Era habitual en aquel lugar hacer balances aunque suene un poco desequilibrado. Se trataba de una costumbre en la que se volcaban todos sus habitantes justo antes de acabar el año. Quizá el motivo era no perder la esperanza de que aquellas líneas trajeran la comprensión de la existencia particular.
Todos se daban cita aquel día independientemente de si había sido año bisiesto, pues, eso haría totalmente inútil igualar la datación exacta año tras año. A cambio, preferían usar el sentido común: la fecha señalada era el 31 de diciembre del año en curso. No había un horario en particular para ejercer el derecho al balance, pero tenía que ser antes de las doce de la noche de esa última jornada. La razón era obvia, si no, no sería un balance de fin de año y pasaría a convertirse en una lista de propósitos, cosa que obviamente estaba reglada de manera diferente y cuyas consecuencias también lo eran.
Llegados al lugar, que era una hermosa explanada verde que se extendía apenas cruzar las puertas de la ciudad, unas edificaciones a semejanza de coquetos cubículos estaban dispuestos a la vera del camino siguiendo el mismo curso de las antiguas urnas romanas que señalan las afueras de una ciudad con historia.
Las personas pasaban de una en una y aunque no era obligatorio, todos preferían hacerlo porque, según sus creencias, eso facilitaba la memoria de una cultura abocada a la inmediatez por carecer de estaciones, de historia milenaria, de religión opresora y de discriminación racial. Y es que allí se sucedían los equinoccios y los solsticios sin siquiera mostrar su diferencia, los más observadores hablaban de un cambio de luz y, a veces, de una pequeña variación en la temperatura que insistían en llamar verano o invierno, sin que ninguna de estas dos estaciones se pareciese verdaderamente a sus homónimas del hemisferio norte o sur.
El balance era, en la mayoría de los casos, trágico. Era costumbre comenzar con la frase: este año ha sido… Así, todos los habitantes— lápiz, pluma o estilete en mano— comenzaban a escribir su balance anual en un pequeño cubículo amenizado para esa tarea. El tiempo que cada cual empleaba en ello era absolutamente impredecible y personal. Algunos tardaban lo suyo, para lo cual el sistema de los medallones colgados en la puerta servía para avisar: rojo significaba que no lo tenía claro, verde significaba que tardaría lo justo, violeta significaba que ese escrito ya lo tenía en la mente y que pronto o tarde vería la luz sin largas esperas. Los más detallistas solían colgar una combinación de medallones: violeta y verde, rojo y verde, excepto violeta y rojo.
A la salida había que estar muy atento, tanto el que esperaba como el que salía. A la gente cuyo año no había sido bueno se le reconocía por sus ojos llorosos y un semblante angustiado. Se dice que estos fueron los que inventaron los balances porque creían que con ello se superaría la desgracia y que esta quedaría aislada para siempre en el pasado: una especie de cárcel de la desdicha que, atrapada en el balance, no volvería nunca más. En cambio, aquellos cuyo balance recogía la felicidad terminaban muy rápidamente y salían con cara de satisfacción. Esta actitud ameritaría unos estudios científicos que concluyeron que la gente feliz cree que la felicidad, o bien es inherente a su existencia, o bien es merecida (algunos han llegado a concebir teorías tan extrañas como la del karma o la de la profecía autocumplida). Los estudios arrojaron sus resultados y se probó que la exposición prolongada a la felicidad puede dañar la parte del cerebro que se dedica a recordar las desgracias. Un refrán acuñado por el equipo científico da fe de ello: “Solo se acuerdan de Santa Bárbara cuando llueve”, pero como la hermenéutica no era el fuerte de esas gentes, el refrán quedó en el olvido y pasó a formar parte de la jerga de los meteorólogos.
Dicho esto, a la salida de los balances encontrábamos a algunos gimoteando, saltando de alegría, arrancándose la piel a jirones o rezando, eso demostraba que si una cosa era característica de estos balances era el denostable desequilibrio que provocaban.
Es por eso que cada año la gente se cuida al hacer sus balances. Sabedores como son de sus consecuencias, si al redactar se priorizan las desgracias del año les puede ocasionar un desgano generalizado, lágrimas incontenibles al sonar las campanadas que anuncian el fin del año y querer emborracharse y reír sin motivo. En cambio, si se prepondera la dicha, el ánimo aparece totalmente sereno y lleno de esperanzas, sin ni siquiera tener razones para ello, son los que escuchan las campanadas con una sonrisa y se mantienen alejados de la sobreexcitación generalizada sufriendo por ello un inmediato repudio social.
Un día vi a uno entrar en el cubículo con el estilete y su tablilla de arcilla, al salir una hermosa escritura cuneiforme daba forma a su balance anual. De pronto vi como la tablilla caía al suelo y se convertía en pequeños trozos polvorientos. Horrorizada, busqué la cara de su autor y la encontré plena de satisfacción. Desde entonces, y con cuidado, escribo en tablillas de arcilla mi balance —y cuelgo un medallón rojo para no levantar sospechas.

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