La crisis estalló el día en que me tocó decidir cuál sería mi destino futuro. Estaba harto de tener siempre que cuidarme del ridículo. Mi padre me decía como consuelo: “Hijo en nuestra familia el ridículo es inevitable, pero eso no nos hace menos honorables”. Y aunque él se complacía con la rima, a mí me daba indignación volver a pasar siempre por lo mismo. Siempre sintiéndome disminuido, minimizado. Ya había leído todo tipo de reflexiones y teorías respecto del poder del nombre y no sé cuántas cosas más. Que si los hermeneutas pensaban que el efecto del nombre lo ejercía la interpretación, que si cada nombre tenía una asonancia propia que le daba fuerza a su poseedor. Estaba de acuerdo con todo porque estaba convencido de que el mío me reducía a casi nada, a un suspiro, a un mimo, a una caricia de gato. Aquella noche, había sido una larga noche, estuve despierto, pensando en todas las combinaciones posibles. Nadie lo entendía: se trataba del resto de mi vida. De nuevo pensaba en m...
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