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El Falso Magritte

Si lo cambio, lo cambio por un monovolumen. No es mala idea: el Picasso en gris...puede ser. ¡Qué pelos tengo! Es la humedad. Son tres sesenta el peaje ¿dónde fue a parar mi cartera. Ahí está, mejor con la tarjeta y así se lo paso a la empresa. ¡No lo voy a pagar yo de mi bolsillo! Aunque si vendo algo hoy me podría dar ese lujo. De todos modos, tendré que mirar lo del Teletac.

 El móvil, contesto:

— A-7, dirección Girona, Sí, la salida del Montseny, como si fuera vía Arbúcies. Hay un restaurante a la derecha, Mas Gelat nos vemos allí dentro de dos horas, ¿vale?

Me gusta llegar y mirar el lugar para preparar mis argumentos. Como de costumbre en la agencia no me dijeron nada. La última fue aquella masía grande y cuando llego me encuentro ante una asquerosa porqueriza que casi vomito y de paso tuve que ponerle virtudes. Allá adelante está, a la derecha: Tres Pins ¡qué original con los tres pinos que tiene a la entrada! Me compraré otro traje chaqueta como este en Zara, será el martes que lo tengo menos complicado. ¡Mira qué pelos! Mejor me cambio los zapatos porque aquello de que tacones de moda y pisos de piedra nunca se han llevado, puede ser cierto en este caso. ¡Qué manojo de llaves, dios santo! Menos mal que siempre se me han dado bien las cerraduras.

 “Comienza el ritual. Antes de entrar a ella le gusta mirar a su alrededor. Se detiene como intentando aprehender del éter algo que nadie más pueda distinguir. Sería capaz de identificar el olor de una flor que estuvo aquí el verano pasado, de determinar la humedad de la hojarasca que le diría con exactitud hace cuánto tiempo está en el jardín y en los escalones de piedra que no han sido barridos ni pisados. De seguro repasa las paredes con sus dedos, y las toca para ver si se le pega la pintura reseca y así adivinar qué clima hizo, si el sol calentó mucho o no. Cuando mira la madera, por la huella del polvo puede saber si una ventana o una puerta han sido abiertas y también busca huellas: arañazos de mascotas, manchas de grasa que según la altura dicen si ha habido niños o adultos o niños y adultos.”

 Miro todo lo que me rodea para hacerme una idea. Tampoco tengo demasiado tiempo para elucubrar y todavía he de entrar e inspeccionarla por dentro, aunque sea superficialmente, el olor, el tacto, eso dice mucho de un lugar. La cerradura ha cedido al primer intento. Eres bonita Tres Pins, te tengo que ver. ¿Por qué te querrán vender?

“Cuando entró su sorpresa sólo pudo ser superada por la curiosidad. El hermosísimo Kilim turco debajo de sus pies sobre el cuidado piso de madera, silueteó su imagen completa frente al espejo de cuerpo entero a cuyo lado, vigilante, un perchero de estilo Toné corroboraba su asombro. Su mirada recorrió todo con detalle: las lámparas, las paredes de color crema suave, terracota la del fondo, aquella de piedra, restos de la vieja masía. El salón con su chimenea. La cocina cede ante sus pasos y descubre el detallado trabajo de restauración, se conservó el antiguo horno de pan. Ahora sube a la habitación. Un pequeño susto se expande al compás del ruido de sus pisadas en los escalones de madera. Tiene que abrir esa puerta; pero duda sin saber porqué lo hace.”

 Abro la primera puerta que me encuentro. Es la habitación matrimonial tiene un sillón orejero que mira hacia la ventana. Un secretaire con lámpara de bronce de aires modernistas. Las cortinas dobles son blancas y verdes haciendo juego con el discreto verde inglés del cuarto. La cama es de bronce, antigua con techo y cortinas de gasa. Salgo. Hay cuatro habitaciones más. No tengo tiempo para verlas. Arriba hay una buhardilla.

“Desciende furiosa, enloquecida de rabia por lo que acaba de ver.”

No tengo tiempo. Allí hay una biblioteca. ¡Qué lujo! Con lo que me gustan los libros: Literatura, Enciclopedias, Kierkegaard, Camus, Nietzsche ¡todo Nietzsche! Viejos amigos de la facultad. El escritorio es muy sobrio, de nogal impecable. Abro los cajones cediendo a la curiosidad. Veo unos papeles. ¿Por qué una casa como esta estará en venta?

 “Me hizo demasiadas preguntas. Quiso entender lo que no podía ser entendido. Ahora la siento dar vueltas a mi alrededor como una fiera herida y hambrienta. Ha estado hurgando mis cajones. Yo sé lo que va a pasar al final, porque esto es incontrolable.”

 ¿Y estos papeles? ¿Acaso ha sido la casa de un escritor?

“No puedo más. ¿Le importa para algo mi oficio? Cuando me ve apenas si puede diferenciarme del horrible cuadro que trajo ayer de vuelta de una de sus subastas. Lo ha colgado frente a mí esta mañana. Es una suerte de revulsivo Magritte, un falso Magritte donde un idiota camina con un paraguas iluminado por una luz imposible en medio de un paisaje como la Alcarria y sobre su cabeza flota un libro.”

 Frente al escritorio hay un cuadro parecido a un Magritte que llama mi atención. Es revulsivo por falso. ¿Qué hago yo leyendo con todo lo que tengo que hacer? Pero creo que tiene razón sobre lo del falso Magritte. Tengo quince minutos. Son como tres páginas, será una novela, un cuento o unas notas de ejercicio literario.

“Nuestra vida ya es una farsa. Le he dicho que lo deje donde está. Sé que su amante se lo regaló. De pie ante el falso Magritte me pone a prueba, me inquiere que donde estaba ayer. Le contesto que estaba aquí. Habla sin parar y terminamos en una agria y ofensiva discusión. No lo soporto más, me abalanzo sobre ella y aprovecho, como el filósofo Althusser, el pañuelo de seda rojo que lleva al cuello para ahorcarla.”

No tengo tiempo para lecturas, debo enseñar la casa, pero me llevaré estas notas, cuando llegue a casa lo acabaré. Todo ha ido bien, tengo buenas sensaciones, los clientes quedaron tan impresionados como yo. Ahora tengo otra visita, cuando más prisa se tiene no aparecen las llaves. ¡Qué hacen estos bolígrafos desperdigados por todas partes del bolso, no es un boli, es el Rimmel! Aquí están. Todo cerrado y una carrerita hasta el coche es mejor que ponerse y quitarse el abrigo ¡qué frío! Me veo bien, me miro en el retrovisor, cuando llegue esta tarde me arreglaré las cejas. ¿Sólo tengo esta cinta del Sabina, no me traje más? ¿Qué coño pasa con ese idiota? Se ha salido de la carretera y viene de frente contra mí. No lo puedo esquivar: ¡Mierda!

El susto fue grande, una semana en el hospital. Pierna rota y collarín. Reposo. Pudo haber sido peor, pero el coche quedó inservible. Aquí están los papeles de aquel día... ¡Mira el puto cuento que no terminé! Ahora tengo tiempo, a ver...

 “Forcejeamos, se me escapa. Me grita que estoy loco. Estoy furioso. Trato de seguirla, pero es más hábil que yo y corre hasta el coche. Se va, ojalá no regrese nunca más”.

Pienso que los dos son unos hijos de puta miserables. ¿Por qué tengo que leer esta basura? Se tratan como una mierda. No es exactamente lo que necesito para recuperarme. De todos modos, ya empecé y nunca dejo nada sin terminar...

“Se ha matado en un accidente de coche al salir apresurada de la casa como iba, con su traje chaqueta y su pañuelo rojo de seda. No siento su muerte, pero agradezco que el destino se haya hecho cargo de ella, tampoco Dora tenía porqué dejar sus braguitas en el cuarto de baño de la habitación.”


Le Parfum de L'Abîme, 1928






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