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Lo desconocido

La sala quedó vacía, era la habitación más grande de la casa. Sus dos ventanas daban a la calle, pues era una casa colonial americana. Su fachada, a la vista estrecha y alargada, estaba compuesta por las dos ventanas de tres postigos, dos pequeños abajo, dos muy grandes más arriba que permiten la entrada de luz, pero no la mirada indiscreta de la gente de la calle  y todavía dos pequeños arriba de todo para cuando se quiere menos luz o ventilación o sencillamente para dejar entrar la brisa nocturna y fresca de las noches caraqueñas. Tenía la puerta principal, alargada también y de madera maciza que da hacia el zaguán rematado por la puerta de la casa; la sala es del largo del zaguán por el ancho de la fachada. Las salas como aquella, fueron hechas para que la gente de la casa se reuniera allí; conversara en la noche, leyera, escuchara música, planeara revoluciones decimonónicas o sencillamente para que las mujeres tuvieran un lugar donde dedicarse a sus labores y de ese modo dar chance a las casaderas — con sus ventanas abiertas a pretendientes paseantes— del vaivén prohibido de notas y salto nocturno de huida e hijos expósitos.

No sé realmente si alguna vez a esa sala le tocó cumplir esa función, pero en aquel momento en que la Moira destejió sus hilos, vaciando los veinticinco años del taller de mi padre, aquella sala quedó tan desarraigada como  un viaje trasatlántico sin llaves ni llavero. Nadie entra ni sale de ella, tampoco nosotros la podemos usar para nuestros juegos infantiles porque su vacío nos ahuyenta... ¿sino es de mi papá de quién es?

Un día mi mamá se la alquiló al Señor Elías. Mi mamá jamás nos permitía el tuteo con la gente de la calle, al hombre de la basura había que llamarlo el señor de la basura, tampoco basurero le convencía. Mi mamá decía que el Señor Elías era turco, pero hoy pienso que con todo rigor era griego. En Venezuela a todo aquel que parece árabe, griego o turco, se le dice turco sin más, aunque sea sirio. 

El Señor Elías hace carteras, abre las ventanas de par en par, y se pone a trabajar como antes lo hiciera mi papá. Trenza con rapidez el mimbre,  la rafia y el cuero y le pone asas de cuero o de madera... son muy coloridas. Yo lo veo desde aquí con mucha curiosidad, el Señor Elías es gente de la calle, o sea que lo mejor será mantener la distancia y no molestar, porque como bien indica mi experticia, si no molesto me puedo enterar de más cosas que si comienzo con la preguntadera y la habladera fastidiosa... son las cosas que mi mamá siempre repite. De todos modos, yo tengo otras teorías y sé que si espero, seguramente algo maravilloso puede ocurrir:

Gran Protocolo Universal Para Precipitar Acontecimientos Maravillosos

Uno: Quédate quieto esperando la maravilla.

Dos: La quietud ayuda a vislumbrarla, si está cerca.

Tres: Si te mueves, la maravilla pasará de largo, pues no te encontrará en tu sitio.

Cuarto y último: Se como las garrapatas, si pasa tu perro súbete.


Como estoy quieta esperando, el que ha comenzado con la habladera ha sido él. Me habla de su país, me dice que está lejos. Yo eso no lo entiendo ¿cuán lejos, más que la Playa de Naiguatá o que la casa de mi tía Delia? Hoy me gustaría escucharlo, sobretodo para puntualizar de qué lugar de la  geografía planetaria estaría hablando. ¿Y si era de Turquía y mi mamá y toda Venezuela hubiesen tenido razón en llamarlo turco? ¿Estambul o Constantinopla? Mi edad no me permite ocuparme de esos asuntos, ya tengo bastante con lo que tengo: mis dos punzones, los zapatos que esperan por mí en el escaparate de mi mamá sin que ella lo sepa, y la curiosidad infinita que me produce el Señor Elías con su extraño modo de hablar y una historia de una niña. ¿Una como yo, pero en otra parte? Eso es posible: mi primo es como yo, pero está en otra parte, menos mal porque es muy fastidioso...

Un día quiso volver a su país de la manera más rápida conocida por mí hasta ahora: le pidió permiso a mi mamá para hacer una comida de su tierra en nuestra casa con todos nosotros de invitados: ¡el Señor Elías sería nuestro anfitrión! Pero...¿de qué? Esa tarde estoy por ahí haciendo lo de siempre, investigando y esperando la maravilla, cuando el Señor Elías me pide que lo acompañe a comprar. Ha pedido una carne rarísima como envuelta en unas hojas verdes y en papel de carnicería, muchísimo papel. Se la lleva a la panadería y da indicaciones para su cocción y dice que viene más tarde. Ahora se mete en el Mercadito  y pide tomates y perejil y limón. Vamos a una tienda que mi mamá no conoce y yo lo sé porque siempre la acompaño en la compra: pide un queso que huele horrible.

Llegamos a una panadería que es horrible como el olor de ese queso, languidecen sus luces y está muy descuidada, pero no es sucia: allí tuvo lugar mi primer encuentro con la miel... Huele distinto, el Señor Elías pide pan y le dan unas tortas delgadísimas,  pálidas y blandas, es lo contrario del pan sobao al que siempre mi mamá le quita la punta y por obligación tiene que darme un pedacito a mí, digamos que ese es el principio de toda complicidad. Ahora pide dulces, pero no veo crema ni chocolate, ni trocitos de maní tostado blanqueados con azúcar glasé. Mi cara de asombro es la respuesta que obtiene el “¿cuáles llevamos?” Y como por arte de magia sus manos que trenzaban carteras esta mañana me cogen por la cintura y me elevan por sobre el mostrador. Todo es dorado y brillante, dulces de formas caprichosas se despliegan sobre bandejas redondas y rectangulares, puntos verdosos de pistacho, amarillos blanquecinos de almendras y piñones coronan unos nidos, unos rectángulos, unas montañitas doradas de finas capas, de hebras por donde escurre un líquido hermoso parecido al almíbar de los melocotones de lata que mi mamá nunca compra. Parece que no sé escoger, pero quiero probar ese que está ahí, redondito con el centro en verde, parece una florecita o una corona de una reina de un país que no conozco, como el del Señor Elías  ¿tal vez?

Pero siempre es prudente saber que ante lo desconocido se deben poner en práctica las:


Reglas Prudenciales Para La Aproximación A Lo Desconocido:

Uno: Si lo desconocido se mueve, apártate.

Dos: Si lo desconocido está quieto, aproxímate.

Tres: Si lo desconocido es comestible Niégate a probarlo, aunque mamá suplique.

Excepción: Si lo pruebas, ergo, ya no es desconocido..

 

Y me da a probar el que ya había escogido sin que le dijera nada, ha visto mi vista. Cierro los ojos. Este dulce es del tamaño de mi mano y por mis labios se escurre la miel clarificada y en mis oídos estalla el crujir de la pasta filo, y mi lengua se llena de la suave aspereza del pistacho. Abro los ojos y estoy en Sabana Grande veinte años después o en la Panadería Árabe de la Calle Córcega en Barcelona, treinta años después...aquella tarde siempre vuelve con los dulces árabes, siempre. Ha escogido uno de cada y yo entro a la casa como la única cómplice que tiene el Señor Elías en este mundo. 

Esa noche la cena contó con la cara de asombro de todos. Mi mamá, dueña y señora de la casa, la cocina, todas las habitaciones y el baño; la mujer de las manos inquietas y habilidosas se dejó convidar, más por ignorancia que por otra cosa. No entendía lo que sucedía a su alrededor: carne de cordero al estilo Shawarma, una ensalada con perejil, tomates y queso feta, sazonado con comino y pimentón, los botes pequeños que contienen hummus, babaganush y dolmades, las blandas, divertidas e insípidas pitas y  por supuesto aquella cita dorada con la miel de mabrumes y baklavas... 

No era yo quien probaría todo aquello, por supuesto, porque sabía que me quedaba toda una vida para hacerlo y nunca he tenido prisa, así que ¿porqué precipitarlo? Apliqué la Regla Prudencial y me mantuve alejada de lo desconocido, aunque conociera el origen, la intención y la inmovilidad de cada cosa, y existiera además la regla de excepción que no aplicaré...






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