(Para celebrar mis sesenta y seis)
"Llámame cuando quieras cuando te apetezca,
pero no como alguien que se siente obligado a hacerlo,
esto no sería bueno ni para ti ni para mí.
A veces me pongo a imaginar lo maravilloso que sería que me llamaras sólo porque sí,
simplemente como alguien que tenía sed y fue a beber un vaso de agua,
pero ya sé que sería pedir demasiado,
conmigo nunca tendrás que fingir una sed que no sientes".
José Saramago.
Cada año, acostumbrada como siempre a celebrar mi cumpleaños, hago una fiesta virtual. Es una manera de reunir a todos mis amigos y a mi familia en un espacio en el que todos compartimos y brindamos por la vida.
La temática de la fiesta la tomo de algún párrafo que he leído, una cita que me llega convenientemente como quien consigue un motivo ya hecho.
Los años y la distancia me trajeron soledad y añoranza, deseé como nadie volver a escuchar las voces de aquellos con quienes cotidianamente compartí. Con los años y con las distancias, esas voces se tornaron lejanas y muchas veces mudas. Nunca supe cómo volverlas a escuchar porque carecía de grabaciones fidedignas. Intentaba en vano utilizar cualquier medio que me devolviera a las viejas melodías, e incluso intentaba que alguien a quien nunca había escuchado las tarareara para mí.
Con el tiempo, la voz cantarina de mi mamá volvió para ser escuchada, y la de mi papá que la recuerdo como pausada y bajita, dulces ambas. La de Juana, chillona. La de Marina, aterciopelada. Voces que han dicho tequieros y notesoportos.
Viene a mi memoria mi propia voz, entrecortada en algunos casos, fluida en otros. Pero, la que más me gusta es cuando me escucho explicando algo, me gusta mi voz que vive con el otro y le invita a la curiosidad. Creo que esa es la voz a la que he dedicado más tiempo cultivándola porque es un reto a mi paciencia, pues lo que está por decirse siempre es una sorpresa, por más que nos empeñemos en completar las palabras de los demás o creamos que adivinamos intenciones, reacciones o sentimientos.
Recuerdo que cuando daba clases en la universidad, mi instrumento era la voz y debía usarla todo el día. Cuando llegaba a casa, en la noche, necesitaba silencio porque no soportaba seguirme escuchando. El silencio, no era un silencio de palabras, pues seguía pensando, o acaso estudiando para el día siguiente, mi diálogo continuaba con los autores de los textos o con el desafortunado alumno que me aseguraba en su escrito aquello de que "la muerte, en la mayoría de los casos es casi irremediable." Lo que más me molestaba de esta afirmación era el casi. Al día siguiente, ya en la universidad, recuerdo que leí esta frase al resto de mis compañeros y uno de ellos cogió un ataque de risa que le hizo caer al suelo, seguido de una sesuda conversación.
Cada uno de nosotros tiene ese registro de voces. Si se hace un esfuerzo de la memoria nos daremos cuenta de que no siempre sonamos igual. Creo que no somos conscientes de ello.
En esta época de la velocidad, de los textos y los stickers, de los mensajes de voz, nos hemos olvidado de las llamadas, del gesto único que dice: te estoy buscando y espero conseguirte ahí, al otro lado del aparato.
Tengo otro recuerdo de cuando tenía dieciocho años, entonces trabajé como operadora internacional en el 122 de la CANTV: "Internacional, buenos días", esa era mi voz. Recogía los datos, llamaba a España, Italia, Francia, Inglaterra, Estados Unidos y conectaba con las gentes de Venezuela que lo habían solicitado. Yo era el testigo inmediato de la sorpresa y del agradecimiento, no era costumbre preguntar antes si se podía llamar. A veces tocaba Italia, quizá una aldea rural en la que sólo había un teléfono en aquella calle, y yo escuchaba: Aspetta un attimo, a lo que le seguía un grito: Pepino vai a cercare Lucca. Hai una chiamata dal Venezuela! Y seguía una alegría, a veces unas lágrimas. Yo estaba obligada a escuchar por lo menos los primeros treinta segundos de la conversación para saber que la conexión era buena. Creo que ahí entendí lo importante que era la voz, corrían tiempos mejores para la voz humana.
Pensando en este asunto de la importancia de la voz, de que no dejemos para mañana lo que podamos decir hoy, de que un tequiero o notesoporto, siempre es bienvenido por contra de la indiferencia o el silencio, no es de extrañar que me dedicara a estudiar la importancia de la palabra. Gadamer, uno de los autores que he leído, contaba que cuando un niño dice su primera palabra es motivo de celebración. Pero, si le preguntamos a alguien qué dijo, sabemos que sólo dijo gugugaga... ¡Y todos felices! Ya habla, dicen, pero no dijo nada porque eso no es lo importante, lo que importa es, como decía Gadamer, que con esa primera palabra, el niño ya estaba domiciliado en el mundo, ese gesto le garantiza que podrá comunicarse, que con el tiempo aprenderá los tequieros y notesoportos.
Las conversaciones, el saludo, ese ruido humano que circula en los encuentros es lo que hace que tengamos una imagen más o menos clara de nosotros y del otro, sin eso, es muy difícil tener una identidad, incluso encontrarle sentido a nuestra propia voz y a la de los demás, por eso hay gentes que no tienen nada que decir, que son pusilánimes, esos con los que no tenemos nada de qué hablar.
La dinámica de la comunicación mediante audios es muy egocéntrica porque, primero le echo encima al otro lo que yo creo o pienso sin esperar su reacción o retardándola, porque mientras voy mirando el aviso de que graba algo, y se tarda, y se tarda, y se tarda... entretanto voy suponiendo que se arrepiente de lo dicho o que no debí haber enviado aquello, o lo que es aún mejor, que no me importa si le gustó o no. La comunicación se ha vuelto rara, pero nos hemos acostumbrado a ella y llegamos al extremo de que siendo inmediata la entrega del mensaje todavía podemos tardarnos días en contestar.
¿Qué pasa con la llamada? Es diferente, pero puede volverse híbrida y perder todo el sentido. Yo tengo una amiga que me graba un audio avisándome que me va a llamar, yo le escribo y le digo que sí, que estoy disponible, luego desaparece, no llama, no escribe, no graba. El asunto es que una llamada requiere inmediatamente de la interacción. Recuerdo a un amigo que en persona solíamos tener largas y buenas conversaciones, un tipo intelectualmente muy afín, además profesor de filosofía, es decir, que no tenía problemas para expresarse en público y, sin embargo, hablar con él por teléfono era desesperante, hacía largos silencios, tan largos que me hacía preguntarle si seguía ahí. Porque hablar también es prosodia, es ritmo. Por eso decimos que una conversación es entretenida.
Podría continuar esta fiesta con más recuerdos como por ejemplo, mi pasión por hojear las páginas amarillas cuando era niña y ya sabía leer, allí encontraba palabras desconocidas como rodamientos, hidráulico, cisternas, moldes y tornos, bombas eléctricas o de agua, un universo poblado de cosas desconocidas que a veces estaban acompañadas de algún dibujo que no aclaraba nada. Yo repetía esas palabras en voz alta y sorprendía a mi mamá con ellas. Un día cogí "El guardián de la Salud" y me llamó la atención la palabra gonorrea y la repetí, en consecuencia el libro desapareció del estante. Podríamos todos reír con otras anécdotas parecidas, con palabras que se nos resisten, con conversaciones difíciles o amenas o recordando a grandes conversadores como Aquiles Nazoa o Uslar Pietri.
De todos modos, me gustaría dejar claro que nadie debe beber agua si no tiene sed.

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