo lo vivía con emoción desde el minuto en que la casa comenzaba a oler a pintura, y los señores del cielo raso dejaban todo aquello limpiecito . Me gustaba verlos trabajar porque desvelaban las entrañas del techo: era una tela marrón (la coleta) en la que se pegaban aquellos papeles tan blancos con un...

La familia primero

Carlos Antonio, Toñito para la familia y Antón para los amigos, era muy parecido a su padre: flaco, menudo, muy nervioso, pragmático y calculador, por eso, quizá, estudió informática.  Tenía  esos ojos grandes, muy negros, que heredó de su madre, la Trini. De ella también era esa sonrisa que le traía éxito con las ‘titis’ –como llamaban los amigos a las chicas que estaban de buen ver–, y que le confería un encanto casi irresistible. Fue el mismo encanto que usó el día en que le pidió a su jefe ir a revisar la alarma de la casa de los millonarios esos, dueños de las obras de arte. Aquella tarde habló con Lléferson del tema en condiciones muy especiales, porque era un tipo bastante quisquilloso y precavido, si es que una cosa no supone la otra. Y es que esa tarde, sin avisar, Toñito fue a esperarlo a la salida del curro. Lo invitó a unas cañas, pero antes, tenía que comprar unas cosas en el supermercado ese grande que hay en Las Ramblas, siempre lleno de turistas. Entraron. Al...

Una despampanante belleza.

Cuando salían del bar siempre se encontraban con los mismos tipos, unos borrachos de medio pelo, quienes, recostados en las aceras o contra las farolas, hacían difícil el tránsito hasta el coche. Ellos, no los borrachos, solían llevar encima el dinero de la caja del día, era lo que tenía trabajar sin facturas. Lo facturado ya estaba en el banco y por ello había que pagar impuestos, es lo que tiene ser pobre con espíritu emprendedor, o haber salido de la cárcel y que nadie te dé trabajo, por si acaso. No tenían miedo de ningún atraco, porque al contrario de lo que ellos eran en verdad, la mayoría pensaban que eran ellos los atracadores. No vestían bien y el hollín de las chimeneas teñía hasta sus buenas intenciones. Callados en el coche, de camino a casa, escuchaban Radio Olé, como todas las noches después de cerrar, pero hoy era distinto, porque querían y no querían. Manu le pregunta a Cándido que qué piensa, éste le contesta que no sabe. Le confiesa que se ve incapaz, pero Manu le dic...

¡Esto es peligroso, corran!

Manu siempre ha sido un tipo muy alegre que iba de sabelotodo por la vida, la mezcla de estas dos cualidades y un poco de fanfarronería le hacían atractivo a las mujeres para una cosa y a los delincuentes, para otra. Porque además de buena presencia poseía una labia excepcional. Tuvo un bar en el Barrio Chino que le procuró muchas ganancias que él supo dilapidar en sus fiestecitas, sus rumbitas y una que otra noche loca, muy loca: la calle Tusset o la Ruta del Bacalao, ¡así se las gastaba! Cuando su padre le pillaba durmiendo las resacas que implicarían continuar una noche donde había dejado la otra, le insistía en que tuviera cuidado, que el camino por donde iba lo llevaría, tarde o temprano al talego, Manu se reía y le decía que no estaba haciendo nada malo. Su padre y su madre eran chatarreros, y aunque suene un poco mísero, con esa actividad le habían dado el dinero para la entrada del bar, el dinero para el primer coche, y otros muchos préstamos para sacarlo de sus apuros de...