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El Pecado

Lo que voy a contaros sucedió en verdad. Esta es la historia que narra la verdadera causa y muerte de Ricardo Corazón de León, tercer hijo de Enrique II de Inglaterra, Duque de Aquitania y de Normandía y Conde de Anjou.

Todos los viajeros que venían de Oriente exacerbaban la imaginación de los más jóvenes con sus historias. Describían sus periplos por el Mediterráneo hasta Constantinopla y de allí hasta el mismísimo Éufrates. Sabía que los viajeros no lo hacían por mal, pero si el vino ayuda y las noches de invierno son largas y el fuego calienta cómodamente, las exageraciones eran el resultado final de esta dulcificación del espíritu. Era obvio que estas gentes no sabían de los peligros de la Santa Inquisición y que, para ellos, las herejías las cometían otros.

Yo había estado en otras cortes donde convenía ser más discretos. No podía hablar de Aristóteles y su teoría de que la Tierra era esférica sin que con ello me jugara el pellejo. Tampoco podía hacer nada de alquimia y menos jugar con las Cartas Herméticas del Naïb que me había enseñado aquel sabio maestro egipcio que conocí en Toulouse. Al final había llegado, por pura providencia divina aquí, donde el hecho de ser el preceptor del más joven de los hijos de Enrique II me daba mucha libertad y tranquilidad intelectual.

Ricardo era un niño ágil y valiente, pero se dejaba abrasar por la fantasía. Con apenas ocho años me decía que se iría a Oriente a quemar a los sarracenos, a cazar a todas aquellas criaturas fantásticas de las que hablaban los viajeros, y a Tierra Santa a conquistar los territorios de la Cristiandad. Yo le aconsejaba prudencia, que estaría bien dispuesto a todo ello cuando cumpliera la mayoría de edad. Yo pensaba entonces que, con un poco de paciencia, él vería al fin de qué iba la realidad y la empresa de su sangre. Que ser un héroe no era alimentarse de las aventuras de Los Mabinogi y que los cantos de los trovadores eran canciones para alivianar al espíritu y no para minarlo. Me daba miedo pensar que el ánimo de mi inquieto alumno ya estuviese corrompido.

Mientras tanto yo continuaba insistiendo en su formación en griego y en latín, en la geometría y hasta un poco de alquimia le enseñé como rudimento básico para preservar la vida: el beneficio de un veneno y su perjuicio, y los antídotos que siempre harían falta. Pero, en plena discusión sobre las cantidades de azufre, él me interrumpía preguntándome si acaso este veneno servía contra los centauros. Se sabía al dedillo el Bestiario que Philippe de Taün había regalado a su madre. Me contaba que los centauros eran muy peligrosos, que tenían una doble naturaleza, humana y animal y que por ello también tenían una doble conciencia moral: decían el bien por delante y el mal por detrás. También le llamaban la atención los grifos y me juraba que llegaría a las zonas de la Hiperbórea para enfrentarse a alguno. Se trataba de una bestia con cabeza y alas de águila y el cuerpo de un león. Me costaba detenerlo cuando comenzaba a hablarme de unicornios, anfisbenas, áspides, onagros y tigres. Entonces conseguí un buen truco para usar con provecho su imaginación. Nos ejercitamos en el uso de las analogías entre las bestias y la conducta de los hombres. Quise que Ricardo fuese piadoso y justo observando a los animales conocidos creados por Dios. Descubrimos, que, en el arte de la Cetrería, el capuchón con que tapamos al halcón son las leyes de Dios y que por esa razón es obediente y por eso cuando se lo quitamos, se escapa, pierde el camino como nosotros cuando perdemos el camino y caemos en el pecado. A los puercos los interpretamos como los pecadores que no aprecian la pulcritud de las iglesias ni de las leyes divinas y que prefieren revolcarse en el fango del pecado y de los lupanares. Y el canto del gallo se transformó en la voz de los fieles que cantan todos los días loas a nuestro señor. Y así, poco a poco, fui aprovechando la tendencia desmedida a la fantasía de mi joven pupilo.

Con el tiempo Ricardo cambió su inocencia por sus ansias de poder. Siempre estuve de su lado, incluso cuando se alió con Felipe II. Sabía que al casarse con Berenguela de Navarra se proponía conquistar también el Mediterráneo y eso si me asustaba. Como yo era viejo sabio, estaba seguro de que las fantasías todavía habitaban su cabeza. Fue así cómo se embarcó en la Tercera Cruzada. Las noticias que llegaban eran acuciantes y yo temía más por su vida que por la del resto de los cristianos. Sabíamos que Juan tomaría el trono aprovechando su ausencia, por eso y viéndome en peligro, comencé a recoger mis cosas y noté a faltar mi ejemplar de las Crónicas de Otón de Frisinga que hablaban de criaturas maravillosas y del reino del Preste Juan. Si Ricardo las había cogido estaba seguro que querría ir más allá de Oriente, hasta la India en búsqueda del Reino más puro y maravilloso de la tierra poblado de criaturas extraordinarias.

Ya no estaba tranquilo, quise quedarme y esperarlo, pero tuve que huir de todas maneras. Muchas cosas pasaron antes de que nos volviéramos a ver. Como tenía amigos en la antigua corte de Aquitania, la madre de Ricardo me acogió. Juntos esperamos. Supimos de su trato con Saladino, lo cual nos llamó enormemente la atención. Después lo secuestró el margrave de Austria y Leonor en persona fue a pagar el rescate, llevándose a su hijo de vuelta a Inglaterra, donde le aclamaron como el gran monarca.

Desde la partida de Leonor yo me quedé aquí en París. Él había vuelto empeñado en la construcción de la fortaleza Château Gaillard sobre el Sena, y yo no entendía porqué mi joven e inocente pupilo había crecido para ganar tanta malicia. Los aires de grandeza le ensombrecían su gris mirada y creo que llegaba a creerse las hazañas que de él cantaban los juglares. Yo tenía que intervenir porque veía peligrar su alma bajo los vahos de la vanidad, que al fin y al cabo no eran sino el súmmum de sus fantasías.

Un día me presenté en Châlus. Me dijo que estaba muy ocupado, aunque me recibió con honores y dos besos. Sus modales gentiles habían cambiado a grotesco y su figura ya no era elegante sino burda. Al terminar de cenar aquella noche, puse uno de mis polvos en su vino. Tenía la virtud de hacer hablar de corazón a quien lo bebiera, el exceso podría envenenar. Entonces, Ricardo comenzó a contarme de la Cruzada de Oriente.

Pensaba seguir hasta la India y buscar las tierras del Preste Juan, tal como lo había leído en las Crónicas. Había conseguido a un turco que decía poseer un mapa y con él tomó la embarcación en la que le apresaron. Me juraba que había visto en las tierras sarracenas a todas aquellas bestias que conocía de sus lecturas: hipopótamos, elefantes, tigres y hasta había comido ostras atravesado por el hambre. Me contó que había descubierto que él era el más impío de todos los hombres, que él era como el Aptalops. Súbitamente, cayó dormido profundo por efecto del vino o de su rechazo a visitar aquellos recuerdos.

Al día siguiente no recordaba nada de lo que habíamos hablado. Entonces comenzó el asedio al castillo. Ricardo fue herido mortalmente por una flecha. Me llamaron como médico que era y preceptor que había sido, quizá era la única persona de su confianza que le quedaba en ese instante, además de su madre que estaba lejos. Sangraba, estaba pálido, debilitado por la fiebre. Me contó lo del Aptalops: “Maestro, lo vi en un bosque cerca del Éufrates. Tenía cuernos en forma de Sierra y era muy feroz, cuando bebía el agua cogía energía y despertaba su apetito sexual. Las gentes de por allí me contaron que a veces enreda sus cuernos contra los arbustos y es cuando los hombres le dan caza. Me dijeron que su carne cocida en vino da inteligencia y ecuanimidad”. Había en él una inquietud inusual, aunque su voz me recordaba en no sé qué la frescura del niño soñador. Puse bajo su lengua una de mis píldoras y se tranquilizó. Quiso seguir contándome del basilisco y del fénix, pero mi píldora le condujo al sueño, por un rato apenas, pues agitado me mandó a llamar de nuevo. Quiso confesarse conmigo porque sólo yo podría entenderlo. Me dijo que las bestias fantásticas siempre estuvieron allí, y él las había visto, pero lo más importante es que él había sido la peor criatura de todas las creadas por Dios. Que a su paso por Tierra Santa había hecho cosas atroces con el enemigo, que había sido más feroz que el dragón y más voraz que la víbora. Nunca imaginó que haría pasar tantas cabezas por su espada ni que pudiera tener la vergüenza de rociar él mismo agua bendita sobre el sexo de las mujeres sarracenas, antes de ordenar a sus soldados la violación. Sentía que había sido justo con los de su raza al preservarles así del pecado, pero para los otros no era más que un despreciable proxeneta, esto nunca lo supo Saladino.  El sabía que la herida que tenía se la había hecho el Aptalops, porque eran semejantes. El era furioso, por esa furia cometió tantas bajezas, el agua que bebía el Aptalops fue la misma que él vertió en el sexo de las sarracenas, los cuernos representaban las enseñanzas de su maestro que ahora le mantenían atrapado en su mala conciencia simbolizada por los arbustos. Si alguno comía su carne mañana, es decir que, si se creían las historias contadas por los juglares, se volvería inteligente y justo, pues éstos sólo habían inventado lo bueno de él.

Yo le miré y le tomé la mano. Le susurré que no había sido el Aptalops el causante de su herida sino una flecha del enemigo y la voluntad de Dios aquello que le arrancaba de la vida, pero a causa de su alucinación sus ojos vidriosos me miraron y me sonrieron. Me dijo entonces: “No me engañe, Maestro, esa bestia arrasó conmigo. Ni todo mi coraje ni toda mi fuerza pudieron con su furia”.

Su marcha de este mundo terminó con aquella sonrisa y una expiración. Enseguida le aplicamos los Santos Óleos en sus delgados labios y párpados, en su frente, en sus manos. Nunca más pude borrar de mi memoria la imagen del Aptalops. Así murió Ricardo Corazón de León el más grande entre todos los monarcas. Dios se apiade de su alma.





 

 

 

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