Está anunciada como una propiedad rural, en su época fue una casa señorial, Villa Rosita, se llama. Me ha costado llegar hasta aquí. Ahora le envío unas indicaciones extras a los interesados. El enclave es bonito, con ese bosque de pino y esos tres cipreses a un lado como un marco natural a esta exuberante arquitectura modernista a la que se accede por unas escaleras de piedra muy bien conservadas. Al fondo hay algo que parece la torre de una capilla, a veces las incorporaban a las casas, a ver qué hicieron aquí. Habrá que invertir para que esto valga algo. La puerta está algo dura, tengo que tomar nota de esto para decírselo al dueño, hay detalles que no venden y uno de esos son las puertas, ¡ni hablar de las ventanas!
Entré de golpe y cerré sin verificar donde estaban los interruptores, con la poca luz que se filtraba por las rendijas y acaso por alguna claraboya intuí que era una estancia oscura y fría. Pensé que eso se solucionaría con la calefacción más unos ventanales amplios y ya está. Eso pensé. Busqué los interruptores, pero no eran fáciles de encontrar y como si fuera una invidente toqueteé las paredes, un tacón se me metió en una ranura del suelo hidráulico, me tuve que arrodillar para sacar el zapato y comprobé, con suerte, que el tacón estaba intacto. ¡Menos mal, sólo me faltaba que con estos tiempos que corren en los que no se vende nada, tuviera que mostrar esto sin zapatos o cojeando! Bueno, sería un modo de dar lástima a los compradores o de ahuyentarlos. Siempre me pasan cosas raras, y eso que mi profesión no es de riesgo, aunque yo comienzo a pensar que sí.
Algo araña débilmente mi frente, me sobresalto, es un alambre que en otra época sujetó algo, no sé por qué cuelga del techo. Observo que todo está cubierto por una espesa capa de polvo, las paredes están forradas con un papel tapiz castigado por el tiempo manchado de humedad y descolorido, despegado en algunas partes.Todavía se ven las marcas de los cuadros que lucieron en algún momento. Media pared es de madera, se puede aprovechar. La carpintería de las ventanas es muy bonita.Trato de cerrar los ojos para imaginarla en todo su esplendor. Poca gente lo sabe, pero el trabajo de vendedora inmobiliaria requiere de mucha fantasía y eso es lo que me sobra.
Las ventanas tienen poyo, imagino a alguien sentado viendo hacia afuera, corro a buscar las vistas, abro los postigos de madera, ¡están tapiados con ladrillos! Ah, seguramente lo hicieron para evitar invasores. Salgo inmediatamente para ver dónde están ubicadas las ventanas tapiadas. Es la fachada que da a un precipicio y que tendría unas vistas espectaculares al Pedraforca. El tapiado debe ser antiguo, pero lo que no me imaginaba era que por fuera estaba totalmente rebozado como si se hubiera hecho cuando la gente todavía vivía allí, pues nadie va a tapiar las ventanas con tanto esmero sólo para ahuyentar a unos posibles invasores. Debo seguir recorriendo la casa sin hacer ningún juicio, sin suponer ninguna historia, sin creer que yo puedo conocer a los antiguos habitantes sólo por tener acceso privilegiado a sus abandonadas miserias.
Sin embargo, ¿qué me puedo inventar que haga que unas ventanas tapiadas no levanten la sospecha de alguna antigua crueldad? ¿Cómo puedo convencer a mis compradores que tiren las tapias sin tener que darles la noticia de lo costoso que sería reconstruir la fachada con andamios bailando en medio de un precipicio? ¿Podré decirles que las hermosas vistas al Pedraforca lo valen todo? Estoy nerviosa y todavía queda casa por ver.
Vuelvo sobre mis pasos cuidando mis tacones, la falda y ahora este aire que se ha levantado para arrasar con las artes de mi peluquería casera. Pues no me queda otra que recogerme el pelo en una cola. ¡Caramba, la puerta se ha cerrado a causa del viento, la empujo con todas mis fuerzas y no cede! Hago un segundo intento, esta vez parece que no hacía falta tanta fuerza por lo que caigo de bruces en el recibidor. Bajo la consola veo un papel doblado y amarillento, lo cojo y lo pongo encima. Ahora voy hecha un asco porque el suelo polvoriento se ha encargado de que mi jersey negro deba ser reemplazado por otro. Suerte que en el coche siempre llevo otra muda, por si acaso. Vuelvo a salir, voy al coche. Busco el bolso, vuelvo a la casa, la puerta está abierta y así la dejaré. Comienza a lloviznar.
Voy a ver el resto de la casa y antes de que vengan me cambio. Con cuidado entro en una estancia grande, ahora me ilumino con el móvil y voy buscando interruptores. Es un gran comedor con la cocina al final, en el centro una lámpara de araña muy sencilla decorada con algunas telarañas, ¡qué ironía! La gente debería limpiar las casas antes de ponerlas a la venta.
Ahora me enfrento a un pasillo en el que se suceden habitaciones. Me prometo a mí misma que no las escudriñaré en profundidad. En la habitación principal, hay una cama de madera labrada, modernista, debe valer un buen dinero como antigüedad. También hay una cómoda con el tope de mármol y un gran espejo. En la pared veo algunas fotos antiguas en blanco y negro. Gentes de pie mirando a la cámara. No sonríen. Recordé haber leído que las personas en las fotos antiguas no sonreían porque la mayoría tenían muy mala dentadura y también porque salían movidos, por eso se ven tan hieráticas. Una familia grande, sólo hay una niña, identifico los marcos de las ventanas, fue tomada aquí. Se ven los sirvientes... ¡Ay, las ventanas están abiertas, veo la montaña al fondo! Si pudiera ver la fecha, saber quiénes son, eso me daría una idea de cuando las tapiaron y por qué. ¡No, no es mi problema!
En la habitación de al lado hay una cuna de hierro, tiene el colchón, hay una muñeca antigua. Enciendo la luz. Hay unas manchas como de óxido cerca de la ventana, puede que entre el agua, o sea que esta ventana no está tapiada. Abro ¡está tapiada!, un escalofrío recorre todo mi cuerpo. Observo el poyo, hay más manchas, ¿ay, Dios y si no es óxido? Abro los cajones, hay ropa manchada, en la cuna también hay manchas. ¡No, no quiero ni imaginarlo! Corro hacia la otra habitación, abro los cajones, hay una foto de una pareja, hay papeles, hay un diario, al cogerlo cae una foto con las mismas manchas es de una niña . A lo lejos oigo el ruido de un motor, ¡deben ser ellos!
Voy hacia el recibidor, allí tengo la muda sobre la cómoda, debo cambiarme a toda velocidad. Mientras estoy medio vestida, una ráfaga fortísima abre la puerta provocando un portazo impresionante que se repite a lo largo de toda la casa, no me da tiempo de abrocharme la camisa, recojo todo y quiero salir corriendo, ¿pero, hacia dónde si llueve a cántaros y por qué? Me giro, respiro profundo, siento una presencia, los veo, grito espantada, me fallan las piernas, no puedo correr, estoy inmovilizada.
‒ ¿Qué le pasa? ¡Cálmese! ¿Es usted la vendedora?
Y tenía que contestar que sí, presa de un ataque de histeria, con la camisa desabrochada, temblando. ¿Qué invento, qué les digo? Tendrá que ser nada porque ni yo misma sé lo que me ha pasado.
‒ La puerta se cerró de pronto, me asusté mucho.
‒ No la culpo, ya nos lo habían avisado. Conocemos la historia del lugar.
Entonces detallo al hombre y a la mujer, era como si los hubiera visto antes.
‒ Usted recupérese aquí, ‒ fue adentro, trajo una banqueta, con su pañuelo le quitó el polvo ‒ nosotros recorremos la casa y luego le haremos preguntas, ¿le parece?, no se preocupe, un susto le sucede a cualquiera.
Me sentí aliviada, de nuevo mi imaginación me había jugado una mala pasada. Unas manchas, unas ventanas tapiadas, ¿qué más da? Estos ven la casa, dicen que saben su historia, ya está, firman la compra y yo me llevo mi comisión. Trato de hacer memoria, no sé por qué creo que los he visto antes. Escucho sus pasos, van encendiendo las luces, entran en las habitaciones, no intentan abrir las ventanas. No sé cómo lo explicaré, algo me inventaré. Suben unas escaleras a las que yo no pude llegar. Me voy recuperando, en breve me uniré a la visita. Me río para mis adentros, ¡tanta historia con esto de la ropa y por poco me encuentran semi desnuda! Oigo sus voces, me arreglo el cabello. Ya ha dejado de llover, veo hacia el jardín y diviso a una pareja que viene hacia mí. Serán ellos que habrán encontrado una puerta trasera. Me saludan, me llaman por mi nombre, se disculpan por la tardanza, dicen que quieren ver la casa.
Entran, los sigo sin saber qué decir, sin ni siquiera informarles que adentro hay otros clientes, ¿otros clientes?
Me despierto sobresaltada. Ha sido un sueño de esos que no quise continuar. Seguramente el final es que la primera pareja que entró es la misma que había visto en las fotos, los que habían tapiado las ventanas a causa de un hecho violento y terrible en el que ambos mataron a su hija, como en una película de terror, ¡vaya!
Ya es tarde, tengo que irme. Me veo en el espejo y voy tal cual estaba en mi sueño, ¡casualidad!
Hago la ruta según indica el navegador, he venido todo el camino cantando, será un buen día. La casa es como la del sueño, pero brilla el sol. Abro las puertas que responden suavemente a las llaves, el suelo es precioso y muy limpio, el estado de conservación es excepcional, no hay fotos. Voy directamente a las ventanas y sigo pensando en lo que diré, ¡no están tapiadas! La vista es hermosa. Recorro las habitaciones, están limpias sin fotos colgadas. Voy a aquella de la cuna, no hay manchas raras ni cuna. Respiro, pienso en mi pesadilla. A lo lejos oigo el ruido de un motor, ¡deben ser ellos!
Los espero en la puerta, bajan de su coche vienen hacia mí, me saludan, me llaman por mi nombre, se disculpan por la tardanza, dicen que quieren ver la casa.
Están encantados, los dejo que la recorran. En eso ella viene muy alegre con un portarretrato en la mano. ¡Mira lo que encontré! ¿Sería la foto de la pareja de mi sueño, la misma que había visto en la cómoda, la que tanto me asustó? No quise verla.
¡Ay, Villa Rosita, no he tenido necesidad de inventar nada para venderte! Satisfecha despedí a los futuros dueños, cerré ventanas, apagué todas las luces. En verdad los sueños a veces pueden ser desconcertantes.
De espaldas al jardín, recorro de una mirada el interior antes de cerrar la puerta, siempre lo hago. Poso mi vista en la consola, veo un papel doblado y amarillento.
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