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Mostrando entradas de enero, 2025

Del cielo a la Tierra

La crisis estalló el día en que me tocó decidir cuál sería mi destino futuro. Estaba harto de tener siempre que cuidarme del ridículo. Mi padre me decía como consuelo: “Hijo en nuestra familia el ridículo es inevitable, pero eso no nos hace menos honorables”. Y aunque él se complacía con la rima, a mí me daba indignación volver a pasar siempre por lo mismo. Siempre sintiéndome disminuido, minimizado. Ya había leído todo tipo de reflexiones y teorías respecto del poder del nombre y no sé cuántas cosas más. Que si los hermeneutas pensaban que el efecto del nombre lo ejercía la interpretación, que si cada nombre tenía una asonancia propia que le daba fuerza a su poseedor. Estaba de acuerdo con todo porque estaba convencido de que el mío me reducía a casi nada, a un suspiro, a un mimo, a una caricia de gato. Aquella noche, había sido una larga noche, estuve despierto, pensando en todas las combinaciones posibles. Nadie lo entendía: se trataba del resto de mi vida. De nuevo pensaba en m...

El Corresponsal

Albert llegó a Venezuela, por allá por los setenta, con un marcado acento catalán que le hacía aparecer raro para aquellas gentes morenas tan espabiladas y resueltas que le llamaban “gallego”. A ellos les tenía sin importancia la lejanía entre Cataluña y Galicia —y menos sus diferencias—; al fin y al cabo, al igual que Julio Iglesias también Joan Manuel Serrat era gallego. Le tocó vivir la bonanza del petróleo y de un dólar al cambio de cuatro bolívares con treinta céntimos. Su familia se instaló en Caracas, que entonces era una ciudad cosmopolita y su universidad gozaba de prestigio; allí comenzó Albert su carrera de arquitectura. Para ese entonces le llamaba poderosamente la atención aquella amplia explanada llamada Tierra de Nadie, desde donde podía ver cotidianamente al Aula Magna enfrentándose al Ávila, era como un duelo entre Dios y Villanueva en el que siempre ganaba Dios. Por pura supervivencia o mimetización, o ambas cosas, me hice a la medida de mi vida de estudiante. Allí,...

Siena

Veo su rostro cada mañana, Sus ojos parece que me vigilan, su invisible sonrisa me conmueve, pero yo soy un enajenado. Quien pregunte mis razones nunca las entenderá y quizá —igual que yo— termine en este diálogo absurdo con su propia vida preguntándole, además, hacia adónde le ha conducido.   Pasé la mayor parte de mi vida en Boloña y para orgullo de mis padres fui por fin a la universidad. ¡Universidad de Boloña! ¡Alumno ejemplar del gran profesor Eco! Estudié a fondo su "Tratado de Semiótica General", viví y respiré estructuralismo, los aires de la intelectualidad del sesenta y ocho me mimaron. Como intelectual siempre preferí el modelo nietzscheano: el tipo arrogante y provocador, irónico, audaz y triunfador, irreverente, de profesión. Dios nunca fue una prioridad, aunque el ambiente un poco provinciano de mi universidad lo dejaba colar de vez en cuando en alguna actitud, en algún juicio o en cualquier tímido llamamiento al orden. El tiempo se encargó de lo demás: me ...

Trazos

Descompongo en colores todo lo que veo, como un desahogo descarnado, como un aislamiento en el que sólo mi particular paleta tiene cabida. Soy sufriente, atormentado, lo sé. No puedo mantenerme un minuto de pie en la cordura pues, el lápiz, la tinta, los óleos, las telas me arrebatan. Me hace falta también una noche estrellada con cipreses. Ahora que me retrato tengo un modelo para reproducir, pero tengo razones para pensar que ese no soy yo: ¿son mis ojos azul de Prusia vibrando en ocre? ¿Es mi cabello naranja cadmio con amarillo de Nápoles? ¿Es mi piel esa combinación de trazos blancos, pardos y azules, verdes y cremas? Desplazo sin querer mis ojos hacia el fondo y me percato que soy más fondo que figura. Más preguntas que intentos de respuesta, soy todo titubeos, pero a la vez quisiera pintarme con no sé qué de eterno, de lo que en otro tiempo el nimbo era el símbolo y que nosotros buscamos por el centelleo mismo, por la vibración de nuestros coloridos. Soy Vincent, apagado y ...

El Balance

Era habitual en aquel lugar hacer balances aunque suene un poco desequilibrado. Se trataba de una costumbre en la que se volcaban todos sus habitantes justo antes de acabar el año. Quizá el motivo era no perder la esperanza de que aquellas líneas trajeran la comprensión de la existencia particular. Todos se daban cita aquel día independientemente de si había sido año bisiesto, pues, eso haría totalmente inútil igualar la datación exacta año tras año. A cambio, preferían usar el sentido común: la fecha señalada era el 31 de diciembre del año en curso. No había un horario en particular para ejercer el derecho al balance, pero tenía que ser antes de las doce de la noche de esa última jornada. La razón era obvia, si no, no sería un balance de fin de año y pasaría a convertirse en una lista de propósitos, cosa que obviamente estaba reglada de manera diferente y cuyas consecuencias también lo eran. Llegados al lugar, que era una hermosa explanada verde que se extendía apenas cruzar las puert...