Es duro ser madre, pero en mi caso más. Todas se quejan: que, si los niños desordenan, que no hacen las camas, que lo dejan todo tirado, que no obedecen. Pero, mis hijos sí que son particulares y sé -como nadie- que al afirmarlo no estoy diciendo nada distinto que no diga cualquier otra madre: me cuesta llevar esta casa adelante, además tengo muy poca ayuda por parte de mi marido. ¡Es una larga historia! Cuando lo conocí, miles de estrellas cayeron sobre mí. Su abrazo envolvente fue el principio de una pasión arrolladora, obsesiva por su parte, y no puedo ocultar que para mí fue el Cenit. Lo veía venir, arrastrándose con cautela entre mis montañas y valles, penetrar las cuencas de mis ríos y -confesarme cada vez que su luminosa mirada me definía- que yo era la única y nada más. De nuestros abrazos apasionados en los que cielo y tierra se confundieron, nacieron los niños. Desgraciadamente después que me hice madre él cambió conmigo. Quizá descubrió una mayor dicha en su machismo absurdo...
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