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La visita

Tuve que esperar mucho, pero yo sabía que estarías ahí, que no te moverías, con tu vestido negro y tu pelo recogido, mirando con esa mirada de burla, ironía o resignación. Nunca me has contado tu vida, aunque llevamos muchos años de amistad. Sé que estás casada, hablas muy poco de tu marido, te gusta compartir cómo te sientes y lo que piensas, tienes la virtud de la compostura, eso nos hace amigas porque eres totalmente lo contrario a mí.

Para encontrarte tuve que sortear una cantidad de gente increíble. Subir y bajar escaleras, porque ahí donde vives no es lo que yo llamaría un buen barrio. Sólo al entrar me encontré con una criatura alada que estaba lista para despegar el vuelo; ¡vaya susto! Me pasó por encima de la cabeza con esa túnica larga y las alas desplegadas, jamás había visto una cosa así. No quise preguntar por tí, y me arrepiento porque me tocó pasar por un entresijo de pasadizos, concurridos por extraños en los que no me confío ni un pelo. Gente desagradable obligada a caminar sin levantar la mirada porque la pantalla los absorbe, capaces de atropellarte, totalmente desalmados. 

Y de repente desvío mi atención hacia una parejita que se lo estaba pasando muy bien, ella lo besaba con pasión mientras él sostenía dulcemente su cabeza, parecían ángeles caídos del cielo, porque los que permanecen allá arriba no son capaces de sentir el amor carnal. Lo que más me chocó no fue el hecho de que estuvieran besándose en público porque pienso que es una manifestación del amor y que éste no tiene hora ni lugar, lo que me molestó es que les estuvieran haciendo fotos. Eso me hizo sospechar que, a lo mejor, la parejita se sentía muy a gusto siendo observada, vaya, siendo pasto de los voyeurs. Decidí seguir mi camino porque tú me estabas esperando.

Cada vez que pienso en tu barrio me dan ganas de sacarte de allí, de convencerte para que te vayas, pero tú siempre me dices lo mismo, que ya estás acostumbrada y que en verdad no es tan malo. Admiro tu valor. Más adelante me topé con dos tipos forzudos, medio deformes, que estaban exhibiendo musculitos, en plena calle, contorneándose como aquellos que saben que el gimnasio y la naturaleza han hecho un buen trabajo con ellos, ¡por Dios! Medio cuerpo desnudo, abdominales perfectos, brazos trabajados, muslos firmes. No sé por qué lo hacen, pero me parece que el narcisismo se ha apoderado de todos.

Tuve que esquivar una revuelta, venían todos gritando libertad, como siempre que se reclama un derecho sea el que sea: no a la guerra, no a los impuestos, no a los taxis privados, no a los recortes en agricultura, no al no. Suenan las sirenas, los autobuses no llegan a sus paradas, una señora con muletas no puede coger el metro y se queda sentada ahí esperando resignadamente a que acabe la protesta. Sólo me faltaba esto, pensé, pero subestimé a tu barrio pues, lo siguiente me dejó sin aliento: ver a todos esos náufragos desesperados aferrarse a una balsa, mientras eran embestidos por las olas. Me dio escalofrío pensar cuál sería su destino, aunque en verdad, si decidía seguir pensando en el destino de los personajes que iba viendo, me volvería loca al no saber explicarme por qué seguías viviendo ahí.

Un día alguien me contó que tenías una hermana gemela que vivía en Madrid una vida más tranquila que la tuya y en un lugar mucho más agradable. De hecho me dicen que es más alegre y divertida. Nada que ver con tu carácter, porque lo que me gusta es que tú tienes ese aplomo que te han dado los años y las experiencias vividas en tus viajes de un lado al otro. 

Ya me queda poco para llegar y, de nuevo, otro acontecimiento me sorprende, alguien me cuenta que una mujer ha apuñalado a un hombre mientras se daba un baño en su bañera, la atraparon, dicen. Sólo imaginarme la escena me da escalofrío. Te juro que yo ya me habría mudado.

Finalmente, dejé atrás esa parte del recorrido para adentrarme en sitios más familiares y agradables, ahí estaban muy alegres, quizá pasados de alcohol, se oían las risas de las chicas ruborizadas por los cumplidos de los pretendientes. Escuché por otras callejuelas que habían unas bodas en las que no faltaban el vino ni los panes. Quizá aquí te doy la razón: en tu barrio nadie se aburre, a diferencia del de tu hermana que es más regio y ordenado.

Siempre te digo que donde vives se debería llamar la little Italy, está lleno de italianos, algunos recatados, más no el resto. Suelen ser escandalosos y expresivos, la mayoría. Tienen un gusto exquisito para las ropas, son esclavos de la moda. Es que de una calle a otra se sienten los cambios. No sé si lo aguantaría. 

Lo último que me pasó antes de llegar fue encontrarme en una esquina, así al girar, a una mujer a la que le faltaban los brazos y, sin embargo, su rostro respiraba  una especie de paz, quizá conformidad, no lo sé. Lo que sí sé es que era imposible sentir lástima por ella, su actitud no te dejaba. 

Siempre que nos vemos me dices lo mismo, qué por qué doy tantas vueltas para llegar a tu casa, que en el barrio todo el mundo te conoce, que si preguntara me indicarían la vía más directa, y así dejaría de agobiarte con mis críticas y mis historias de lo que acontece en tu barrio. Pero, esa es nuestra conversación: yo digo lo que me he cruzado camino a tu casa y tú me contestas que no te importa, que no te mudaras a pesar del gentío y de lo que ocurre a tu alrededor.

Y después de vernos, de conversar como las amigas que somos, de admirar ese traje que llevas cada vez que voy porque sabes que me encanta (yo creo que lo haces para que te envidie), me dices que el jardín de tu casa sigue igual de precioso, es verdad, aunque no consiga identificar a ninguna de tus plantas. Desde una de tus ventanas vemos un camino y al fondo esas montañas, y al final creo que tienes razón porque desde tu casa tienes unas vistas preciosas.

Me encanta visitarte, pese a los inconvenientes que pueda encontrar, porque tú, Lisa Gherardina has sabido imponerte a las modas, ahora tienes que soportar los miles de selfies que turistas de todo tipo se hacen con tu cara, y tu risita se sigue burlando de todos, como el primer día en que el maestro acabó esa ligera sombra, esa pliegue discreto que fascina a todos.




Referencias

La Victoria de Samotracia 

Eros y Psyque, Antonio Canovas

Esclavo Rebelde y Esclavo Moribundo, Miguel Ángel Buonarrotti

La libertad guiando al pueblo, Delacroix

La Balsa de la Medusa, Théodore Géricault

Baile en el Molino de la Galette, Pierre August Renoir

Las bodas de Caná, Paolo Veronese

La Gioconda, Leonardo da Vinci







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