Ir al contenido principal

Viernes 22

Hoy es viernes. Ella siempre pasa cerca, no siempre se detiene, pero puedo oler su perfume. Es de flores, penetrante como el jazmín y algo de madera, sándalo quizá, muy dulce. Tengo la sensación de que si pruebo su piel sabrá como un azúcar diferente, como la de caña, la que me dicen que es marrón y no refinada. Ensayo recordar su voz, es pausada y cálida; siempre comienza con un “Buenos Días” me gusta su acento, es otra música distinta a la conocida, no es de aquí. La dulzura de su perfume equivale a la de su voz.

Si pudiera tocarla con seguridad descubriría unas manos suaves y gráciles con las uñas muy cuidadas. Sabría que su rostro, sin ser muy joven (seguramente lo será más que yo) conservará algo de tersura y sería proporcionado, redondeado con unos ojos grandes... serán marrones como su pelo. ¿Se parecerá a María Félix o a Carmen Miranda? Hace tanto que no las veo, pero las recuerdo con detalle. Será mejor que tenga la gracia de las gentes de allí: un poco blanca, un poco negra, divino e intrigante mestizaje. Será alta y delgada, pero con curvas. Por sus modales correctos y su voz, sé que no es una niña, aunque comparada conmigo...

Juanita me interrumpe con lo de siempre, que si tengo cambio, le habrá comprado flores y siempre se olvida de tener suelto para devolver. Siento como si hubiese estado pintando a esa mujer y un temporal se ha llevado el lienzo: la risa y la voz de Juanita son eso y más... ¡son la antítesis de lo que estaba viendo! Automáticamente le doy a Juanita lo que me pide, pero siento el rumor de un gracias y su perfume. Ahora me da los buenos días y el aroma de la dulce madera ya ha invadido mi reducido espacio otra vez. Sonrío nervioso para articular el “¿qué quiere hoy?” Y ella me dirá lo de siempre, que le gusta el cuatro. Yo se lo daré. Hoy tampoco podré tocar su mano, ¡esta incómoda y gélida barrera de vidrio y metal me lo impide! Me armo de valor para articular ese “tenga”, añadiéndole, sin poderme contener, un “usted debe ser muy guapa”. Me la imagino sonrojada, extrañada mirando mi extraviada mirada y me conformo con aquel “eso dicen, no lo sé” bastante cortés, irremediablemente nervioso; y escucho su sonrisa tan cerca que el cristal se entibia e insisto caballerosamente con el “yo estoy seguro que lo es”. Ella me devuelve ese esperado “gracias, es usted muy amable”. Y yo para cerrar el diálogo remato con el también célebre y trivial “gracias a usted, y que tenga un buen día”. No quiero que me tome como un pesado, pero me quedé suponiendo sus altos y sus bajos e impregnado de su olor a piel recién bañada, limpia y azucarada. Tomé la moneda de dos euros que vale el Cupón y sin querer la apreté como quien ha encontrado un talismán, pensando como un ignorante que aquel trozo de metal conservaría algo de ella, aunque fuera su calor, y sin querer pruebo a olerla, pero su perfume ya se ha marchado, hasta el próximo viernes en que ambos volveremos a probar suerte…

 

 


Comentarios

Entradas populares de este blog

Devuelta de la tristeza

Riéndome como una cualquiera, de cualquiera. Como quien llora la muerte de un amigo en Diciembre. Reírse en medio del tren y que los demás volteen. Riéndome del último chiste de mi mamá y en su entierro. Reírme de las caras patéticas de la gente seria. Riéndome de la risa forzada de las comedias americanas. Reírse de la cara que pones cada mañana cuando me río de tu cara. Reírme de los chistes de Pedro que en vez de contarlos los ‘descuenta’. Riéndose todos del cuento del boquineto y la taza de café. Riéndome de los excesos de la razón y la exigencia. Reírme en Canaima como en Badalona. Reírse del mendigo que no inspira lástima. Reírme con el que me saca el duro con simpatía. Riéndome de una estúpida receta de cocina, de un cocinero afectado que combina los huevos, la mayonesa y la bechamel. Reírse de las teorías cósmicas recitadas por el conejo de Alicia —reírme del doble sentido si Alicia me conociera. Riéndome del chiste veloz. Reírse de las ocurrencias ociosas: del autobús mutante,...

Irreparable

" Recuerdo el tiempo en que pensábamos que habíamos venido al mundo a elegir entre el mal y el bien. Luego supimos que había que abrazar dilemas, elegir entre lo malo y lo malo, elegir entre lo bueno y lo bueno, y todavía era llevadero porque parecía posible elegir lo menos malo, o lo más bueno. Hasta que nos dimos cuenta de que no habíamos contemplado lo irreparable. La vida se empeñaba en colocarnos ante elecciones que comportaban pérdidas irreparables, una y otra vez".    (Belén Gopegui) Me desperté con una sensación de liviandad, parecía que ya había pasado la tormenta. El cielo de anoche era un espectáculo digno de cualquier cuadro de Caspar David Friedrich, parecía que todo se iba a desplomar en un segundo, porque desplomar es una buena palabra que describe la caída aparatosa y a la vez ese color plomizo de las turbulentas nubes que provoca pavor.  Lo siguiente fue un episodio sin precedentes, por lo menos para mí: vientos fuertes que azotaron sin parar puertas...

Zurumbático

De él se decía que no era demasiado inteligente, un pasmado, eso decían. A él le resultaba exactamente igual lo que se dijera en el pueblo porque, al fin y al cabo, no era relevante para su existencia. Es verdad que no era demasiado vivo, su madrina le decía: Ay, mijo, no seas tan achanta'o, tienes que echarle pichón y no echarte las bolas al hombro, en la vida no todo es mango bajito, mira si te pones las pilas hay muchas cosas que están a pata'e mingo. ¡No seas cabeza e'tapara! Pero, él no hacía caso y vivía  de pescar un pescado al día y como no tenía cómo conservarlo, se lo tenía que comer con una arepa, o con un trozo de yuca, o con un tostón, o con un jojoto, con suerte un aguacate, dependiendo de la época y de la suerte, pero como no era un tipo con suerte, jamás había probado un aguacate. Un día arrancó una lechosa verde, creyendo que era uno, y no le gustó. Por aquellas costas plagadas de mosquitos y jejenes en la tarde, de calor insoportable al mediodía, no le qu...