En el cementerio de las Fábricas –así llamaban al pueblo que creció alrededor de las Reales Fábricas de San Juan de Riópar– buscábamos la tumba del abuelo Pedro. Desde allí, la vista nos llevaba a otros pueblos a través de un paisaje impresionante de colinas suaves y verdosas, ligadas por caminos que conducían hacia los recuerdos.
Deshabitado, como todos los cementerios, éste nos ofrecía, sin complejos, su descuido y su soledad.
– Abuelo, estas flores son para ti. Te las envía tu hija que dice que fuiste un buen hombre. – Con la parquedad de palabras que le caracteriza, hizo lo encomendado y evitó cualquier comentario, pero yo le conozco bien y sé cuando en sus palabras no hay punto final.
– ¿Y cómo era Pedro?
– Dicen que era un buen hombre.
– ¿Y tú, qué dices?
– Lo que todos.
Me quedé viendo su tumba, la cruz de hierro, los matorrales, el paisaje árido alrededor y supuse un invierno tan frío como este abrasivo verano. Supuse a Pedro encerrado bajo esta cruz de hierro padeciendo las inclemencias del tiempo.
Su hija, la que enviaba las flores, siempre lo recordaba como un buen hombre. Él cuidaba de unas vacas que no eran suyas. En aquellos años de la preguerra, España era un país rural, feudal, mejor dicho, en el que los adinerados disponían del trabajo de los pobres por poco y menos y este Pedro era de los pobres. Cuenta su hija, que desde que aprendió a andar a ella le tocó andar con las vacas. Sus recuerdos siempre volvían a aquellas montañas y a aquellas noches en que asustada se cogía a las ubres de sus vacas para llegar sana y salva a su casa en medio de la noche cerrada y de los miedos de su edad, mientras, el bueno de Pedro se enrumbaba a las Ventas para tomarse unos vinos con aquellos que, como él, intentaban olvidar la cara hostil de la miseria.
– Pedro era un buen hombre. Le decían el cabrero porque llevaba las cabras, también fue jornalero, pero entonces vino la guerra. Por aquí pasaron de un bando y de otro. A él se lo llevaron los rojos, mejor. Los otros vinieron al día siguiente y no sólo se llevaron a los hombres que quedaban, sino que también arrasaron con la poca comida que teníamos, ¡qué sinvergüenzas!
Pedro alojaba a todos en su casa, rojos o nacionales porque a su manera sabía sobrevivir. Si alguno pasaba por Las ventas de Adón y decía que no tenía con qué pagar, de allí lo mandaban a aquella casa blanca que estaba en una curva de la carretera, pintada con la cal más bonita que jamás se había visto y enmarcada por una parra verde frondosa y cuidada. Allí habría pan y patatas, judías o tomates que sus gentes cultivaban en el Bancal de la vega. El fuego siempre estaba encendido.
Un día Pedro volvió habiendo sobrevivido a dos ataques en la guerra. En el primero eran doscientos, sólo diez sobrevivieron. Al volver con la noticia al regimiento, armaron de nuevo el batallón y fueron ciento cincuenta, esa vez sobrevivieron doce y Pedro siempre estuvo allí. Decía que esa segunda vez les cogió la noche y oyeron tiros y gritos por todas partes. Luego se hizo un silencio profundo y gélido. Con sus compañeros pensó que la mejor manera de distraer a la muerte era escondiéndose bajo los muertos y así lo hicieron. Entonces al amanecer escucharon pasos y voces, y tiros que acallaban las quejas de los heridos, después silencio. Cuando la nada se propagó, salieron del escondite y volvieron al regimiento. A Pedro y a sus compañeros los ascendieron a cabo, pero ya los rojos habían perdido la guerra y Pedro fue a tener preso a una plaza de toros en Valencia, donde conoció el hambre, el hacinamiento y la humillación. Todos los días iba un sacerdote a dar la misa con una barra de pan bajo el brazo, Pedro lo miraba con rabia porque no podía entender que unos comieran y otros no, la guerra no le había enseñado lo suficiente. Entonces Pedro fue excarcelado por una mentira. No contestó nunca para cuál bando había luchado porque, en verdad, después de todo, eso ya no era importante.
Un Pedro sucedió a otro Pedro, pero sólo uno de los dos lleva una cruz de hierro para toda la eternidad.
©Rayda Guzmán

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