Nació pollo. Era normal pues su mamá era gallina y su padre gallo. Le concibieron mediante el tradicional método del polvo de gallo y, aunque esto pueda arrancar alguna sonrisita de complicidad por parte de algún lector, no hay ninguna intención por mi parte de sacarle partido a aquello que la naturaleza ha dispuesto sabiamente. Si lo examinamos con detalle es que no hay otra manera de perpetuar la especie pollo.
Siempre se ha dicho que la mejor forma de comprender lo que
nos es ajeno es mediante el esfuerzo. Hay quienes creen que hacer un estudio
científico de la pollitud les
ayudará, pero no es así, el esfuerzo que se nos pide es ponernos en el lugar
del otro, hacer el esfuerzo de dejar de ser yo para convertirme en tú. ¡Al
grano! -¿lo ven? ya pienso como una gallina.
Si yo fuera gallina y mi misión en este mundo fuese concebir
pollos, ¿cómo si no se puede hacer? Imaginemos sólo por un momento que no
existe el polvo de gallo -ya estamos
con las sonrisitas otra vez. La gallina va caminando erguida como ella es, con
sus dos pechugas, cacareando como ella sabe. En eso aparece el gallo, caminando
con sus patas de gallo -claro está- y
cantando como él sabe. Ella voltea, él la mira y se enamoran. Comienzan a
salir. Él la va a buscar todas las tardes hasta que un día él, muy gallito, le propone mudarse juntos a
un lugar más tranquilo porque ella vive en un auténtico gallinero.
Ya sabemos lo que viene, nuestra gallina que todavía es
polla (más bien una polla grande) pierde la virginidad en una noche de pasión
en la que coincidencialmente celebran una misa de gallos (es que era
diciembre). Esa noche, en menos de lo que canta un gallo él la tira en el suelo
boca arriba, abre sus patas de gallina y…¡horror vacui!, él no tiene polla… La
cosa es que ellos no pueden hacer el amor por tres razones. Primero, si él se
abalanza sobre ella, ella no tiene cómo evitar la caída directa sobre su cabeza
y con el pico, le sacaría un ojo. Segundo, caso de poder evitarlo, con los únicos
dispositivos que cuentan es con sus alas que son proporcional y ridículamente
minúsculas para sus cuerpos. Y tercero, aunque bípedos ambos, sus patas no
pueden abrirse más del ángulo recto que forman con su cuerpo que limita su
movilidad de adelante hacia atrás.
Dicho esto, y vista la sabiduría de la naturaleza -más bien
lógica aplastante- la especie pollo no es monógama porque sólo mediante los
polvos de gallo se pueden perpetrar, pues siempre hay un solo gallo en el
gallinero. Y sin irnos más por las ramas, así fue como él nació pollo.
Pero, Peter Pollafait no era un pollo normal. Desde pequeño
se la pasaba armando pollos y su
mamá muy clueca le decía Pit no seas tan
gallito. Dicen los expertos que este tipo de mensajes pueden moldear una
personalidad, y eso, quizá, fue lo que sucedió. Siendo Pit un gallo normal
nunca se comportó muy gallito.
La adolescencia de Pit pasó tan rápido como suele pasar en
su especie, de pollito bonito pasó a desproporcionada gallinácea, perdió el
plumón del cuello y el del resto del cuerpo y se convirtió en un pollo, y entre
cambios hormonales comenzaron los problemas, pues el día en que Pit se vio al
espejo lo único que vio fue un bípedo implume.
¿Era posible llegar a ser gallo desde su condición de bípedo
implume? Y él que era un empollón, se
fue a los libros para descubrir con horror que según Platón ¡él era un
¡hombre!, Pit comenzó a comportarse como tal y como ya no le gustaba que le rompieran los huevos se aficionó a los
libros de filosofía. Le gustaba aquella anécdota en la que Kant le compra el gallo
a su vecina porque le molestaba su canto tan puntual. También agradecía a Hegel
que hablara de una lechuza y no de una gallina, pues, en general, aborrecía a
las gallináceas. Por esa razón cada vez que se veía al espejo no veía a un
pollo, veía a un hombre.
El tiempo pasaba con la rapidez que pasa para los pollos y
todo indicaba que el sexador de pollos no se había equivocado con él, estaba
predestinado a ser gallo de corral con sus polvos de gallo y todo. Ya para ese
entonces su vieja madre había muerto por culpa de un refrán*, dicen que murió
con los ánimos caldeados. Pit, en cambio, no conseguía hacerse el gallo entre
tanta gallina. Se miraba al espejo y seguía viendo a un hombre a pesar de las
plumas, lo cual llamaba su atención ya que ello no le acarreaba la fama de
maricón entre sus congéneres.
Pit se sentía acorralado mientras cumplía con sus obligaciones no sin esfuerzo, pero, hete aquí que un día a la hora del gallo vio la sombra de un bípedo con plumas con pico y espuelas y se dió cuenta de que había empleado toda su energía tratando de ser lo que una definición hecha al vuelo le hizo creer y sufriendo las consecuencias de la no muy exacta ciencia de la sexación de pollos.
Puede que su mente de pollo no le permitiera comprender los misterios de su existencia pero ya iba siendo hora de aceptar su condición sin decir ni pío porque, ¡ya mañana otro gallo cantará!
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*"Gallina vieja hace buen caldo"

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