Ir al contenido principal

¡Buenos Días!

La rutina era la misma. Levantarse en la mañana, ni antes ni después de lo previsto. Si antes, eso significaría que había dormido menos. Si después, eso traería como consecuencia el estrés, la carrera para coger el tren que jamás fallaba en su hora.

Me encantaría despertarme antes con la sensación de que podré disfrutar de esas primeras horas del día. Siempre me imagino llegar al corazón de Manhattan sin prisas, enfundado en mi traje de oficina, con mis zapatos deportivos y en mi mochila: la comida y los zapatos elegantes. El problema es que jamás logro estar en la estación antes de la hora.

A veces pienso en lo maravilloso que sería hacer las cosas a deshora, como llegar a las siete de la mañana, bajarme en Blecker y buscar por el Village un buen sitio donde comerme un desayuno americano con sus huevos y su tocineta, contraviniendo con ello todas las futilidades de la dieta saludable, por una vez no pasaría nada. Después me iría caminando a la oficina que está en Union Square, serían como unos veinte minutos caminando, más o menos. Entonces en ese trayecto podría mirar los rascacielos para descubrir gárgolas, o detalles art deco en Sus fachadas. Miraría hacia arriba, al cielo, cosa que jamás suelo hacer.

Al llegar vería cómo a esas horas el ascensor no está tan lleno, quizá me encuentre subiendo a la impecable Wendy con sus zapatillas deportivas, pues siempre la veo con tacones que realzan esas magníficas piernas torneadas. Entraría temprano a mi despacho, revisaría la agenda y no tendría que improvisar como lo hago a menudo.

En el silencio de la planta, con la mayoría de los cubículos aún por ocupar, el olor a café lo impregnaría todo para avisarme que Wendy no ha comenzado aún su jornada, porque yo miraría hacia la recepción para cerciorarme de que no está allí sino en la cafetería desayunando con sus ojos claros y sus delicadas manos. Incluso, creo que podría beber esa primera taza de café recién hecho sin sabor a rancio. Seguramente nos encontraríamos en la cafetería y yo comenzaría alguna conversación casual sobre el tiempo o el tráfico, ambas me darían informaciones como desde dónde viene o si es observadora, pero, por encima de todo, podría escuchar su voz en vivo y no la del teléfono que es la que más conozco. Ella no sabe que la sigo con la mirada a todos partes que va, tampoco se ha percatado de que la veo de reojo cuando entro con mis gafas de sol y le digo buenos días, señorita Brandon. Ella no sabe que lo que en verdad le quiero decir no es eso.

Llegar pronto implicaría no tener que correr al despacho de mi jefe preguntando si acaso me necesita para algo, implicaría, al contrario, que él pasara por mi despacho y con un toque suave de nudillos me dijera cuando puedas pásate. Pero, no. Me fastidio la vida desperezándome, apagando primero un despertador y el otro que suena diez minutos después porque yo mismo sé que me duermo después de apagar el primero (he descubierto que este truco no es infalible porque me he quedado dormido después de apagar el segundo). Y así me quedo, abrazando a la almohada en vez de abrazar a Wendy.

Ya es la hora de despertarse y espabilarse. Mi rutina no me procurará nada de lo que me estoy perdiendo.

Y como si de un ritual mágico se tratara, me doy prisa porque había puesto el despertador más temprano. Me visto como cada día. En la parada convenida llego puntual, mi amigo Julián viene de la Calle 5, yo lo espero en la esquina de la Calle 3. Desde Terrazas del Ávila veo el cerro de Petare plagado de ranchos que obnubila mis sueños de Manhattan.

Hoy no beberé café porque hay escasez y ya no lo podemos comprar en la oficina. En la recepción estará Maigualida, si es que ha podido coger el autobús a tiempo. Yo compraré un cachito de jamón y un café con leche si no ha habido un corte de electricidad y el horno de la panadería ha podido funcionar. Mi traje comprado hace unos años, cuando lo podía pagar, me va un poco grande, porque todos, incluyendo a Julián, hemos adelgazado con el racionamiento y la inflación.

Mis sueños de Manhattan que incluyen a esa belleza llamada Wendy, a mis zapatillas sustituidas por mis zapatos Martinelli en la oficina, esa vida que se resume en una lucha contra el despertador, todo eso se ha desvanecido con el saludo de mi amigo Julián.

Cuando entro en la oficina está ella, sonriente como siempre, con esos ojos negros y con un destello que me recuerda al relámpago del Catatumbo, enseñando los dientes más blancos que pueden caber en una sonrisa de mulata, diciendo con su voz suave y cantarina, buenos días, señor Berroterán. Betulio Berroterán ese soy yo.






Comentarios

Entradas populares de este blog

Devuelta de la tristeza

Riéndome como una cualquiera, de cualquiera. Como quien llora la muerte de un amigo en Diciembre. Reírse en medio del tren y que los demás volteen. Riéndome del último chiste de mi mamá y en su entierro. Reírme de las caras patéticas de la gente seria. Riéndome de la risa forzada de las comedias americanas. Reírse de la cara que pones cada mañana cuando me río de tu cara. Reírme de los chistes de Pedro que en vez de contarlos los ‘descuenta’. Riéndose todos del cuento del boquineto y la taza de café. Riéndome de los excesos de la razón y la exigencia. Reírme en Canaima como en Badalona. Reírse del mendigo que no inspira lástima. Reírme con el que me saca el duro con simpatía. Riéndome de una estúpida receta de cocina, de un cocinero afectado que combina los huevos, la mayonesa y la bechamel. Reírse de las teorías cósmicas recitadas por el conejo de Alicia —reírme del doble sentido si Alicia me conociera. Riéndome del chiste veloz. Reírse de las ocurrencias ociosas: del autobús mutante,...

Irreparable

" Recuerdo el tiempo en que pensábamos que habíamos venido al mundo a elegir entre el mal y el bien. Luego supimos que había que abrazar dilemas, elegir entre lo malo y lo malo, elegir entre lo bueno y lo bueno, y todavía era llevadero porque parecía posible elegir lo menos malo, o lo más bueno. Hasta que nos dimos cuenta de que no habíamos contemplado lo irreparable. La vida se empeñaba en colocarnos ante elecciones que comportaban pérdidas irreparables, una y otra vez".    (Belén Gopegui) Me desperté con una sensación de liviandad, parecía que ya había pasado la tormenta. El cielo de anoche era un espectáculo digno de cualquier cuadro de Caspar David Friedrich, parecía que todo se iba a desplomar en un segundo, porque desplomar es una buena palabra que describe la caída aparatosa y a la vez ese color plomizo de las turbulentas nubes que provoca pavor.  Lo siguiente fue un episodio sin precedentes, por lo menos para mí: vientos fuertes que azotaron sin parar puertas...

Zurumbático

De él se decía que no era demasiado inteligente, un pasmado, eso decían. A él le resultaba exactamente igual lo que se dijera en el pueblo porque, al fin y al cabo, no era relevante para su existencia. Es verdad que no era demasiado vivo, su madrina le decía: Ay, mijo, no seas tan achanta'o, tienes que echarle pichón y no echarte las bolas al hombro, en la vida no todo es mango bajito, mira si te pones las pilas hay muchas cosas que están a pata'e mingo. ¡No seas cabeza e'tapara! Pero, él no hacía caso y vivía  de pescar un pescado al día y como no tenía cómo conservarlo, se lo tenía que comer con una arepa, o con un trozo de yuca, o con un tostón, o con un jojoto, con suerte un aguacate, dependiendo de la época y de la suerte, pero como no era un tipo con suerte, jamás había probado un aguacate. Un día arrancó una lechosa verde, creyendo que era uno, y no le gustó. Por aquellas costas plagadas de mosquitos y jejenes en la tarde, de calor insoportable al mediodía, no le qu...