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El Escritor Inmortal

Esto lo escribo contraviniendo todas las advertencias y deseos del autor. No siempre se pueden respetar los deseos (en general) de un autor, y ello se justifica como el quid de la literatura.

Yo deseo ser leído de una manera — supongamos que enérgicamente, o vitalmente con prejuicios o sin ellos, con maldad o benevolencia. Quisiera ser leído con la hermenéutica justa, con el mejor dominio que un extraño pueda tener de mis vivencias, de mi cultura, de mi tradición; Roman Ingarden llamaba a esto adivinación: ¡esa es la hermenéutica perfecta!

Obsesionado por estos pensamientos, un famoso autor, quiso no sólo proteger su libertad sino que a la vez inmortalizarse, y así ideó una advertencia obligatoria de respetar si no se quería expoliar el sentido de la obra.

Mirándolo con toda la claridad de que soy capaz, puedo entenderlo. Se había cansado de las interpretaciones, de las veladas literarias que examinaban sus obras, de la interpretación de sus metáforas, del sentido oculto entrelíneas. Sospechaba — también él se había hecho a la medida de sus lectores — de la sospecha de sus lectores. Le intimidaba ese escribir letra a letra (ya no en el ordenador). Cuidando de poner el punto sobre las ies ni más allá ni más acá (para no hacer el ridículo ante grafólogos póstumos que quisieran, ya no hurgar en su poiesis sino en su psiquis). Escribía atormentado. Quizá por ello dejó de escribir en una época y todos pensamos — no sin pesar y con alivio —  que una gran figura de la literatura había desaparecido. Ese sentimiento confuso, doble, nos dejó a todos con las plumas liberadas de tanta perfección y con ganas y hasta desparpajo para escribir cualquier cosa. A nosotros no nos importaban ni los grafólogos, ni los exegetas; nos encantaba escribir cualquier cosa con tal de que se hablara de ella.

Las veladas literarias, las metáforas que una vez interpretadas resultaban mejores de lo que nosotros mismos pensamos cuando las escribimos, el sentido oculto en nuestros escritos que ninguno quiso ocultar... Sabíamos de la existencia del inconsciente y acobijados en él quisimos descargarle la responsabilidad como diciendo: escribe tú, yo no he sido. Y volvíamos al tema del yo, del tú, del nosotros... y con ello al problemita no menos grave de la muerte del autor — Foucault mediante — . ¡Esos eran los tiempos que corrían, y él se cansó de ellos!

Confieso que nada de eso lo pensamos, más bien, coincidimos después de sesudas interpretaciones en que el escritor no quiso escribir más, porque igual que Rimbaud, había nacido para escritor sólo un momento de su vida y ya. Que todo lo que tenía que decir ya lo había dicho. Pensamos en ello y en la felicidad que supondría decir un día: ¡ya lo dije todo, ya lo escribí todo!  otro sueño imposible.

Pero, resulta que un día nos sorprendimos al ver su último libro en las librerías. No fue por el quiebre de su silencio, tampoco el ruido sordo que produjo. El libro estaba en los escaparates sin publicidad y sin título: sólo el nombre del autor ¡y ese espacio en blanco que negaba al título!... Cómplices del mismo silencio, nuestras miradas se preguntaron: ¿de qué tratará?, ¿qué sorpresas nos traerá esta vez?, ¿volverá con sus metáforas de siempre, con el rigor de sus tiempos y sus rizos espaciales?, ¿y el personaje, será como el de..? Pensamos eso y más: los estudios, las teorías que circularían entorno a su silencio...

Entramos a la librería y encontramos que no había forma de pedirlo; ensayamos mentalmente varias opciones:

Opción Uno

— Deme el libro de Bogavante, por favor.

— ¿Cuál? — Cierto, ¿cuál? ¿El último? ¿Sería ese el último, no escribiría otro después de este?

Opción Dos

— Deme el último libro de Bogavante

— ¿El sin título? —

— Carece de título, pero no se llama “Sin título”. Quizá sea innombrable y por eso...

Opción Tres

— Démelo, ¿Cuánto es?

Y esa fue la opción más feliz, puesto que era la que mejor respetaba — creemos — las intenciones del autor: si no lo había nombrado era porque no lo quería nombrar  y punto.

No quisiera exagerar pero todas las copias se vendieron con una velocidad inesperada e incontrolable, las ediciones se sucedieron sin cesar. Tampoco quisiera exagerar diciendo que es su último libro y me cuesta mucho hacer lo que voy a hacer, pero aquí voy, total ya estoy pagando por ello... Pero antes, será necesaria una otra referencia.

Después de este boom, quizá el primero del siglo XXI (y así quedará para la historia de la literatura); no se siguieron foros de discusión, ni veladas literarias, ni artículos especializados. Nadie hablaba de ello. Daba la sensación de que todos habíamos leído aquello, de que sabíamos de qué iba, de que no teníamos — ni teníamos que tener —  dudas sobre las imágenes, las metáforas, el bendito entre líneas. Quizá, había querido que todos fuésemos cómplices de algo superior a nosotros mismos: no era el mensaje del libro lo que nos debía atañer, era el silencio abismal, una fuerza tan poderosa como negativa que sentíamos nos iba consumiendo. Si navegábamos por la red intentando buscar alguna cosa referente al libro, no lo encontrarías, si buscábamos el nombre de su autor, Marcos Arturo Bogavante, sólo aparecía la larga e interminable lista de los libros conocidos y la discreta y certera descripción que, como una letanía, cerraba el capítulo sus obras: “(...) y el último libro publicado, el más vendido, el más leído de todos los tiempos”. Ni sus metáforas, ni sus personajes fueron expuestos o interpretados por otros, tampoco por él; ni la cadencia del relato, o su forma narrativa tuvieron quien se ocupara de ellos.

Para dar una idea de lo acontecido, todavía he de contar lo sucedido en la única velada que tuvimos en torno al hecho. En ella ya nadie hablaba del libro, ni de Marcos Arturo, quien se paseaba por allí muy tranquilo campaneando un güisqui feliz y despreocupado como quien descansa de sí mismo. Nadie osó cometer la imprudencia de preguntar... ¿qué iban a preguntar que se pudiera preguntar?

Opción Uno

— Hablemos de su último libro.

— Aún no lo he escrito.

Opción Dos

— Hablemos de su última obra publicada.

— Aún no la he escrito

Opción Tres

— ¿Porqué ese libro no tiene nombre?

— Si tiene uno, el mío, el del Autor.

Y con estas evasivas, más o menos ocurrentes, evadimos el tema aquella velada y las que le siguieron; pero no pudimos evitar que se nos escaparan en público, y sin querer, cosas que habíamos leído: palabras, gestos e incluso éramos capaces de reproducir situaciones. Ante la mínima evidencia, alguno nos recriminaba con un:

— ¡Pero, qué chocante eres, desconsiderada!

Una vez me sucedió que estuve preguntándome hasta la media noche, qué había hecho para que el grupo con el que animosamente conversaba se hubiera disuelto como si yo fuera una mofeta y hubiese dejado caer un oloroso proyectil. Ese día recordé que había hecho pasar como mío un gesto del personaje de Bogavante y entendía que había de estar atenta, que no conviene hacerse la pesada en público; así que pedí unas disculpas que no fueron aceptadas para no tener que recordar la afrenta.

Luego nos vimos en la obligación de comprar el otro libro. Marcos había publicado otro ¿sin título?, ¿quizá una segunda parte? Y si así fue, sólo los entendidos lo podían diferenciar, pero no lo podían decir. A cambio descubrimos a un Marcos que hablaba de cosas distintas a la literatura, que gustaba del café en las mañanas y que odiaba su segundo apellido más que al primero, pues su madre de origen siciliano era Rosado de familia: ¡Marcos Arturo Bogavante Rosado!

Pero, ¿cómo logró Marquitos hacer lo que hizo? Volver a hablar con libertad, salir a la playa, respirar aliviado al pedir bogavantes en Galicia? Sólo puso una advertencia al inicio de su libro, que convenía respetar:

·      Se prohíbe la reproducción parcial o total de este libro de algunas de sus partes, así como su comunicación pública o privada sin permiso o con permiso del autor.

·      Se prohíbe su difusión por cualquier medio que no sea este, o sea, la edición a cargo de Bogavante & Co.

·      Se prohíbe su reproducción en otro medio distinto a este, sea CD, DVD, internet, microfilm, fotocopia, multígrafo, imprenta de offset, linotipo, de Guttenberg con tipos móviles de madera, tablas de arcilla, pergaminos del cualquier tipo, cera, madera, mármol, oro, holografías, columnas conmemorativas, pinturas rupestres, radio, cine, televisión, teatro, teatro de calles, performances y demás cosas que la imaginación distraídamente haya olvidado mencionar.

·      Se prohíbe insinuar alguno de sus contenidos, totales o parciales, copiar metáforas, incluir frases en el habla común, referencias bibliográficas de cualquier tipo, críticas literarias, comparaciones, metáforas o metaformas.

·      Se prohíben las tertulias, veladas, conversaciones en público sobre el contenido, así como preguntar alguna cosa relacionada al autor, o responder en torno a ella y menos aún hacerse vocero de.

·      Se prohíbe recordar el contenido de todo el libro o de algunas de sus partes.

·      Se prohíbe interpretar el contenido de todo el libro o de algunas de sus partes.

·      Se prohíbe mencionar o llamar a esta obra con ningún epíteto, seudónimo, atributo o palabra que no le sea propia.

·      Se prohíbe suponer porqué se prohíbe todo lo anterior.

·      Queda prohibido terminantemente preguntar, reflexionar e incluso criticar el sentido de estas prohibiciones, así como también relacionarlas con otros conceptos ajenos a ellas.

·      Se prohíbe no acatar las prohibiciones anteriores.

Creo que no he contravenido su deseo, pero he sido la única que ha tenido el valor de reproducir públicamente la advertencia, todavía estamos definiendo si ella forma parte o no de la obra, pues no quedó claro en el texto y para eso están los abogados. Quizá lo que me hunda para siempre en una cárcel sea el hecho de estarme preguntando en estos días: ¿cómo se puede interpretar aquello que no se recuerda, si además no podemos compartirlo con otros ni suponer siquiera el no poder hacerlo? Es por eso y no por otra razón que he perdido la libertad, pues he descubierto su sentido.

Ahora me levanto todos los días agradeciendo a Marquitos que me deje escribir este tratado de hermenéutica que me atormenta, he de entregárselo para que lo edite, su única condición para retirar los cargos ha sido que firme una advertencia para Bogavante & Co.

 Esta es la advertencia: "Se prohíbe leer cada línea, sin pensarlo dos veces".

Marcos me la ha devuelto, objeta ambigüedad. Ya me veo introduciendo una demanda en los tribunales, que es obvio ganaré. De todos modos su demanda no pudo cursar porque como no se podía hablar de ello en público...




 

 

 

 

 


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