La calle de abajo es recta y se llama Angustia, a mano izquierda, subiendo por Lágrimas, quedaba El Depresivo, un bareto de mala muerte donde había pasado muchos momentos de mi vida. Me gustaba su carácter austero casi espartano, pero sin encanto.
En los días de lluvia aquello se ponía a tope: todos fumando y pidiendo cervezas con tapas, compartiendo nuestros desganos y frustraciones. Las paredes estaban cubiertas de litografías baratas que luchaban por obviar los antiguos letreros que prohibían el cante y el baile en esa sala, escupir en el suelo, o no aceptar propinas. A esas litografías descoloridas las cubría un barniz nicotínico que destacaba lo lúgubre mientras le daba aquel aire marrón que ni El Bosco habría podido lograr en su Jardín De Las Delicias. Entre todas, la única que me desagradaba era aquel estúpido Baco de Caravaggio con esa cara de geisha trasnochada -¡y mira que me encanta Caravaggio!- por eso procuraba sentarme donde no lo viera. La superficie de las mesas estaban rayadas con algún objeto contundente, yo siempre le sugería a Palomón -el dueño- que pusiera herramientas devastadoras de una vez para que con los años quedaran talladas todas nuestras penas que, por absurdas, harían de las mesas verdaderas obras de arte.
No había sillas sino unas banquetas con el agujero en el centro al que, en algún desliz creativo, le había atribuido la función de dejar salir los pedos libremente, pero no, el agujero era para cogerlas con facilidad, lo cual parecía ser un acierto de diseño.
Había servilletas, era todo un detalle de Palomón quien compraba de las más baratas, poco absorbentes, satinadas, esas que cuando uno se pringa los dedos con la grasa de las croquetas no limpian nada; pero son buenas para escribir poemas, sentencias, epígrafes, escuetos diarios, rabias, resentimientos antiguos que pululaban por allí para reproducirse y contagiar. Un día, Palomón empapeló con ellas una pared de conglomerado que en sus días había sido gris y ahora tiraba a ocre, quizá lo hizo por solidaridad o por consuelo, o sencillamente para mostrar nuestras vergüenzas.
Yo siempre que veía a Palomón tenía la sensación de que lo habían sembrado en aquel local, creo que brotó como un compendio de todos nuestros sinsabores. Igual te escuchaba y a los dos minutos se burlaba de tu pena con otro sin tomar ninguna medida de discreción. Vestía de un blanco roñoso, puños gastados de camisa batallante, gemelos de bisutería, una corbata negra ya brillante por el sucio o por el repetido calor de la plancha. Los pantalones también eran blancos con una cuidada aura amarillenta alrededor de los bolsillos fruto del entrar y salir de las manos sudadas aunque, lo más deprimente eran aquellos botines blancos casi esculpidos por el betún opaco que no respetaba la suela negra ni las elásticas de los lados.
Al ver a Palomón con su caspa festiva hasta en las cejas, no hallaba ninguna respuesta sobre el porqué iba a El Depresivo. Al fin y al cabo, allí nuestros sueños se desvanecían, la realidad nos golpeaba con aroma de fino barato y resaca de cava, las esperanzas se transformaban en argumentos para el fracaso y las botellas siempre estaban medio vacías. Allí nos reuníamos casi siempre por casualidad. No recuerdo haber quedado con nadie pero, si recuerdo haberme encontrado con todos. Cuando teníamos perdidas las esperanzas, allí estábamos. Cuando las lágrimas ya no salían por falta de motivo, alguno te daba una palmadita en la espalda. En El Depresivo, podrías encontrarte con algún recuerdo y ponerte de tertulia con él, así como a una amante desagradecida o a un antiguo compañero de clase.
Nunca aconteció nada en El Depresivo ni siquiera se limpió el suelo que Palomón con especial descuido regaba una vez a la semana con serrín y barría con un cepillo trasquilado. Tampoco se cambiaron las tapas ni el aceite de la freidora, ni se tuvo nunca el detalle de echar a alguien en falta cuando no iba más.
Pasar por El Depresivo en un día cualquiera era un despropósito; pero, en el día correcto era un acierto temible que magnificaba las desdichas, purificaba los estúpidos complejos y nos hacía sentir más solitarios que un domingo por la tarde en Nueva York.
Por años se ha mantenido El Depresivo en el mismo lugar. Corren voces por el barrio de que siempre está abarrotado quizá, porque en las calles adyacentes -la calle de La Bolsa y la calle de La Paz- se han construido sendos edificios con despachos.

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