Veo su rostro cada mañana, Sus ojos parece que me vigilan, su invisible sonrisa me conmueve, pero yo soy un enajenado. Quien pregunte mis razones nunca las entenderá y quizá —igual que yo— termine en este diálogo absurdo con su propia vida preguntándole, además, hacia adónde le ha conducido.
Pasé la mayor parte de mi vida en Boloña y para orgullo de mis padres fui por fin a la universidad. ¡Universidad de Boloña! ¡Alumno ejemplar del gran profesor Eco! Estudié a fondo su "Tratado de Semiótica General", viví y respiré estructuralismo, los aires de la intelectualidad del sesenta y ocho me mimaron.
Como intelectual siempre preferí el modelo nietzscheano: el tipo arrogante y provocador, irónico, audaz y triunfador, irreverente, de profesión. Dios nunca fue una prioridad, aunque el ambiente un poco provinciano de mi universidad lo dejaba colar de vez en cuando en alguna actitud, en algún juicio o en cualquier tímido llamamiento al orden. El tiempo se encargó de lo demás: me hice más radical y justo en ese momento de mi brillante carrera, obtuve una plaza en la misma universidad donde había estudiado, ni tan joven como Nietzsche, ni tan protegido como Umberto. Vino el tiempo en la L'école Normale Súperieure, y muchas clases, debates con el viejo Foucault, visitas esporádicas a Vincennes para escuchar a Deleuze. Raudos pasaron los ochenta y los noventas.
Cuando volví a Boloña, las cosas habían cambiado. El maestro no estaba en su plaza y mis pocas protecciones dejaron de funcionar. Tenía aires demasiado franceses y contraculturales, la tendencia conservadora de mi cátedra chirriaba con mis ideas, que antes eran apenas la travesura de un joven pedante, pero ahora eran el desafío de un adulto consciente y emperrado en tener razón. Esto no tardó mucho en traerme problemas con la gente del Opus... y hete allí, fuera de todo, sin contactos y Boloña con uno de sus hijos insignes fuera de la Academia.
Ese era mi oficio entonces: me dediqué a ser intelectual. Iba a congresos, publicaba artículos especializados que sólo debían leer los especialistas y que, como todos sabemos, los especialistas nunca leen pero discuten. Mi oficio era demostrar lo mucho que sabía, con gestos y mordaces argumentos. Mi oficio era ridiculizar a la gente del Opus cuando tenía ocasión, o esforzarme por buscarlas. En realidad no hacía nada, era un poco actor. Me tocaba escoger el escenario, los actores que me acompañarían, crear un poco de atmósfera —y con suerte— imaginar el escenario futuro y sus consecuencias.
Pero, sucedió que un día me sentí desocupado. No sólo no tenía mi trabajo de la universidad, sino que mi excesivo escepticismo, me llevó a cuestionar mi oficio de intelectual. Ya no le encontré sentido a la escritura de artículos de y para especialistas. Los cursos de postdoctorado me parecían una pérdida de tiempo: mis compañeros debatiendo en un café, la conversación en alguna casa o departamento prestado de la misma universidad (seguía siendo un paria dentro de ella, pero dentro). Me preguntaba ante tanta holgazanería, ¿quién pagaba el tiempo de mis colegas y quién me lo pagaba a mí? El estado, mi paro, el estado, sus sueldos. Vivir esta desmotivación me llevó a frecuentar lugares otrora despreciados, ya no me importaba cuanto sabía y el conocimiento se convirtió en un lastre. Soñaba con sacarlo de mi cabeza del mismo modo como Júpiter se sacó a Minerva: de un hachazo que le propinó Vulcano a petición. Buscaba a mi Vulcano, algo o alguien tenía que sacarme el exceso soberbia. A esta la llamaron los antiguos griegos Hybris, fue la actitud más reprochada por ellos y ahora a mí me tocaba padecerla.
Con este panorama y sintiéndome como un personaje de novela existencialista, no me quedaba más remedio que entregarme a la depresión autodestructiva, buscándome algún vicio o varios. El cigarro estaba bien para comenzar, después vino la bebida seguida de una que otra raya de coca invitada por algún colega que la dejaba caer en medio de una erudita conversación. Era lógico que perdiera el poco de vida decente que aún me quedaba; y así mis ataques fueron cada vez más falaces, mis escritos más incongruentes y mi compañera no dudó en marcharse con algún jefe de cátedra que le prometiera un futuro mejor y más académico.
La crisis llegó tal como estaba previsto, con ella el descontrol y el despertar en una plaza con un copo de nieve en el ojo derecho. No tenía casa o no me importaba ya, no supe que fue peor. Me di cuenta de que necesitaba ayuda, pero mi estupidez me impedía pedirla. Prefería dejar Boloña. La vergüenza me ayudó. No sé de dónde saqué ese poco de vergüenza. Cogí un tren, el primero. Saqué el billete con mi tarjeta de crédito que aún paga el negocio familiar. Iba vía Siena: odiaba Siena por provinciana, atrasada y rancio mística. Al llegar supe buscar una pensión y me quede mirando el semicírculo casi planetario de la Plaza de Campo; el cuerpo me pedía una cerveza y dos, antes que café, pero quise café. Un odio profundo me recorrió cuando mis pasos me llevaron hasta la Catedral y no pude evitar entrar y ver sus suelos de mármoles grabados con las ilustradas vidas de Santos Papas Hijos de Puta. La baba verdosa de mi resentimiento me hizo vomitar sobre uno de ellos. Me sacaron dos guardias por mi aspecto que me condujo a la comisaría. Entonces, recordé mis tiempos de actor, de falso profeta, de ingenuo sabio y los convencí de que padecía de una úlcera péptica y que no lo pude evitar, aunque por dentro sabía que el ácido de mis jugos gástricos los mancharía y le daría trabajo a algún restaurador desocupado. Me dejaron ir.
Regresé a la habitación con una botella de Chianti y me reí de mi nueva travesura. Había encontrado un nuevo oficio: vomitador de reliquias religiosas. ¡Que tiemble el Vaticano! Todas las imágenes, restos de santos, retablos, esculturas y objetos de devoción serían vomitados por mí. Y aquí hay una que le tengo especial gana: la estúpida cabecita disecada de Santa Catalina de Siena, el dedito meñique con el que alguna vez se rascó el oído y que debe conservar restos antropológicos de su santo cerumen.
Mi borrachera acabó en delirio, mi delirio en fatal pesadilla, mi pesadilla en pesado sueño, y mi pesado sueño en amargo despertar. Un café y una cerveza me despejaron, pero no me hicieron abandonar la idea de mi nuevo oficio, ni dudar de mi verdadera vocación. Me fui con parsimonia disfrutando de cada paso que me conduciría hasta la iglesia de Santo Domingo, donde estaba expuesta la cabeza de la santa. Entré fingiendo humildad e incubé mis más resentidos y anticristianos pensamientos, destapé la furia de mi soberbia y allí frente a ella no pude. No vomité.
Y no puedo. Todos los días lo intento y no puedo. Sus ojos parece que me vigilan, su invisible sonrisa me conmueve. Por eso me he ofrecido a limpiar este cristal que protege a la santa reliquia para estar más cerca de ella. Los de la iglesia lo han aceptado.
Pero heme aquí que en vez de vomitador, ahora parezco un simple beato maniático de la pulcritud, adorador de reliquias, a quien de vez en cuando le coge alguna inconclusa náusea que todos confunden con un trance místico.
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| Basilica Cateriniana Di S. Domenico ile İlgili : Reliquias de Santa Catalina de Siena |

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