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Mostrando entradas de octubre, 2025

Irreparable

" Recuerdo el tiempo en que pensábamos que habíamos venido al mundo a elegir entre el mal y el bien. Luego supimos que había que abrazar dilemas, elegir entre lo malo y lo malo, elegir entre lo bueno y lo bueno, y todavía era llevadero porque parecía posible elegir lo menos malo, o lo más bueno. Hasta que nos dimos cuenta de que no habíamos contemplado lo irreparable. La vida se empeñaba en colocarnos ante elecciones que comportaban pérdidas irreparables, una y otra vez".    (Belén Gopegui) Me desperté con una sensación de liviandad, parecía que ya había pasado la tormenta. El cielo de anoche era un espectáculo digno de cualquier cuadro de Caspar David Friedrich, parecía que todo se iba a desplomar en un segundo, porque desplomar es una buena palabra que describe la caída aparatosa y a la vez ese color plomizo de las turbulentas nubes que provoca pavor.  Lo siguiente fue un episodio sin precedentes, por lo menos para mí: vientos fuertes que azotaron sin parar puertas...

1604

Alguien tiene que alzar su voz para hacer del conocimiento de todos este hecho imperdonable. Es de justicia saber qué pasó un año antes en aquel país bautizado por Colón como Tierra de Gracia, por eso explicaré ese maravilloso 1603, el año que precedió al hecho que consolidó la calamidad, y poco a poco os daréis cuenta de que al año siguiente sucedería algo que cambiaría por completo la vida de aquel extraordinario rincón del planeta. En Europa ya era muy tarde, pero aquí nadie tuvo la clara conciencia de evitar propagar el mal por nuestras tierras.  En ese entonces, el procurador de Caracas era Simón de Bolívar, el Mozo. Este hombre había llegado a Caracas en 1589, enviado por el Reino de España. Si bien hizo mucho en el ejercicio de su cargo, como, por ejemplo, solicitar permiso para la construcción de un seminario que luego daría paso a la primera universidad en Venezuela, o conseguir un escudo de Armas para la ciudad, no obstante, este personaje logró suspender la orden de no...

Ester nunca salió de aquí.

Hace más o menos un año, mi amiga Laia me llama por teléfono diciéndome que necesitaba encontrarse conmigo, que era urgente. Pensé, para mis adentros, que en qué líos se habría metido esta vez. Quedamos en su casa, conversamos un buen rato, de esas cosas de amigas, aunque sabía que no me había llamado por la aventura del sábado en la noche, o porque su jefa le hubiera pedido que hiciera un informe a la hora de salir. De pronto, ante mi negativa de prolongar su parloteo fui directo al grano. Entonces, de uno de los estantes de su biblioteca surgió un sobre marrón, desgastado y un poco manchado por los años, la humedad y algunos dedos curiosos. Recortes, fotos, cartas. Ella sabe que esa es una de mis debilidades, manosear la historia, recomponerla como si fuera un rompecabezas. Mi abuela me ha confiado este sobre, dice que necesita que yo lo entienda. Ella es demasiado reservada, nunca habla de su pasado. Me dice que necesita que yo sepa esta verdad, que la averigüe. Para eso me pidi...

Las laderas de Cacerill

En las conocidas laderas de Cacerill, todos nos conocemos. No es fácil porque nuestras referencias no son nuestros padres, ni la casta a la que pertenecemos, ni siquiera nuestro parecido. Desde tiempos inmemoriales nuestro pueblo luchó por una única cosa: no promover la identidad como aquello en lo que se asienta la conciencia. Sabemos que era una idea tan absurda que contrastaba con el denuedo con el que se llevaba a cabo. Así comienza su discurso cada año el gobernador de turno de aquel hermoso valle rodeado de laderas fértiles, bosques frondosos y una fauna maravillosa envuelto por el mejor de los climas, aunque su historia, tan singular, hoy nos parece un poco rocambolesca. Y es que la costumbre allí obliga a apartar a los recién nacidos de sus padres para intercambiarlos. En primer lugar, con ello se evitaba el riesgo del parecido y la herencia y en segundo lugar, como los padres lo sabían, hasta lo deseaban porque no querían tener a un ser caprichoso que estuviera siempre excusan...

Como de foto

Amaba lo que hacía. Desde muy joven descubrió la extraña seducción de la mirada. Sus amigos le decían que era un fisgón, un metiche, un mirón, un impertinente, un voyer que, siendo un término culto, servía para despreciarlo igual. Recordaba, con una extraña sensación de pecado y gozo a la vez, su época de adolescente cuando, sentado en la última fila y haciéndose pasar por un chico tímido escondido tras sus gafas redondas a lo John Lennon, miraba de reojo los escotes de sus compañeras. Todos sabemos que no era su culpa que el aula fuera tan pequeña, que todos quedaran amontonados y que ellas quisieran mostrar sus lindezas fruto del descontrol hormonal de esa etapa de la vida. Cuando llegaba a su casa, y sin que nadie lo notara, se iba a la biblioteca en la que anidaban unas revistas Time Life con sus espectaculares fotos del alunizaje, de la Tierra vista desde el espacio, o de la guerra de Vietnam. Otras veces se distraía viendo a las celebridades del momento como Elizabeth Taylor,...