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Bienvenidos a El Paraíso

De joven viví en una urbanización llamada El Paraíso, quizá su nombre se debía a sus habitantes, pues allí todos vivían desnudos y subidos a una parra. Era como un jardín del Edén aunque a primera vista no se observara nada diferente al resto de la ciudad.

Cuando era niña me gustaba pasear por allí, veía aquellos cadillacs, buicks, fords, chevrolets de dos colores con sus formas casi bien galácticas. En mi imaginación parecían naves espaciales que me devolverían a mi querido planeta en el que todo era posible. Visitaba la casa de mis tíos que era moderna y bonita, con sus suelos blancos de granito, balcones y grandes ventanas. Tenía un jardín por el que pululaban plantas extravagantes como la flor de mayo, la dama de noche, la espada de bolívar o la mala madre, la sombra corría a cargo de una mata de mango, nunca un apamate, de ellos estaba llena la avenida principal.

Con el tiempo aquel paraíso dejó de ser un lugar de ensueño infantil para convertirse en la realidad de mi adolescencia: largas caminatas a la espera de que mi primer amor viniera conmigo cogido de la mano arropados por el color de los apamates en flor y acompasado por Neil Young y su Heart of Gold. La risa y la complicidad no estaban vetadas en ese recorrido inocente que me llevaba desde el liceo hasta mi casa. Las conversaciones con el resto del grupo eran maravillosas porque podíamos pasar de la burla a la fabulación y de allí a la poesía, la música o las preguntas existenciales, todo eso entre gritos y empujones. Así transcurría ese paseo: todos nos protegíamos, todos nos estimábamos y todos nos enamorábamos. 

Cuando llegábamos al puente Nueve de Diciembre, mi amiga Emma y yo teníamos que abandonar el grupo porque nosotras no pertenecíamos a la selecta casta que habitaba El Paraíso, nosotras vivíamos en la Avenida San Martín y en San Juan, respectivamente. Ella y yo habíamos estudiado juntas en el Monseñor Castro, un colegio de monjas, y desde entonces conservábamos esa amistad cómplice en la que la curiosidad por el mundo era nuestro tesoro mejor guardado. 

Quiso el todopoderoso, porque no pudo haber sido de otra manera, que nosotras cruzáramos el Puente Julián y así disfrutar de las delicias de ese otro lado de la ciudad el cual visitábamos sólo los días de fiesta y santos de guardar. Desde ahora sería nuestra ruta cotidiana para llegar al liceo. Sólo había que cruzar el puente que conectaba con el Paraíso Viejo, que era donde estaba el liceo, pero nosotras -como ya lo he dicho- preferíamos un trayecto de dos horas que el normal de quince minutos, pero, ¿qué son dos horas cuando se tienen trece años? De todos modos ese tiempo lo invertíamos en dejarnos arropar por los apamates rosa o violeta, las casas y edificios modernos, sus aceras anchas y los estudiantes que salían del liceo Caracas, el Aplicación, más los que venían de la Universidad Santa María o del Pedagógico.

Mis ojos de adolescente que llegaban a casa para soñar bajo el influjo de Carol King y su You’ve got a friend se encontraban con una enorme soledad al llegar a casa porque mis hermanos ya iban a la Universidad y mi mamá estaba trabajando. Eso me daba tiempo para hacer mis cosas porque mi calle no era precisamente amigable para una adolescente: tenía un par de bares de putas en la esquina y no mucho más y casas de familia con cuyos vecinos mi madre no tenía ninguna relación. Tampoco recuerdo si había alguien de mi edad ya que nunca hubo niños en la calle porque ésta era estrechas y transitada de coches.

Pensaba en él, me gustaba y parecía que yo también le gustaba. Estaba en otra sección pero en el mismo año. Pensaba en él como aquel con el que iba de la mano paseando por la avenida Paéz de El Paraíso. Pensaba que sólo cabía esperar la oportunidad porque el lugar y el tiempo ya estaban ahí, pues no faltaban entre nosotros algunos pequeños flirteos, o bromitas subidas de tono. Entre nosotros sería como en las películas, bonito, como en mi imaginación, enamorados.

En El paraíso, repito , todos estaban desnudos, no había lugar para los malos corazones por eso mi relato está atado a esa canción de Neil Young, Heart of Gold. Pronto comenzamos a hablar como amigos y pronto tuvimos mucha confianza, sólo faltaba lograr que él se uniera a nuestro grupo, el de Emma y yo, que iba creciendo. Descubrimos que vivía en La Paz, por lo que la opción de que hiciera la ruta era perfecta. 

Esa tarde él y su amigo Edwin vendrían con nosotras. Yo intentaría acaparar su atención y si tenía suerte, él me pediría llevar mis libros, aunque yo sólo usara una gran libreta de argollas con todos los apuntes divididos en materias 

Todo iba perfecto, salimos y nos esperamos todos los del expreso de El Paraíso, llevábamos por equipaje nuestras ilusiones, nuestras risas nuevas y algunas repetidas. Hoy no era día para salvajadas, hoy me comportaría como una niña que quiere un noviecito de esos bonitos de adolescencia con sus besos y caricias de aprendices, con sus canciones de amor entre las que no podrían faltar Down by the river, Stairway to Heaven o Hey Jude. Me gustaba escuchar música y cantar en inglés, para lo cual trataba de obtener las letras pues soñaba con que algún día podría hablar esa lengua bonita y suave que protegía mis sueños.

Aquella tarde de Mayo charlábamos mientras caminábamos. Compartíamos el mismo gusto por la música, y los libros, yo era inteligente y divertida y él también aunque un poco pícaro. De pronto, la voz chillona de Raquel Corrales nos irrumpió y, como por arte de magia, él fue abducido para transigurarse en un chico tímido que con vocecita trémula le pidió si acaso podía llevarle los libros, ella se los dió y siguieron juntos rezagando el paso mientras mi actitud de plantada conjuró la presencia inmediata de mi amiga Emma que vino en mi rescate.

En El Paraíso todos van desnudos, ya lo dije. Conocí uno de los trajes de la ilusión porque para seguir ilusionados hay que venir de El Paraíso y haber aprendido que, aunque todos vayan vestidos, en verdad siempre acaban mostrándose como Dios los creó.



©Rayda Guzmán

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