Lo-li-ta. Repetía una y otra vez como una oración que lo mantenía en su propio credo. Lo-li-ta, una oración que rezaba para invocar sus muslos firmes, lisos, suaves, blancos, aterciopelados. Lo-li-ta, era el abracadabra de mi cueva de un solo ladrón...
Ella no lo escuchaba, porque no tenía edad para escuchar, a su edad sólo se ve. Como los niños que quieren las manzanas acarameladas por su brillo y su color, pero que nunca las comen después de dos lamidas porque son duras, viscosas, grandes e incómodas. Su brillo es el brillo de la manzana prohibida del paraíso, el mismo de la ofrecida por la malvada bruja a Blancanieves.
Su pelo es gris a lo Richard Gere, su cuerpo ya no tiene veintes y las huellas del tiempo se marcaron ya: tres hilillos de varices por aquí, un vientre flácido que mantiene a duras penas lo que en su juventud fueron unos bravos abdominales, sus dientes amarillean por el uso del café, el vino o el tabaco. ¡La gente se desgasta y no puedo evitar compararme! ¿Cuántos años le faltan para llegar a la decadencia absoluta? ¡Qué horror! Eso pensaba, y con ironía se reía con sus perfectos dientes blancos, con su risa, sin arrugas ni pasado. Estaba segura de que él aseguraría que esa risa era debida a la felicidad que él le brindaba, eso lo hacía lucir más patético y le provocaba una carcajada que él malinterpretaba otra vez.
Estaba con él porque le gustaba toda la mórbida situación que suponía su sobreactuada pasión que, a su vez, ocultaba su despedida a la pasión verdadera. Le gustaba verlo a sus pies. Verlo chupar uno a uno los dedos de sus perfectos pies de uñas recién cortadas, meticulosamente arregladas. Se los chupaba uno a uno y le pasaba su barba por el puente y la mataba de la risa, pero de la risa risa. Al cabo comenzaba a subir por la longitud de sus piernas con su lengua áspera y cálida, anunciando a voces que le lamería con pasión la encrucijada de ese largo camino, la obscura encrucijada que la delataba caliente, húmeda y autónoma. La expectante encrucijada que no creía en ironías, ni en rezos, ni en invocaciones.
Y, aunque era joven, yo sabía en qué acabaría todo: yo haré que me complazca en todos mis caprichos, me comprará un abono en el Liceo o me comprará ese precioso oboe que me prometió. Sé que perderá la cabeza por mí hasta el punto de no importarle en cuantas situaciones embarazosas lo meta, como el otro día que lo obligué a salir con mi nuevo novio y lo hizo. Estoy segura de que me enseñará todo lo relativo a la vida y la muerte si se lo pido. Aunque para mí él ya está muerto antes que yo porque, treinta años son muchos años.
Ese día la invitó, a comer, como siempre. Prefería la diurnidad* porque sus conocidos todos están en sus despachos, las amigas de su mujer en sus cosas, los amigos de ella en clases, y así pueden deambular por la ciudad Condal a sus anchas eligiendo un hotel de su conveniencia, si es en el Eixample, mejor, porque se camuflan entre los turistas o pueden decir que habían quedado para ver alguna exposición, total él es su profesor en la Facultad.
Y como cada vez, se fueron a la habitación del hotel elegido, eso sí, bonito, lujoso y caro. Hicieron el amor. Su dureza era contundente como nunca, excitadísimo él, aunque ella disfrutaba más con sus gritos que con el mismísimo acto de amar. Ella se sentía como una diosa omnipotente pues, sólo ella era capaz de provocar ese ímpetu en el. Pero, como siempre, ella estaba en otro lugar, quizá en una especie de cenit desde el cual miraba con cierta indiferencia lo que estaba sucediendo. Cierto era que ella también conseguía el éxtasis, pero el de ella era de puro narcisismo. En el momento en que él calló, ella accedió a mirarle y escuchó algo en esa mirada perdida al infinito, estaba sumido en el gozo puro, aunque en ese instante ella se diera cuenta de que todo había terminado. No continuaría con aquella farsa que ya comenzaba a disgustarle.
Fue así como aproveché ese momento de paz después del orgasmo para irme a duchar, como siempre. Vestirme y dejarlo allí dormido, le dije adiós, le di un beso en la frente. No lo volvería a ver nunca más, para mí, todo había terminado. Salí cantando una canción que habíamos inventado juntos, una tarde en la que paseábamos por el puerto, para reírnos de nuestra supuesta relación: Lolita no necesita un Pigmalión, Lolita necesita un buen pollón...
Esa noche, en la mesa, mi padre nos asombraba con una noticia: a uno de sus mejores amigos lo habían encontrado muerto en la habitación de un hotel, y añadió que seguramente estaría hasta el límite del viagra, que era lo que siempre decía que le funcionaba con todas las lolitas con las que follaba.
Un escalofrío, más frío que el hielo de las cubiteras con el que jugábamos, me recorrió por dentro. A modo de réquiem, Mozart o Haydn sólo él sabría diferenciarlo, tarareé una nueva cantinela: Lolita se libró de un pureta, Lolita prefiere a los atletas...
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| Roy LICHTENSTEIN (1923-1997) Maybe |

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