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El Corresponsal

Albert llegó a Venezuela, por allá por los setenta, con un marcado acento catalán que le hacía aparecer raro para aquellas gentes morenas tan espabiladas y resueltas que le llamaban “gallego”. A ellos les tenía sin importancia la lejanía entre Cataluña y Galicia —y menos sus diferencias—; al fin y al cabo, al igual que Julio Iglesias también Joan Manuel Serrat era gallego. Le tocó vivir la bonanza del petróleo y de un dólar al cambio de cuatro bolívares con treinta céntimos. Su familia se instaló en Caracas, que entonces era una ciudad cosmopolita y su universidad gozaba de prestigio; allí comenzó Albert su carrera de arquitectura. Para ese entonces le llamaba poderosamente la atención aquella amplia explanada llamada Tierra de Nadie, desde donde podía ver cotidianamente al Aula Magna enfrentándose al Ávila, era como un duelo entre Dios y Villanueva en el que siempre ganaba Dios.

Por pura supervivencia o mimetización, o ambas cosas, me hice a la medida de mi vida de estudiante. Allí, la contracultura francesa llegaba sin desparpajo a mezclarse con los sones de las estrellas de Fania o las canciones de la Nueva Trova. Frente a mi facultad, en Filosofía, mis amiguetes marginales, Ernesto, Felíx, Borregales y el loco Bolívar, me invitaban a sus “toques”. No se parecían a los gitanillos del barrio de La Mina. Alguna tarde me pasaba por el pasillo de la Escuela de Filosofía y los  oía cómo, al son de tumbadoras, maracas y bongós —como en El Concierto Barroco de Carpentier— interrumpían las clases sobre Freud, Artaud, Platón o Bakunin. Al rato callaban y todo volvía a la normalidad. Con ellos siempre estaba el Jacobito, un pirao gracias a la maría, que insistía en llamarme “el burguesito gallego”. Tenía además a mis amigos de la Facultad, más formales y sifrinos (que es como allí le dicen a los pijos) por esa razón mi vida transcurría entre el marginal oeste y el pretencioso este caraqueños. Yo vivía en el centro, en un barrio de inmigrantes españoles llamado La Candelaria, con tascas llenas de vida tan entrañables como La Tertulia y su potaje de lentejas con espinacas. De cualquier modo, mi corazón seguía siendo catalán, pero mi alma era mestiza y coreaba sin dificultad el A mi Manera de Maelo, o Las Paraules d’Amor de Serrat; pero, cuando hacía esto último, un recuerdo me erosionaba el ánimo.

Se dice que los recuerdos no tienen forma definida. Ese no era el caso de Albert. Se dice que son caprichosos, los de Albert no lo eran porque para luchar contra tanta imprevisión su amigo Pedro le tomó una foto a él y a ella antes de partir, en la que sería su última tarde juntos. Una vieja Polaroid se encargó de retratarles en La Barceloneta, aquella playa llena de escombros y basura, frente al dispensario que quedaba delante de la fábrica de gas donde dos adolescentes jugaban a prometerse amor. Ella escribió al pie de ambas fotos: “Nos vemos aquí el 15 de agosto de 1990”. Cuando veía aquella foto, y usando el más rápido de todos los transportes, sentía el olor del Mediterráneo que iba bañando aquella costa. Más allá, hacia Bogatell, estaba la papelera y las vías del tren que iba hacia Mataró y que ellos preferían tomar para irse a Ocata. Pero aquella tarde venían los tres del esplai, y la nostalgia los pilló in situ.

Montse, bonica, qué farás ara? Decía siempre que miraba aquella foto cuyo poder estribaba en hacerme sentir en catalán, una vez más. Entonces Montse desapareció una temporada y por Pedro, me enteré de que también había partido, pero hacia Buenos Aires. Recibí por fin una carta de ella con su nueva dirección. Nos seguíamos escribiendo, como siempre. Era ella la única persona que compartía conmigo aquel exilio del Poble Nou, de la Seu d’Urgell y de la nit de Sant Joan. Un día Montse me escribió que lo del encuentro no sería posible, porque ya ella había estado el año anterior con sus padres y que el barrio estaba patas arriba por lo de los Juegos Olímpicos del 92. Nunca mencionamos a nuestras parejas, aunque algunos silencios indicaban sus apariciones. Jamás se lo conté a Tibisay por considerarlo demasiado mío, demasiado personal. Mi relación con Montse me recordaba lo que había sido, y era el único modo de no olvidar lo que fui. Era mi más profundo y nostálgico ser que estas gentes suponían gallego.

Cada vez que podía, Albert se dejaba llevar por la amarillenta foto y los recuerdos del Poble Nou. Ahora ya hace tiempo que no sabe nada de Montse, y sin embargo sigue caminando con ella por Taulat hasta la estación del tren. Cuando era pequeño, una tarde, escuchó una explosión en la fábrica de gas que reventó los vidrios de la terraza de su piso y de otros pisos más, el vio como una esclusa de hierro salió volando por los aires y fue a dar directamente al lugar donde él y sus amigos estaban jugando canicas, hacía apenas cinco minutos, el tiempo justo para verlo desde casa. Enseguida fue corriendo a casa de Montse a contárselo. Con ella también vivió su pasión por los Excalectrics y ella estuvo allí el día en que ganó un trofeo en las carreras de coches. En ese instante una húmeda sonrisa con un suave suspiro se deshiló en su visión del Ávila cubierto del Capín Melao de Octubre. Tibisay lo cogió in fraganti, tan in fraganti que a la pregunta de “¿qué te pasa?”, le siguieron respuestas tan confusas y agolpadas que detonaron todo el desencanto y la apatía que los ocho años de relación acarreaban consigo. Dos frases cerraron aquello, a lo mejor si todo lo que salió hubiera estado metido en la Caja de Pandora, estás dos frases se habrían quedado atrapadas en su interior. “Eres raro”, dijo ella. “Ella es alguien que no eres tú”, balbuceó él. Y todo aquello atravesado por un remolino de cartas de Montse y escritos nostálgicos de Albert.

Sentí que mi tiempo con Tibisay había terminado. Estaba en paro, cobrando la pensión del desamor.  Por casualidad, en su última carta Pedro me comentó que estaban buscando arquitectos para el proyecto del Nuevo Frente Marítimo, casualmente le había estado dando vueltas a ese asunto, porque sin Tibisay y con mis padres de vuelta a la Seu, ¿qué pintaba yo sólo en Caracas o yo en Caracas solo? Se habían acabado las fiestas con mis amigos malandros, a Félix lo habían matado en un atraco, Ernesto se había puesto a trabajar, el loco Bolívar desapareció y Borregales tocaba con Evio di Marzo y su Adrenalina Caribe. Tampoco la vidilla nocturna iba conmigo, no me divertían las noches en El Maní es Así, ni en el Copa’s Bar. Una cena en el Gala ya no me recordaba a Dalí. Y un día sin darme cuenta, tenía recogidos todos mis recuerdos listo para partir.

Y partíó para instalarse otra vez en Pueblo Nuevo, que así era como llaman los antiguos informes catastrales de la época franquista al Poble Nou. Ya Albert se ha visto con Pedro. Se han ido de tapas directo al Tres Tombs y recordaban sus famosas patatas bravas para hombres, superhombres y cagamandurrias. No veía el modo de preguntarle a Pedro por Montse sin transgredir una prohibición que se había hecho a sí mismo cuando terminó con Tibisay. Ni quería saber nada de fantasmas, el pasado le había jugado sucio y tenía el deber de censurar todo tipo de nostalgia. Al fin y al cabo, la cita de los adolescentes no se había dado y la foto era ahora tan amarillenta, borrosa y desleída como el recuerdo y su intención. Se había prohibido volver a la nostalgia como modo de vida.

Encontré a Barcelona más cosmopolita y a un Pedro gordito que llevaba adelante la cansaladería de su madre. Comencé a recorrer las antiguas calles, con sus casas desaparecidas y las fábricas de gas de las que sólo quedaban las chimeneas. Me encontré con un Hospital del Mar moderno a cuyo costado una estatua caminante de Bolívar, me sorprendió. Ya no quedaba nada de los gitanos de El Campo de la Bota, y de la esperpéntica Barceloneta lo único que reconocí fue al mar. Esa tarde, Pedro me esperaba en el Port Olímpic. Otra vez más de lo mismo, volveríamos sobre el pesado pasado, aunque tenía que reconocer que mi amigo se estaba comportando como un auténtico lazarillo en este mundo tan cambiado para mí.

Albert siguió mirando el mar de la Barceloneta dejando pasar los minutos de espera para la cita concertada. Miró su reloj. Recogió sus recuerdos, ahora transatlánticos: el Paseo de Los Caracas una tarde de domingo cuando venía de Chuspa con Tibisay... De pronto éstos frenaron ante el resplandor del Peix d’Or de Frank Ghery que los encandilaron por un momento y que reverberaba en el espejo de agua donde el reflejo de la figura regordeta de Pedro le hizo señas con una mano. Albert respondió automáticamente. Frunció sus miopes ojos —luchando contra la distancia y el brillo del pez y del agua— para constatar, ya muy tarde, que la dueña de aquel grito y aquel abrazo venía con Pedro y era la Montse. Olvidó su prohibición de recordar y se dio el lujo —en poquísimos segundos, como a quien se le va la vida— de ir por la Estación de Francia, de tomar su mano una tarde en la Ciutadella, de separarse cada vez que pasaban por la cansaladería de la madre de Pedro en la Calle Pujades. Escuchó de nuevo las canciones de Los Bravos y el discurso que les dio el maestro cuando los pilló viendo una Interviú. Pedro los miró y de pura memoria guardó esa imagen por siempre para sí sin importar lo que significaba. Los invitó a La Oveja Negra para recordar porque él, al igual que todos nosotros, sabe que el presente está hecho de recuerdos y nada más. Juntos fueron caminando por el reconstruido Paseig Marítim, se acordaron de Los Baños San Sebastián y de los chiringuitos cutres de La Barceloneta. Ya en el Borne, Pedro contaba —por enésima vez— de cuando estuvo en la mili, fue cartero y tenía que venir al Correos de Via Laietana todos los días. Se reían porque cada paso fue transformando a la transformada ciudad en una riada incontrolable de recuerdos. Se dieron el lujo de cruzar por Escudillers sin que les pasara nada. Cada uno contó la feria según como le fue en el frontón. Dos vidas llenas de nostalgia intercambiaban experiencias de soledad. Pedro disfrutaba y aguantaba como un corresponsal de guerra. Se preguntaba si ganaría la nostalgia o el desamor.

Albert y Montse sonreían una extraña complicidad. En ese instante, Pedro no pudo evitar hacerles una foto con su nueva camarita digital, de ese modo —y de nuevo— volvía a luchar contra los caprichos de la memoria. 



 

Comentarios

  1. Un cuento sobre el tiempo y la vida que combina muy bien la primera y la tercera persona, lo que lo hace atractivo y misterioso. Un cuento que no lo dice todo, que sabe esconder para luego encontrar.

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