Hoy es viernes. Ella siempre pasa cerca, no siempre se detiene, pero puedo oler su perfume. Es de flores, penetrante como el jazmín y algo de madera, sándalo quizá, muy dulce. Tengo la sensación de que si pruebo su piel sabrá como un azúcar diferente, como la de caña, la que me dicen que es marrón y no refinada. Ensayo recordar su voz, es pausada y cálida; siempre comienza con un “Buenos Días” me gusta su acento, es otra música distinta a la conocida, no es de aquí. La dulzura de su perfume equivale a la de su voz.
Si pudiera tocarla con seguridad descubriría unas manos suaves y gráciles con las uñas muy cuidadas. Sabría que su rostro, sin ser muy joven (seguramente lo será más que yo) conservará algo de tersura y sería proporcionado, redondeado con unos ojos grandes... serán marrones como su pelo. ¿Se parecerá a María Félix o a Carmen Miranda? Hace tanto que no las veo, pero las recuerdo con detalle. Será mejor que tenga la gracia de las gentes de allí: un poco blanca, un poco negra, divino e intrigante mestizaje. Será alta y delgada, pero con curvas. Por sus modales correctos y su voz, sé que no es una niña, aunque comparada conmigo...
Juanita me interrumpe con lo de siempre, que si tengo cambio, le habrá comprado flores y siempre se olvida de tener suelto para devolver. Siento como si hubiese estado pintando a esa mujer y un temporal se ha llevado el lienzo: la risa y la voz de Juanita son eso y más... ¡son la antítesis de lo que estaba viendo! Automáticamente le doy a Juanita lo que me pide, pero siento el rumor de un gracias y su perfume. Ahora me da los buenos días y el aroma de la dulce madera ya ha invadido mi reducido espacio otra vez. Sonrío nervioso para articular el “¿qué quiere hoy?” Y ella me dirá lo de siempre, que le gusta el cuatro. Yo se lo daré. Hoy tampoco podré tocar su mano, ¡esta incómoda y gélida barrera de vidrio y metal me lo impide! Me armo de valor para articular ese “tenga”, añadiéndole, sin poderme contener, un “usted debe ser muy guapa”. Me la imagino sonrojada, extrañada mirando mi extraviada mirada y me conformo con aquel “eso dicen, no lo sé” bastante cortés, irremediablemente nervioso; y escucho su sonrisa tan cerca que el cristal se entibia e insisto caballerosamente con el “yo estoy seguro que lo es”. Ella me devuelve ese esperado “gracias, es usted muy amable”. Y yo para cerrar el diálogo remato con el también célebre y trivial “gracias a usted, y que tenga un buen día”. No quiero que me tome como un pesado, pero me quedé suponiendo sus altos y sus bajos e impregnado de su olor a piel recién bañada, limpia y azucarada. Tomé la moneda de dos euros que vale el Cupón y sin querer la apreté como quien ha encontrado un talismán, pensando como un ignorante que aquel trozo de metal conservaría algo de ella, aunque fuera su calor, y sin querer pruebo a olerla, pero su perfume ya se ha marchado, hasta el próximo viernes en que ambos volveremos a probar suerte…

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