No sé cuantas veces tendría que volver sobre aquella puerta. Recuerdo aquel ruido peculiar que hacían sus hojas endebles de cuarterones contraenchapados cuando se hinchaban con la humedad de la época de lluvias. Aquella puerta fue barrera y entrada, obstáculo y salida, ida y vuelta. Esa puerta creció conmigo, idealizada, como ha seguido después.
Ayer descubrí lo de la puerta. Mi vida de investigación es muy rica, sobre todo cuando mi mamá se empeña en excluirme de ese mundo rarísimo que ella habita: fuego, humo, cuchillos, y agua donde saltar y mojarse. Me es difícil entrar con licencia en él, por lo que si me pongo muy insistente me espantan como a las gallinas, es por eso que yo recurro a otros ámbitos de curiosización, o sea, susceptibles de ser curioseados. Por eso he descubierto otra regla, importantísima.
Inapreciabilísima Regla De La Curiosidad Inefable
Nunca te acerques a algo ya conocido sin haberte inventado un significado previo, aunque no le corresponda.
Una vez comprobado que eso no es eso, entonces recréalo como otra cosa.
Nunca entres en discusiones sobre el significado último de la cosa curioseada (esto es lo más importante: ¡ignora siempre las objeciones!).
La puerta, por ejemplo, no es una puerta, aunque mi mamá esté empeñada en que sí. Es la puerta del patio y, por tanto, diferente a todas. En mi casa hay muchas: la de la calle, la de la casa, las que dan de las habitaciones al patio, las que comunican a las habitaciones entre sí. Todas ellas son más o menos iguales, con sus picaportes de porcelana y algunas casi imposibles de abrir. Cuando logro atravesarlas descubro cosas o me escondo detrás de ellas para descubrir cosas. Por ejemplo, hoy descubrí que hay una cuyo picaporte se sale, se lo dije a mi hermana y ella lo pegó con un chicle, creo que teníamos miedo de que mi mamá se enterara de que ella, mi hermana, se la pasaba destornillándolos. Justo en este momento que mi hermana ha solucionado el problema, yo estoy aquí girando un picaporte que se desenrosca, y que podría llevármelo y jugar con él, o pintarlo. Pero, ¿llevármelo adónde sin que nadie me vea? Ese es el problema, que mi mamá siempre me ve. Pero yo tengo mis tácticas y creo que hace unos días descubrí una muy buena, casi infalible. Se trata de:
La Gran Táctica Universal del Desapercibido
Siempre que quieras ser ignorado, haz tanto ruido como puedas.
Si ya has logrado llamar la atención, entonces pon cara de circunstancia mirando fijamente al apercibido; esto hará que te ignore por considerar que lo estabas haciendo para “fastidiar nada más”.
Ya eres libre de hacer lo que te venga en gana sin ser tomado en cuenta para nada.
La puerta del patio era especial. La última vez que la vi era una adolescente de 16 años. La miré con un poco de nostalgia e indiferencia, entonces estaba vieja y rota, pintada de gris, capa tras capa. Habíamos intentado quitar el par de matas de caucho que la enmarcaron siempre, con todo fracaso. Mi mamá y yo, haciendo gala de nuestra terquedad proverbial, comenzamos a tirar de ellas y no lográbamos moverlas ni un milímetro. Era extraño, porque las macetas donde estaban tampoco eran excesivamente grandes. Como ya nos íbamos a mudar y la casa la demolerían, decidimos romper una de las macetas a martillazos para descubrir el misterio. Las raíces habían roto el macetero y se habían metido por entre los mosaicos del piso buscando la tierra y al encontrarla se adhirieron a ella como un amante no correspondido, allí se fijaron y fueron creciendo tan frondosas, es por ello que no hubo dios que las sacara de allí... y las dejamos como un símbolo de la terquedad vencida, como un pasado que sólo volvería si la terquedad de la memoria lo llamaba.
Recuerdo esa última foto revelada hoy por el recuerdo. La puerta gris y las dos matas de caucho a su lado, incólumes. Era un portón de madera de cuatro hojas: dos estaban siempre abiertas, y las otras dos sólo se abrían cuando había fiestas. Eran de esas puertas de cuarterones muy trabajadas, la parte baja era de madera contraenchapada en sendos marcos ornamentados. Le seguía una franja más angosta de madera, como una cenefa con vidrios pequeños de colores, cuadrados, algunos ausentes por los años, otros atravesados por la cicatriz cristalina de alguna imprudencia. Luego venía otro cuarterón que era el más llamativo, conformaba la otra mitad de la puerta compuesto por cristales alargados de colores: verdes, rojos, blancos corrugados que dejaban pasar la luz pero no las miradas.
Fue con una mirada a través de los cristales y guiada por el farol de la calle, la que de pequeña me llevó a hacer la comparación entre esa puerta y los caleidoscopios: “esas, cosas, Mamá, que parecen un largavista con cositas adentro que se mueven”, mi mamá también ignoraba el nombre.
Mis recuerdos continúan desgranándose –como las granadas– y miro hacia arriba, ya no como la adolescente que ve la desportillada puerta por última vez con uno de sus cuarterones inferiores desgajado como las mandarinas, enmarcadas por las matas de caucho, una vencida por la terquedad y la otra altanera, sino como la niña que fui y quien alguna vez concibió aquella puerta como un objeto mágico.
Allá arriba tiene como un abanico, como los de Juana, pero gigante. Es de madera, se despliega desde el centro hacia los lados. Sirve para dejar pasar el aire, o un poquito de lluvia, como pulverizada. Cuando llueve me quedo debajo viendo hacia arriba como entra el aire-agua, pero si ella me ve suelta el grito:
– ¡Muchacha, quítate de ahí que te vas a mojar!
Yo eso lo sé, por eso me pongo debajo del Gran Abanico de Madera cuando llueve y por esa misma razón no me muevo, porque quiero mojarme, y por esa misma razón viene ella a moverme.
– ¿No te he dicho que no te pongas ahí? ¿No sabes que te da gripe?
No lo sé. Nunca vi ninguna relación entre la lloviznita, la puerta, el Abanico Gigante y la gripe. La gripe se relaciona con la leche caliente con miel, que mi mamá dice que la cura; pero es extraño que sólo me la dé cuando estoy enferma, porque si fuera realmente buena, me la daría cuando estuviese sana. Abortado el plan de recibir lluvia microscópica.
Después regresaré a ver a través de los cristales que están a mi altura la luz de la farola de la calle que ilumina el patio, ella se acercará y me preguntará qué veo, yo le explicaré que si ella hace lo mismo entenderá lo bonito que es la luz convertida en cuadritos diminutos que pueden cambiar de color si cambias de cuadrito, y mientras yo usaba la franja de los cuarterones pequeños, ella veía a través de los grandes como si estuviéramos usando esas cosas que parecen un largavista con cositas adentro que se mueven. La miro buscando su complicidad, ella me abraza y me lleva a dormir.

Tu casa ubicada de quebrado a pescador, también a mi me encantaba esa puerta 😍, creo que es esa casa de la foto
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