"Pasó la infancia, caducaron los tigres y su pasión, pero todavía están en mis sueños. En esa napa sumergida y caótica siguen prevaleciendo y así: Dormido, me distrae un sueño cualquiera y de pronto se que es un sueño. Suelo pensar entonces: Éste es un sueño, una pura diversión de mi voluntad, y ya que tengo un ilimitado poder, voy a causar un tigre." Jorge Luis Borges, Dreamtigers
La tarde caía con toda rapidez como suele pasar en el ecuador. Siempre que veía las acuarelas de Turner me decía a mí misma que aquí no las podría haber pintado; empezaba el ritual solar y en diez minutos ya era noche, pasando, eso sí, por una espectacular bola roja preciosa y achatada con todo su crepúsculo y esplendor. El agua se teñía de verdiazulado a violeta y verde, amarilla, roja. Las aves pasaban volando, pero el atardecer siempre las dejaba en medio del cielo nocturno obligándolas a guarecerse casi en medio de la noche. Es obvio que estaba exagerando, pero describía mi sensación ante los atardeceres.
Hoy era una tarde tranquila, no había Cinemascope ni obligación de ver todo el espectáculo narcisista de Dios y yo estaba emulándolo en la sala de mi casa. Cómoda, muy cómoda con una taza de té. Escuchaba el vuelo de los loros hacia el Ávila y me imaginaba que si estuviera a la altura del cortafuego, entonces si tendría la obligación de ver el atardecer. Me gustaban los colores que había escogido para el salón: verde botella y rojo vino, mientras miraba un par de libros y pensaba a través del humo del té y su aroma magnífico, cojo un cuaderno y me pongo a jugar con el lápiz. No sé cuantos años tiene acompañándome el lápiz como objeto, pero desde que lo descubrí todo cambió. Lo primero que hice con él fue dibujar, luego mi mamá me enseñó a escribir mi nombre y ya después escribí como sigo haciéndolo. Tampoco sé cuántas cosas habré escrito, desde listas de compra, hasta cheques, pasando por cartas de despedida de toda índole. Soy afortunada porque he escrito poemas, cuentos, artículos muy duros y divertimentos de todo tipo: he escrito tequieros y notesoportos. También he tenido una gran suerte porque he dibujado de todo tipo de cosas. Aprendí a pintar desde muy pequeña porque veía cómo lo hacían mis hermanos, supongo que es una facultad heredada de mi padre. En mi casa era una de las cosas que se cultivaba normalmente. De niña recuerdo haber tenido muchos libros para pintar con acuarelas, muchas acuarelas, pinceles y lápices de cera, marca Crayola. Me gustan tanto que el otro día me compré una caja, hoy es una buena tarde para estrenarlos. ¿Dónde estará la niña que los descubrió?
Siempre suceden cosas a mi alrededor, por eso es imprescindible estar atenta. Apenas me descuido y ya mi mamá se va a hacer la compra, ¡con lo que me gusta a mí el Mercadito! Es un lugar inigualablemente mágico.
A la entrada hay una quincalla donde se vende de todo: juguetes, ollas, creyones, juguetes, hilos, tijeras, juguetes... no sé por qué tienen que quitarle espacio a los juguetes para exhibir esas otras cosas sin importancia; tampoco me explico por qué mi mamá insiste en comprarlas. La escoba viene de allí, pero tengo que reconocer que aunque tiene el mismo aspecto y jamás la veo cambiar —mi mamá barre, me aparto, la piso, me pongo en medio, oigo sus gritos, su advertencia, el chaschas, me escapo del escobazo, me quedo tranquila— un día, viene ella y se aparece, así de repente, con otra que aunque igual es distinta. Concluyo con que las escobas cambian y que para cambiar tienen que ser iguales como las que tiene el señor José en el Mercadito.
Llegar la escoba y querer jugar yo con ella es lo mismo, quizá el problema está — y ella no lo entiende— en que las escobas, las cosas de plástico, las ollas y los juguetes proceden del mismo lugar y por ello, quizá comparten secretamente la misma naturaleza. Yo sencillamente quiero jugar con la escoba nueva antes que venga ella y la ensucie. Está limpia, derechita, sin los pelos revueltos ni sucios, con su palo casi blanco y rasposo... tenía olor... olía a paja porque de eso están hechas las escobas y yo lo sé porque lo había preguntado, me inhibí de preguntar que es la paja. Bueno, el asunto está en hacer algo con la escoba limpia antes de ensuciarla.
Me quedo pensando. Miro la escoba, que ahora no es sino un cepillo, ¡cuando tiempo hace que no uso una escoba como aquella! Una escoba con aquel olor, con sus trozos de paja y su peso. Cierro los ojos y quiero traerla con lo creyones de cera. La dibujo, y me siento como Borges en Dream Tigers: ¡puedo causar una escoba! Y aunque la escoba que dibujo está limpia, pues la he dibujado perfecta y derechita, proporcionada, no se parece a la de aquella mañana, a la de mis recuerdos, a la de mi reto. ¿Qué se podía hacer con una escoba aún sin ensuciar?
Con una escoba limpia puedo barrer la cama, por ejemplo, o la mesa o la tele.
— ¡No! — es lo único que escucho cuando apenas acabo de terminar mis pensamientos para dirigir mis pasos hacia el rincón donde mi mamá ha dejado a la recién llegada. La miré con rabia: ¡con lo divertido que habría sido montarme sobre la cama y saltar con la escoba nueva! Ella siempre sabe todo, creo que me lee la mente como los marcianos de Los Invasores. De todos modos, alguien tiene que ser alguna vez el primero en usar alguna cosa. De allí deduzco los tres primeros principios claves que rigen a las cosas nuevas:
Tres principios claves que rigen a las cosas nuevas
1. Una cosa es nueva cuando su homóloga es enviada a la basura.
2. Las cosas nuevas son susceptibles de usos diferentes a los convencionales
3. Las cosas nuevas es bueno usarlas inmediatamente previendo cualquier ab-uso.
No sé si la vida se deja regir por reglas. He estudiado reglas de todas clases y todo tipo de verdades y lo único que se me ocurre en una tarde como esta en la que dibujo escobas y bebo un Earl Grey, es que no hay verdad alguna y que mis deseos infantiles no eran meramente infundados por la inseguridad y las contradicciones del mundo adulto, ¡ahora he tenido tiempo de constatar que el mundo adulto en general necesita de leyes por las mismas antiguas razones de mi infancia!
Me hago la obediente, lo cual sé que desconcierta a mi mamá, pero sea como fuera, siento que no puedo escapar a mis propias conclusiones. Si ella no la usa pronto, yo seré la primera en hacerlo. Haré como si me voy al cuarto a jugar con algún peluche estúpido, ahora ellos ya no cuentan porque estoy pendiente de ella, de la escoba, que sin inclinarse como la otra contra la pared me espera como las de la película Fantasía para llevar cubos de agua con Mickey. Comienzo a tararear la canción en voz muy baja, casi en silencio con mi mente y la boca cerrada. No conviene distraerse. Si escucho el chaschas, lo doy por perdido, pero si no, eso quiere decir varias cosas. Lo primero: que mi mamá no la va a estrenar ahora, porque está preparando la comida, y después subirá al lavandero a poner la lavadora, recogerá la ropa que ayer le hice difícil tender y con la que me puse a jugar en la tarde... Uhhh, eso acorta el tiempo, porque cuando suba y se dé cuenta de ayer me puse a mojar la ropa con la manguera, bajará más rápido, por tanto. O sea, que si sube yo inmediatamente cogeré la escoba.
De esa niña me queda la sensación de agradecimiento con Carrol, porque en estos días cayó en mis manos Alicia en el País de las Maravillas y Alicia a través del Espejo, los estaba usando para algo más difícil que la nostalgia, pero no dudo en pensar que aquella niña, le debe mucho a Alicia Ridle ¿o es que mi recuerdo está contaminado? Dibujando escobas, ahora de colores, grandes, pequeñas, inútiles, viejas, nuevas, cierro los ojos y me pierdo dentro del olor de la bergamota, pero quiero volver al olor de la paja de las escobas de mi infancia, sentir la suave aspereza de la voz de mi madre, y vislumbrar un atardecer que no llegue hasta mí sino que me cobije.

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