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¡Me han robado!

Y fue así como entraron a mi casa...

Me levanto de buen ánimo y de pronto veo que han entrado en mi casa, ¡está todo patas arriba! Bajé corriendo, la puerta no estaba forzada, ni siquiera parecía que la hubieran abierto, el perro tampoco había ladrado, lo cual es muy raro. Todo parecía estar en orden excepto por el desorden.

Tardé un buen rato en evaluar los daños que, en apariencia, no eran importantes. Busqué en el joyero, todo correcto, no faltaba nada. Los aparatos electrónicos, que son una golosina, estaban allí despertando de su letargo nocturno. Ya espantada abrí la nevera, en verdad no sé porqué lo hice, pero todo estaba allí. Exploré mi cuerpo -una nunca sabe-, tampoco, ninguna señal de nada, aunque no sé qué es lo que podía estar buscando ¡pero una nunca sabe!

Me senté un rato para calcular cuánto tiempo me tomaría volver a ponerlo todo en su lugar: mi ropa y la de mi esposo, las ollas, los cubiertos, los vasos, servilletas y lencería, los adornos, todo estaba absolutamente desordenado, como si estuvieran buscando algo, o no. Cambiados de su lugar en una especie de ordenado caos. Los cuadros, las esculturas, los estantes de la cocina. Subí de una carrera a la biblioteca, ¡Dios míos, aquí también! Exagero cuando digo que la casa estaba patas arriba, debo explicarme mejor.

Y es que todo estaba en su no-lugar. Alguien, pienso, había cambiado las cosas de su sitio sin mi permiso. Por ejemplo, la toalla de mi esposo va encima de la mía en el toallero, ahora es al revés, las tazas van en el primer estante de la derecha, pero, allí encontré el azúcar, y los teléfonos móviles que se cargan en el recibidor los he visto en un seibó, y ni qué decir de la ropa: colgada por colores en degradación, las camisetas dobladas en pequeños rollitos, los zapatos por sus modelos, todo, todo. Por eso me senté para calcular cuánto me tomaría volverlo a dejar como estaba, y justo en ese momento corroboraba que el comedor (y la sala en general) había sido reorganizada.

¿Debía llamar a la policía para denunciar el hecho? ¡Por supuesto, alguien había entrado en mi casa! Sin dilación marco el número y obtengo respuesta inmediata.

-Policía local, dígame.

A esa voz ronca y diligente le explico lo que me ha pasado.

- ¿Le ha dejado usted la llave a alguien? Pues usted me dice que la puerta no está forzada.

Digo que no, pero luego me corrijo añadiendo que sí, que hay un par de personas a las que he dejado mis llaves, y que podrían ser más.

- ¿Son de confianza esas personas?

- Por supuesto, son gente buena, familiares o buenos amigos.

Me escucho a mí misma con una voz de inquietud que va leyendo en su lista mental si alguno de ellos pudo haber hecho esto.

- Ese es el problema, Señora. Mire estamos teniendo muchos casos como ese, y es que la gente va por ahí leyendo y viendo vídeos de Mari Kondo o los que se dedican al minimalismo del hogar o al feng shui y sin que usted se dé cuenta, entran en su casa y la dejan así, hecha un desastre. Muchas víctimas han reportado dispersión o enajenación porque al perder los referentes, usted sabe, es muy difícil volver a situarse.

- Bueno, es complicado, pero no es para enajenarse o...

- Sí que lo es señora. Le aconsejo que no intente arreglarlo usted sola porque como se equivoque en una cosa ya no hay vuelta atrás...

Ese comentario sí que me espantó. Con voz temblorosa me atreví a preguntar por el próximo paso a seguir puesto que no sería la primera ni la última en sufrir esta desgracia. Yo sólo pensaba en el tiempo y en el cómo.

- Está bien, pero ¿puede hacer algo la policía? Es que, si pasa algo, me gustaría tener una copia de la denuncia con su informe, usted sabe, para la compañía aseguradora.

- Está de suerte, como ha habido varios casos semejantes últimamente, lo que tiene que hacer es mandarnos unas fotos por el WhatsApp y le editamos la denuncia con sus datos particulares, es una denuncia estándar, luego ya la puede pasar buscando por aquí. Pero, le advierto que las aseguradoras no están tomando estas denuncias en cuenta porque el componente de su confianza extrema no ayuda. Ya sabe, eso de la confianza, del creer en los demás y todas esas actitudes peligrosas como la generosidad, la empatía, eso no juega a su favor. Piense que esta gente es profesional, primero le roban el tiempo y después la energía, ya verá cómo se queda usted al final del día, y los días siguientes cuando se levante vivirá esa situación postraumática en la que revisará todo a detalle a ver si se lo han cambiado de lugar. Mire, nosotros hemos tenido casos de gente que hace fotos todas las noches antes de irse a dormir y luego al levantarse otras -las mismas- y se pasan el resto del día buscando las diferencias como en los pasatiempos, es una lástima que no tenga usted fotos de cómo era su casa antes, porque en verdad así si le tomarían en serio en la aseguradora.

Asentí y agradecí su atención, colgué el teléfono. Pensé en lo que me había dicho. Viene alguien de tu confianza y te hace esto, te des-ordena todo porque tiene una visión de mundo que no es la tuya. El policía me dijo que, en algunos casos, las víctimas no hacían nada y dejaban todo tal cual, evidenciando así una especie de síndrome de Estocolmo. ¡No, eso nunca lo permitiré, ya me lo han hecho una vez y no voy a dejar que me lo hagan cada día, imagina si tengo que ir por ahí como loca colocando las toallas de otro modo o doblando las camisetas como rollitos simétricos en tonos cromáticos en degradación, no faltaría más! 

Me siento en el balcón, respiro profundo y pienso en cómo he podido permitir que me roben la energía que tenía dedicarme a escribir mientras disfrutaba del orden conocido: mi tranquilidad y una taza de café. ¡Qué desastre! ¿Dónde está el café ahora? El policía tiene razón hay que cambiar esta cerradura.

©Rayda Guzmán



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