Lola tiene cincuenta años y acaba de perder su trabajo. La panadería en la que había trabajado toda su vida ha cerrado; era una de las pocas que todavía hacía pan artesanal en Barcelona. Ahora está nerviosa, no va mal de dinero, cobra el paro, se entrevista en el INEM, pero el fastidio que le supone el no hacer nada le disgusta, la desquicia. Tiene un marido que llega por la noche y nada más... Un piso pequeño que limpiar y unas plantas que regar, y ya está limpio y regadas. Lola compra el Anuntis los días que sale: sólo encuentra respuestas negativas a sus solicitudes de empleo.
Vestida del blanco impoluto de la protocolar compañía, Lola entra en las fauces del dragón que se la tragan. Va directo a las propias entrañas tan desconocidas por tantos. La luz del sol que polvorienta traspasa los cristales le advierte que su labor será dura: ha de sacarle brillo a sus afilados dientes. Recibe instrucciones precisas que suenan a amenazas. Mañana el dragón tiene que lucir espléndido, será la primera vez que la gente común podrá entrarle. Los cristales de la Casa Batlló hoy son responsabilidad de Lola: mañana comienza el Año Gaudí.
En el entresuelo primero, armada con sus aparejos, comienza a ejecutar con detalle el encargo; mas, la excesiva dosis de Lexatin que tomó está mañana comienza su indeseado efecto. Lola siente un horrible mareo que la obliga a apartarse con rapidez de la boca abierta y babeante de la bestia. Mira a su alrededor intentando desesperadamente erguirse, pero el olor a amoníaco hace de vaho espantoso que se traduce en bochorno, Lola está en la vía directa por donde la bestia escupe el fuego precedido del cálido vapor. Se aparta, su torpeza le propina una patada al cubo de agua y le hace perder el equilibrio, reacciona con rapidez soltando sus aparejos que, atravesando las fauces, van a dar directamente en los ocho japoneses de siempre cuya única tarea es tomarle fotos al número 43 de Paseo de Gracia. No tarda en llegar el supervisor cargado de insultos y de un visceral “váyase de aquí, inútil”, tan horroroso para Lola como la mala pasada que le acababan de jugar sus nervios.
Lola llora mientras deja el blanco e impoluto uniforme en el lugar indicado. Se calza sus botines baratos de Padeví, se pone su abrigo tres cuartos del Mercadillo de Sabadell y sus ajustados pantalones de diminutos puntos blancos. Atraviesa el vestíbulo y siente como su chusca silueta ofende los fastos del Año Gaudí, Lola enjuga un par de lágrimas más.
Coge el tren en Provença, pero no es la hora tope, es el tren de los desocupados, de los turistas, de los estudiantes, de los jubilados y eso la hace sentir peor. De alguna manera ella esperaba subirse al tren de los que trabajan, al abarrotado tren de la siete, pero no pudo ser.
Volverá al sillón, a las mañanas de Saber Vivir y los culebrones venezolanos de la 2 y a las tardes de Ana Rosa. Extasiada frente a la tele con dos tilas encima, piensa. Interrumpe su hastío con un documental sobre el Año Gaudí, en catalán para rematar. Vuelve a sentir el fétido olor y las náuseas al ver de nuevo la Casa Batlló...
A la mañana siguiente, Lola sale temprano de casa. Segundo, su marido, cree que se va al trabajo. Lola no le ha contado nada de lo sucedido ayer.
Ya es noche y mientras cenan, la tele participa de la intimidad familiar con su Telediario, ambos escuchan una inusual noticia. Segundo exclama con sabiduría de paleta:
— ¡Joder, Lola, se han
cargao los cristales de la Casa Batlló! ¡Qué Cojones!

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