Descompongo en colores todo lo que veo, como un desahogo descarnado, como un aislamiento en el que sólo mi particular paleta tiene cabida. Soy sufriente, atormentado, lo sé. No puedo mantenerme un minuto de pie en la cordura pues, el lápiz, la tinta, los óleos, las telas me arrebatan. Me hace falta también una noche estrellada con cipreses.
Ahora que me retrato tengo un modelo para reproducir, pero
tengo razones para pensar que ese no soy yo: ¿son mis ojos azul de Prusia
vibrando en ocre? ¿Es mi cabello naranja cadmio con amarillo de Nápoles? ¿Es mi
piel esa combinación de trazos blancos, pardos y azules, verdes y cremas?
Desplazo sin querer mis ojos hacia el fondo y me percato que
soy más fondo que figura. Más preguntas que intentos de respuesta, soy todo
titubeos, pero a la vez quisiera pintarme con no sé qué de eterno, de lo que en
otro tiempo el nimbo era el símbolo y que nosotros buscamos por el centelleo
mismo, por la vibración de nuestros coloridos.
Soy Vincent, apagado y entusiasta, animado y ladrón de
escenas y me persigue un pensamiento espantoso e insondable: creo que este
mundo está evidentemente hecho de prisa en uno de esos malos momentos en que el
autor no sabía lo que hacía, o no era dueño de su mente.
Por el momento mi paleta se deshiela y la torpeza del
comienzo ha desaparecido.
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