Yo
no quiero nada a medias,
yo
lo quiero entero,
soy a mí manera.
Escucho
a Maelo en Radio Tropical, hace mucho calor por lo que oír salsa a todo volumen
no refresca, pero te pone a tono con el desastre de afuera. Sigo la canción.
Tengo que ir al Centro a buscar un encargo. Me da cierta vergüenza. Imagino que
la desesperación es así, no me responden del trabajo que me prometieron en el
ministerio y no conozco otra forma de agilizar las cosas. ¡Es mi última carta,
el mes que viene ya no habrá ahorros ni nada!
En
ese momento se le aparece su mamá en la memoria, es lo único que queda de ella.
Recuerda esa constante lucha por la supervivencia y cómo aquel lugar le daba
esperanzas. De pequeño, acompañante y calladito según las normas, veía delante
de sí los colores, respiraba los olores, y sentía los empujones de la gente que
hacía unas combinaciones increíbles. Las mujeres que despachaban no eran
excesivamente simpáticas, aunque si precisas conocedoras de su oficio.
Dime porqué,
dime porqué me abandonaste.
Ay, por favor amor no me mates,
ten compasión dime porqué.
Ay mamita linda, dime porqué.
Maelo es genial, le sigo el compás con los dedos. La autopista va muy cargada, la incorporación es lenta y dolorosa: humo, vendedores de refrescos en la autopista aprovechando la tranca, calor y un sol que hace sentir inútil al aire acondicionado, ¡y estos asientos de vinil negro que no ayudan!
A
lo mejor no debería hacerlo, la última vez se prometió a sí mismo que no
volvería a ese lugar, que era una pérdida de tiempo. El encuentro con el tipo
aquel lo acabó de convencer, si él no hubiera ido a buscarlo probablemente nada
de lo que está a punto de suceder, sucedería. Era su destino y él lo presentía.
Sale el sol, y no estás a mi lado,
vivo desesperado
en busca de tu amor.
Había encendido la radio para distraerme y como me gusta Maelo, en su lugar metí un casete de esos piratas que compro en el Centro a un tipo que se para en los bajos de la Torre Sur, pasaré por ahí para ver que tiene de nuevo. Estoy a punto de devolverme.
Su
madre lo llevaba a ese lugar como parte de la cotidianidad. Puede que vinieran de
comprar los uniformes del colegio, y ya de mayor se encontraba con ella a
la salida de la academia de dibujo técnico para ayudarla luego a cargar las
bolsas de El Mercadito o el CADA, pero antes había que hacer esa parada
técnica. Ambos esperaban el turno, aunque para él todo aquello carecía de
importancia, no era capaz de entender cómo una lista usualmente escrita con una
mala letra y llena de faltas de ortografía les cambiaría la suerte. Su
curiosidad le obligaba a verla de reojo: nombres compuestos que originaban toda
una liturgia de preguntas, consejos y comentarios.
Ayer
tuve la cita que llevaba esperando casi una semana. El tipo era un gordiflón de
cabello muy negro, liso y abundante, los labios eran exageradamente carnosos,
era de esas personas que no pueden cerrar la boca con facilidad, un bocabierta.
Era alto y corpulento, vestido de blanco de los pies a la cabeza como su oficio
lo requiere. Con modales correctos me invitó a entrar, me explicó como
procedería y me pidió respeto y silencio, como tiene que ser. Cuando me miró
fijamente un escalofrío recorrió mi cuerpo y en eso, y sin quitarme la mirada,
sus ojos se pusieron en blanco para dar paso a ese chillido y la sangre a
borbotones que casi me hacen vomitar. Tuve que hacerme el valiente. Me
dijo un montón de cosas y me dio una lista escrita con buena letra y sin faltas
de ortografía. Me indicó adonde ir, le dije que conocía el lugar, que no se
preocupara.
El
estacionamiento está lleno, como siempre, pero el vigilante le dice que se espere,
que si le da un regalito sube la barrera y le consigue un puesto hasta las
doce, que a esa hora llega el doctor que trabaja en el ministerio. En estos
días todo el mundo es doctor, a él le llama maestro. Baja del coche, respira
profundo. Allá va.
Recuerda que una
vez su madre lo encontró fisgoneando entre sus cosas. Le dijo que con eso no
se jugaba, que debía aprender a respetar. No le hizo caso, pero hoy sigue
sintiendo el extraño escalofrío que le cogió aquella medianoche. Al contárselo
a su mamá, ella se limitó a contestar un te lo dije, respeta pa’ que
te respeten.
Entro,
entrego la lista cuando me toca. La mujer me sonríe y dice reconocer la letra.
Con paciencia busca todo lo apuntado y se lo pasa a la jefa para que me cobre,
no ha sido barato. Ya he cumplido con el trámite y voy tan rápido como puedo
para que nadie sepa donde he estado. Tengo una sensación extraña, era el
escalofrío aquel. De repente oigo la voz de la jefa llamándome por mi nombre,
acelero el paso, ella viene corriendo detrás de mí, salgo corriendo despavorido
y no veo al autobús que viene de frente, siento un tirón en la camisa y caigo
al suelo sobre un charco de inmundicia y perfumes milagrosos. Ella me dice que
se me había olvidado una bolsa y me la da.
Cuando
se recupera del todo le duele una pierna, pero se encuentra bien, aquella mujer
apareció en el momento justo. Recordó que el babalao gordiflón le dijo en el
registro que se cuidara de un accidente, que esas esencias le ayudarían con su
suerte: abrecamino, suerterrápida, dinero, siete potencias, amansa guapo, dominio
y un velón para El Negro Primero, que algo bueno estaba a punto de venir.
¡Vaya!
Y
así fue, el babalao tuvo razón una vez más, porque si no hubiera ido a comprar
el encargo no habría tenido el accidente que lo detuvo hasta casi las doce, por
lo que, al llegar al aparcamiento se encontró cara a cara con el doctor. Era el
mismo con el que había tenido la entrevista en el ministerio hacía un mes y que
aún no lo había llamado pese a que le había prometido que lo haría en una
semana. Él lo saludo respetuosamente para evitar que se notara que estaba hecho
un asco y con olor a todas las esencias milagrosas que había comprado. El
doctor se le quedó mirando fijamente:
-
Mi secretaria te llamará, te espero el lunes por aquí, tienes el trabajo. ¿Por
qué hueles tanto a perfume?
Y
un escalofrío le volvió a recorrer el cuerpo. En la bolsita una botella con
suerte rápida había sobrevivido.
Bamba, curé, curé, curé,
me voy pa’ mayagüé…

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