La crisis estalló el día en que me tocó decidir cuál sería mi destino futuro. Estaba harto de tener siempre que cuidarme del ridículo. Mi padre me decía como consuelo: “Hijo en nuestra familia el ridículo es inevitable, pero eso no nos hace menos honorables”. Y aunque él se complacía con la rima, a mí me daba indignación volver a pasar siempre por lo mismo.
Siempre sintiéndome disminuido, minimizado. Ya había leído todo tipo de reflexiones y teorías respecto del poder del nombre y no sé cuántas cosas más. Que si los hermeneutas pensaban que el efecto del nombre lo ejercía la interpretación, que si cada nombre tenía una asonancia propia que le daba fuerza a su poseedor. Estaba de acuerdo con todo porque estaba convencido de que el mío me reducía a casi nada, a un suspiro, a un mimo, a una caricia de gato.
Aquella noche, había sido una larga noche, estuve despierto, pensando en todas las combinaciones posibles. Nadie lo entendía: se trataba del resto de mi vida. De nuevo pensaba en mis padres y admiraba su racionalidad, pero su consejo dulzón no podía paliar mi angustia. Porque mi angustia era un perro rabioso que me mordía por la nuca todas las noches desde que tenía uso de razón. Sabía mejor que nadie que el día en que me tocara escoger una carrera universitaria llegaría la fatalidad triunfante. Era lo más parecido a una crisis existencial, yo sentía que perdía peso y espesor ontológico, que mi ser se apocaba. Yo tenía que hacer algo.
Mis padres lo habían tomado como una excentricidad mía, pero yo, en cambio, me lo tomaba muy en serio. Ya escarmenté cuando ellos decidieron que estudiara música. Los dos primeros años me entusiasmé, eran sólo teoría y solfeo para un niño de unos siete años que poco a poco iba conociendo los instrumentos de la orquesta clásica. Recordaba con emoción el día en que nos llevaron a El Conciertazo, en Televisión Española. Recordaba, como si fuera hoy, que la percusión me atrajo enormemente, sobre todo el tambor, pero este me estaba vedado, pues nos llamaría a todos por el nombre del instrumento y el apellido; por eso, de las cuerdas me prohibí el violín, de los vientos ni hablar del trombón. Entonces tuve que pensar en todo esto, aunque mi falta de vocabulario —normal para mi edad— me impidió prever que ese sonido preferido por mí, ese exótico instrumento comportaba un malvado juego de palabras: escogí el Fagot.
Y esta situación siempre se repetía, cualquiera pensaría que era hora de estar habituado, pero no en mi caso en que la más insignificante actividad se convertía en una despreciable acción y todo por culpa de mi apellido. Dejé la pintura, y confieso que hasta me habría gustado ser bailador. De los deportes ni hablar, pues habría sido un jugador, al que siempre se habrían referido despectivamente. Era una maldición contraria a la del Rey Midas: yo todo lo que hacía se convertía en algo banal, baladí, intrascendente, exiguo. Era como si tuviera una varita mágica para despojar lo que fuera de su magia propia y eso se lo debía a mi nombre.
Un día me tocó leer una conferencia en el cole. Estaban todos mis compañeros de curso, y hasta había un insigne profesor invitado de la Universidad. El tema era sobre El porqué de la Guerra, aquel artículo escrito por Freud en el año 1938. Yo lo escogí como fuente de inspiración y titulé mi conferencia del mismo modo. Comencé —después de leer el título, que era el mismo que el artículo de Freud y de decir mi nombre— a exponer mi opinión durante diez minutos, hasta que el profesor invitado me interrumpió con vehemencia y me exigió que dejara de citar y que comenzará de una puñetera vez con mi punto de vista; que aquello que estaba haciendo era una falta de respeto hacia mis compañeros. Entonces armado de paciencia hube de explicar el origen del malentendido, que estaba en mi nombre, enseguida todos se rieron y yo tuve que terminar con mi exposición más avergonzado que orgulloso.
Todo esto me hizo decidir por aquel entonces que, si iba a la Universidad, en principio, jamás haría un doctorado. Tampoco tendría un taller de motores ni sería profesor de nada y menos de lenguas. No sería ginecólogo y jamás diseñador. Creí que no tendría más remedio que ser cartógrafo, bibliotecólogo, quiromántico o algo así, aunque amaba a la historia con pasión. Mis padres continuaron insistiendo en que mi idea era absurda, que un nombre no era un condicionante, pero entonces yo tuve que hablar muy seriamente y describirles, tal cual, el modo cómo me había sentido hasta ese momento. Mi nombre era José Cito Cito.
Por eso, de pequeño, cuando estudié música no quise que me llamaran el Tambor Cito, ni el Violín Cito ni el Trombón Cito; pero, no pude evitar ser el Fagot Cito. Abandoné mis hobbies, no por incapacidad, ni por rebeldía, ni por despreciar las oportunidades que me brindaron; es que no quise ser un Pintor Cito ni un Bailador Cito, eso me avergonzaba y empequeñecía. Paradójicamente, y para colmo, yo era uno de los chicos más altos de mi clase, estaba en el equipo de baloncesto, al cual renuncié porque siempre sería el Jugador Cito. El día de la conferencia, cuando comencé a leer: “El porqué de la Guerra”, José Cito Cito; y continué, el estúpido profesor que me interrumpió creyó que todo lo que escuchaba era una cita textual.
Ir a la Universidad o escoger una profesión me habría arrojado al infame destino de ser el Doctor Cito. Y si hubiera querido ser Ginecólogo, ¿habría podido ordenar Citologías para que se mofaran de mí? ¿Si hubiese sido mecánico habría tenido un Taller Cito o mejor Motor Cito? Y si hubiese dado clases habría sido el Profesor Cito, y de lenguas: ¿el inglesito, el alemancito, el japonesito? Y si acaso diseñador habría sido el diseñador Cito.
Pero esta historia ha tenido un final feliz, después de todo, eso es lo que motiva mi historia. Mis padres me escucharon, sopesaron racionalmente conmigo mis opciones y al fin accedieron a solicitar mi cambio de apellido. Me gustaba el de una abuela materna, Íssim, por lo menos en Castellano carecía de sentido y para mí era una bendición entrar en el bando de los Pérez o los Marrero, puesto que Íssim tampoco significaba nada.
Así que un día, nuestra familia se trasladó a Barcelona, cuando yo aún no había empezado la universidad. Llegado a Cataluña me encontré con un idioma que no conocía, pero que para mí fue todo ventajas. Esa lengua me abrió las puertas al éxito. Entonces estudié historia, me doctoré y fui profesor. Mi suerte ha cambiado y ya voy por la tercera licenciatura.
En esa tierra maravillosa, como por arte de magia, todo lo que toco se convierte en exceso. Mi varita mágica pone magnificencia en todo cuanto hago, los demás siempre están por debajo de mí. Cualquier ínfimo trabajo que ejerzo es superlativamente compensado. Aquí soy el Historiador Íssim, el Profesor Íssim, y el Doctor Íssim. Y aunque hubiese elegido ser un modesto fontanero, habría sido el más grande de todos.

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