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Sin final

Nueve de la noche. Ya es tarde. Desde la oficina veo otras ventanas. Algunas luces están encendidas, debe ser alguno que, como yo, aprovecha las horas tranquilas para hacer. No escribo ningún informe urgente, tampoco nadie me espera fuera de aquí, sencillamente quiero quedarme aquí escribiendo. 

Escribo una novela sobre un tipo que escribe una novela. Él se ve a sí mismo como autor y como protagonista, un juego de identidades superpuestas. Le da miedo el tema porque se piensa que seguramente esto acabe como una suplantación de sí mismo, una especie de profecía autocumplida. También cree otra cosa que, si se ciñe a escribir sobre sí mismo y lo que le ocurre, probablemente termine con un relato autobiográfico muy aburrido. 

Él es un hombre plano, de sentimientos y emociones grises, alto y delgado, crepuscular desde siempre. Su vida carece de matices porque es así, opaca y sosa, su ropa huele a armario limpio, desinfectada con cuidado, a detergente sin perfume, a antipolillas, como su perfume corporal cuidadamente neutro.

Al acabar su trabajo en la oficina de correos ー que es lo que hace para ganarse la vida verificando entregas, repasando listados, detectando incongruencias que derivan en paquetes perdidos o retrasadosー permanece ahí hasta que viene el personal de limpieza, entonces se va.

Piensa que si se va a su casa, coge el metro, abre la puerta, saluda a su gato, le da de comer, se prepara la cena después de cambiarse, se sienta en el sofá a ver la tele o a leer, piensa que si hace todo eso no podrá escribir. Esta es la razón por la que está escribiendo a estas horas, sólo, en una oficina desierta que ofrece a través de sus ventanas la visión de otras oficinas desiertas.

Así que aprovecha el tirón de no levantarse de su silla cuando todos se levantan, de no coger el metro cuando todos lo cogen, de no llegar a casa cuando todos llegan, de no acariciar al gato cuando todos lo acarician. Prefiere quedarse ahí, en sus cosas, escribiendo. 

Hoy, sin embargo, le falta un poco de concentración por habérsele ocurrido esa idea absurda de escribir una novela sobre un tipo que está escribiendo, sobre un tipo que escribe una novela.

Mira el trozo de cielo que le toca debido a la dimensión de su ventana, que no es ni mucho ni poco, es justito, podría ser más. Mira el techo y se da cuenta de que no es del todo blanco, quizá lo era hace tres años cuando lo pintaron. Mira el folio en blanco, pero aún, no decide con cuál de sus estilográficas escribir: si azul, negro o marrón. Es que le gusta escribir en papel para luego pasarlo al ordenador, eso le asegura una doble mirada. Se distrae pensando en este doble juego  que le fascina: primero el ras ras de la pluma en contacto con el papel, luego el clac clac sordo de las teclas del ordenador. Respira profundo porque sabe que no abandonará la idea de escribir sobre el tipo que escribe sobre un tipo que está escribiendo. ¿Y cómo será el personaje del tipo que escribe sobre uno que escribe sobre un tipo que está escribiendo? Imagina que será el personaje principal, en ese caso tiene que dotarlo de unas características tanto físicas como sicológicas y después debe ocuparse de aquel del que éste está escribiendo, ah, y también del otro, del que se escribe.

De momento él sabe que es un personaje anodino, gris y aburrido, que escribe sobre otro personaje que bien puede ser un escritor famoso, con una vida fabulosa, excitante y exitosa, que acaba de romper su estable matrimonio de más de treinta años para irse con una jovencita alumna suya de la facultad. Lo que no sabe es que el único interés de ella no es él, sino su última novela, cuyo manuscrito piensa robar una vez se haya ganado su confianza con la inevitable repetición del acto carnal, para ella descarnado, para él maravilloso. Él tampoco sabe que esa es la venganza de una concursante del Premio Planeta que no fue seleccionada cuando él estuvo de jurado.

Mientras todo esto está sucediendo, él escribe esa novela que será robada, que va sobre un joven escritor que decide comenzar su carrera precariamente, dedicándole unas cuantas horas al día hurtadas a su merecido final de la jornada. La novela debería acabar cuando el escritor deja de escribir porque se le agotan las ideas y no encuentra otra cosa mejor que narrar la historia de un escritor gris y sin futuro que escribe una historia sobre un escritor exitoso que intenta retratar a un escritor sin inspiración y sin importancia y cuyo triste final aún está por decidirse.




 
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