Me he dedicado al cultivo del cañimeno, ya sé que suena extraño, incluso inverosímil, ¿qué podía hacer, si no? Todo parecía que podía salir bien, hasta que dejó de hacerlo. Entonces no se sabía lo que ahora se sabe.
Esta idea comenzó aquella tarde en que, caminando con mi perro, éste se acercó a olerlo, yo lo espanté porque el cañimeno no era apreciado por nadie, sencillamente caía del árbol, ya está. Los árboles se cortaban porque eran endebles, a pesar de que los frutos eran enormes y rosados, se ve que cuando las ramas debían aguantar el peso de los frutos eran muy fuertes, pero una vez despojadas de ellos se volvían frágiles como si fuera el fruto el que sostuviera a la rama y no al revés. Quizá porque el fruto del cañimeno era de color rosado cuando había caído del árbol, y en el árbol era verde, nunca nadie sabía cuando estaba maduro.
Del cañimeno cabe decir también que era difícil saber donde estaba plantado, pues sus raíces eran traslúcidas provocando así una sensación de espejismo acuático que distorsionaba el reflejo de los pájaros y eso hacía pensar que aquello era un pozo o el cauce de un río lleno de peces, lo cual también contribuyó al desastre.
El olor del cañimeno era muy particular, en la noche se parecía al humo del pino que queman las chimeneas, en la mañana olía a brisa fresca. Eso hacía que quienes vivían cerca de algunos cañimenos tuvieran muy en cuenta el trascurso del día y de la noche, pese a que se hacía muy raro que en verano oliera a humo del pino que se quema en las chimeneas en la noche, pero todo es cuestión de costumbre, así como la sensación de que detrás de las casas o en las calzadas había lagunas o ríos inexistentes, pero todo el mundo se acostumbra a todo. El fruto por dentro era carnoso, su tamaño podría dar de comer a muchos si eran capaces de superar su aspecto, que no describiré por respeto a la anatomía de las ostras y otros moluscos.
Como mi perro lamió un poco de aquella pulpa del cañimeno entonces supe que era comestible. Esperé unas horas, luego días para ver los efectos, si los había. En lo absoluto, el perro estaba como siempre. Llevé un trozo del fruto a analizar, era rico en todo cuanto se puede desear: vitaminas, minerales, oligoelementos, fibra soluble, proteína, todo. Así que me puse a la difícil tarea de cultivarlo.
Lo primero era saber cómo se reproducían porque no se veían semillas en su interior y enterrar el fruto completo no resultó porque bajo tierra fermentaba y explotaba haciendo que el terreno quedará marchito y sin nutrientes. Sin embargo, un fruto con tantas propiedades merecía la pena su cultivo, sobre todo porque los cañimenos se destruían a conciencia por eso de los espejismos acuáticos que provocaban. Quise plantarlo, pues en una explotación agrícola, ya todo el mundo conocería y lidiaría con las características propias de los cañimenos. Fue así como un día, probando las mil maneras de cultivarlos y no sabiendo a ciencia cierta cómo se reproducían, cansado de lidiar con los tercos cañimenos se me ocurrió coger un tronco y lanzarlo como quien coge una jabalina: ¡sorpresa! El cañimeno se abrió como se abre un paracaídas y quedó firmemente cogido al suelo, proyectando su inusual reflejo acuoso a su alrededor. Primer problema resuelto. En los ojos de mi mente vi un océano de cañimenos con sus grandes y rosados frutos, horribles pero nutritivos.
Ahora sólo tenía que resolver el asunto de su aspecto, pues por más beneficioso que fuera nadie quiere comerse una ostra gigante, acaso un poco más desagradable que ésta, sin contar con que dependiendo de la hora puede oler a brisa matutina o a humo de chimenea que quema madera de pino. Esto se resolvió con la criogenización, que a su vez mató el olor, lo convirtió en polvo que se podía comer a cucharadas, aunque su exceso, depende de la hora, provocaba eructos con olor a brisa fresca o a humo de madera de pino quemado por las chimeneas.
Los cañimenos se hicieron muy populares, el cultivo se extendió y se puede decir que en cierto sentido la idea estuvo bien, pese al daño que usualmente acarreaba su lanzamiento a los viandantes desprevenidos, siempre había que avisar. Además, el asunto del reflejo no estaba del todo controlado porque el hecho de sus raíces provocaran el espejismo de un lago lleno de peces hizo que la gente ya no se preocupara en salir a pescar, pensando que los peces estaban ahí a su libre disposición.
Un día cundió la alarma, los peces no querían picar a pesar de que ríos y lagos estaban rebosantes. Enseguida tomé cartas en el asunto y expliqué con detalle la biología reproductiva de los cañimenos, pero nadie me creyó, la mayoría insistía en que aquello era agua y no raíces traslúcidas. Los cañimenos se enteraron y dejaron de dar frutos, eran muy sensibles. Cambiaron además el ciclo del aroma, por lo que en el día olía a humo de chimeneas que queman pino y en la noche a brisa matinal. El mundo se descontroló.
Yo insistí en la necesidad de probar a desplantar cañimenos, pero la gente, al ver que el agua y los peces desaparecían, descartó la idea. Aquello se volvió incontrolable e irresoluble, los cañimenos comenzaron a engullir agua en venganza y ya no daban frutos.
Supe, tiempo después, que gracias a eso que ahora llaman cambio climático, yo quedé exento de toda culpa y los cañimenos se extinguieron.

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