Lo-li-ta. Repetía una y otra vez como una oración que lo mantenía en su propio credo. Lo-li-ta, una oración que rezaba para invocar sus muslos firmes, lisos, suaves, blancos, aterciopelados. Lo-li-ta, era el abracadabra de mi cueva de un solo ladrón... Ella no lo escuchaba, porque no tenía edad para escuchar, a su edad sólo se ve. Como los niños que quieren las manzanas acarameladas por su brillo y su color, pero que nunca las comen después de dos lamidas porque son duras, viscosas, grandes e incómodas. Su brillo es el brillo de la manzana prohibida del paraíso, el mismo de la ofrecida por la malvada bruja a Blancanieves. Su pelo es gris a lo Richard Gere, su cuerpo ya no tiene veintes y las huellas del tiempo se marcaron ya: tres hilillos de varices por aquí, un vientre flácido que mantiene a duras penas lo que en su juventud fueron unos bravos abdominales, sus dientes amarillean por el uso del café, el vino o el tabaco. ¡La gente se desgasta y no puedo evitar compararme! ¿Cuántos...
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