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El asombro

                                     Puede que los griegos tuvieran razón al hacer proceder la teoría del asombro (...).

Hans Blumenberg

¿Cómo se piensa el asombro? Pensaba aquel que no había vuelto a asombrarse desde la última vez. Cavilante, se sentó bajo un plátano a pensar. La primera vez se quedó dormido, profundo, sabroso, roncando sonoros ronquidos, padeciendo pequeñas contracciones musculares, espasmos, que dejaban apreciar la profundidad de su sueño. Al despertar no recordaba nada de lo que había dormido, ni un rasgo de memoria podía darle ni una remota esperanza a la pregunta esencial que le había causado el sueño. Lo tomó con normalidad, casi con estoicismo. Pensó que era obvio caer dormido después de un día así —esos días húmedos, calurosos de noches frías y madrugadas destempladas— sabía que se durmió porque se tenía que dormir.

Sin embargo, no desistió, siguió dándole vueltas al asunto; ¿cómo se piensa al asombro? Él, filósofo profesional, que se había hecho muchas preguntas en su vida, sabía aquello por lo cual se preguntaba; aunque parecía una tontería, ¿por qué se lo había preguntado? Al fin y al cabo, ¿había algo que él verdaderamente hubiese ignorado alguna vez? El asunto era que él poseía todos los conceptos elementales necesarios para comprender la realidad, conocía los procedimientos para combinarlos, sabía las leyes, argumentaba a la perfección, si así era ¿por qué parecía desconocer la respuesta a esa pregunta en particular? Inmediatamente recordó a Heidegger: ¡Claro! —se dijo— todo aquel que pregunta por algo, sabe de antemano la respuesta, o por lo menos tiene una noción que lo conduce hasta ella, la cosa estriba en formular correctamente la pregunta, en proporcionarle una dirección. Y pensó entonces que la pregunta estaba mal formulada, y pensó que la debía formular mejor pero, sucumbió a la tentación de cambiarla porque creyó que el problema era la pregunta en sí. Así abandonó por un tiempo lo del asombro.

Se trataba, según él, de una nimiedad para escolares, una pérdida de tiempo para él que había navegado por todos los mares conceptuales, que guardaba polvo filosófico de todas las latitudes en sus zapatos: ¿qué le aportaba esa curiosidad por el asombro? ¿Asombrarse menos o volverse a asombrar? No estaba en su talante reparar en ingenuidades. Por eso se fue, esa tarde a la librería; aquella librería grande y bonita que tantos libros tenía. La acababan de reformar, así que cuando fue automáticamente al apartado de filosofía se encontró con el de libros infantiles, ¡menos mal que andaba de buen humor y con licencia para perder el tiempo! Reconoció, entonces, un nuevo tipo de objetos que no eran libros sino algo parecido. Los había de hule inflable, de cartón con pocas ¿páginas?, de muchos colorines con grandes letras o sin ellas. Había unos que traían pegatinas, hilos y cuentas para hacer collares, con agujas para tensar y coser, con ladrillos en miniatura, arcilla o plastilina. Los había sin historias para que alguno las pudiera improvisar, o con personajes derivados de objetos inanimados. También le llamó la atención el tamaño, podían ser grandes (enormes), pequeños (diminutos). Allí descubrió uno con holografías, allá otro que al tocarlo se escuchaba música, este de aquí imitaba una risa, el de allá un escalofriante grito. Descubrió unos que no eran libros sino audios hechos para escuchar directamente el contenido del libro, supo de otros que venían grabados en DVD con video y un e-book —esto le sorprendió porque supo que se trataba de una especie de mutante de libro venido de la antigua idea de la hoja de papel impresa con tinta y encuadernada que se reflejaba tal cual en la pantalla del ordenador y que, con un doble clic pasaba de página en página con el ruidito incluido—. Comenzó a sonreír, aunque no fuera muy dado a la risa sin razón, y fue a por más. Entonces encontró aquellos libros que bien parecían hermanos de los decorados teatrales del siglo XIX; se abren y se despliegan escenarios, otros guardan páginas con sorpresas escondidas entre puertas y ventanas o pestañas para tirar y sacar o esconder cosas. Con uno de esos artefactos en la mano comenzó a silbar distraídamente aquel tema de amor de Un hombre y una mujer. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que vio aquella película por primera vez en París? Y le vino a la mente La Sorbona, sus sueños de intelectual, ¡qué lejos parecía aquello! Y se le ocurrió una pregunta, una de esas que si tienen calibre filosófico, una pregunta que sustituiría a la anterior: se preguntó por el tiempo, por el lugar de los recuerdos y la memoria, por la conformidad —si la hubiera— de la naturaleza humana con su perecer. Se dio cuenta de que se estaba preguntando por la muerte, la finitud y a la vez el origen. Una pregunta por el principio y el fin era lo que menos necesitaba, así que la desechó y decepcionado volvió a casa.

Sentado en su escritorio, acomodó su silla para mirar por la ventana. Recordó que nunca había fumado, por lo que la escena del pensar, mientras se lanzan bocanadas de humo al aire, le estaba vedada. Tantos años de estudio, tanto conocimiento, ¿para qué? ¡Una pregunta, una sola por el amor de Dios! Susurró —casi con fe— otra de las cosas de las que se había prohibido, él que era toda una muestra de atea voluntad. En eso, un destello le distrajo de sí, una especie de terremoto con luz en la habitación lo espabiló, como cuando se quiebra la barrera del sonido. Una figura femenina con alas de ángel, enorme, frente a él trasvasa el agua fluyente entre dos copas y le dice: “Poseo la clave de la sabiduría, tú vas en pos de ella, pregúntame lo que quieras. Este líquido que ves aquí es elixir de la vida, con una gota de él sanaríamos al mundo. Tú con mi presencia puedes sanar lo que desees”. Él miró a la figura por encima de sus gafas, vio por la ventana y con un aburrido gesto de pensador profesional, con sus exquisitos y calculados modales de académico tuvo que confesarle a la figura que ya estaba demasiado curtido para ángeles, figuritas herméticas y mensajes del más allá. Le aconsejó, no sin meditarlo breve y éticamente, que fuera donde la vecina de en frente que leía el tarot y era sanadora. El ángel susurró para sí: “Era cierto lo que me habían dicho, que vendría aquí y perdería mi tiempo; aunque para mí el tiempo no es un problema ni tu actitud una sorpresa”. Blinmm. ¡y desapareció!

Él respiró profundo —lo del blinmm no sabe si lo imaginó o si recordó alguna antigua serie americana de los sesenta, eso no importaba, puesto que le iba bien— y se quedó (más bien confuso, no asombrado) y descubrió con asombro que nunca había estado tan confundido como ahora y que era un buen momento para pensar la confusión. Con orgullo supo que había de reformular su pregunta y comenzó a balbucear: “¿Cómo se piensa la confusión?” Creyó que ahora sí podría sentarse a pensar con claridad.




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