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Luis. (Bienvenidos al Paraíso)

En El Paraíso todo era posible y sus habitantes lo sabían, quizá por ello guardaban secretos que el resto de la ciudad ignoraba. Había que vivir allí para adentrarse por sus calles arboladas en las que estaban las casas ajardinadas con una vegetación variopinta fundida entre matas de caucho, sauces o arbustos coloridos seducidos por lirios blancos, matas de novio o cafetales de jardín; no obstante, todo aquello parecía mínimo delante de la amplitud de las calles. A la vista eran como pequeños ramilletes en la solapa de un gran traje de hormigón y asfalto, ladrillos y colores atrevidos de fachadas sesenteras.

Había una avenida amplia pero desangelada, no tan divertida como la Páez, con sus hermosos apamates rosas, blancos y lilas. Por eso sólo los lugareños se adentraban por ella, pues sabían que al ser una diagonal era el camino directo hacia Las Fuentes, La iglesia de La Coromoto o Crema Paraíso. El inconveniente era que en esa vía nunca te sorprendería ninguna cara conocida.

En mi caso, como yo era extranjera, es decir, como no vivía por ahí las únicas caras conocidas serían las del liceo en el que yo estudiaba y los otros vecinos, eso significaba para mí la libertad porque en mi casa esa oportunidad de encontrarme con alguien se limitaba a las putas del bar de la esquina, y no eran mis amigas, aunque siempre nos abrían paso y amenazaban a cualquier cliente con defendernos si se pasaban de la raya. Los clientes eran borrachines de medio pelo, nada peligrosos porque no eran capaces de tenerse en pie, pero podían hacernos pasar un rato desagradable. Toda mi infancia estuve custodiada por la tetaevaca y su compinche. En el Paraíso yo era una más, pero no lo vivía como una excepción, yo venía de algún lugar que la mayoría desconocía y del que evitaba hablar para no dar demasiadas explicaciones. 

Aquella tarde nos desviamos por el terraplén del Liceo Caracas para no acceder a la Avenida Páez directamente desde el Callejón Machado. Para sorpresa nuestra habían instalado, en el terraplén, una pista de carros chocones y un par de atracciones más. Era mágico, era romper la rutina. También ya era oficial que Raquel Corrales seguía con él y que él iba detrás como un perrito faldero. Los veo perderse por ahí para compartir un algodón de azúcar, no diré que no la envidiaba, pero como yo no era ella, me conformaba haciendo con Emma lo que mejor sabíamos: ver a los chicos, a ver si había suerte y podíamos conseguir un novio, un primer beso, un primer gran amor.

Nos compramos un algodón de azúcar,  tampoco íbamos holgadas de dinero, en esa época nos daban lo justo para la merienda que vendían en la cantina del liceo: a mí sólo para la tarde, en cambio, Emma si gastaba en la mañana y en la tarde. Riéndonos de tonterías, las nuestras que siempre eran burlarse de los demás, de pronto vi unos ojos verdes que me miraban insistentemente. Su cara era pecosa, su pelo castaño, era alto, delgado, llevaba el uniforme del Caracas, su amigo era un tipo más bajito y sin uniforme. Desde el otro lado de la pista de los chocones a través de señas nos insinuó que le diéramos algodón de azúcar, nosotras le indicamos que viniera. El breve viaje de su lado de la pista al nuestro dio para que Emma y yo elucubráramos cualquier cantidad de cosas, y lo más importante, cuál de las dos se llevaría el premio. Su voz era muy suave y a mí me gustó, la cosa era conmigo. Cada tarde, al salir del liceo, nos encontrábamos, ambos nos esperaban y solíamos seguir el paseo juntos. Un día se ofreció a llevar mis libros y yo me sentí feliz porque tenía un novio en ciernes.

Luis era un buen tipo. Una tarde nos cogimos de la mano, Emma iba hablando con su amigo, cuya complicidad con nosotros era tal que, aunque no se gustaban, estaban unidos por esa falta de feeling, como decíamos en esa época.

Entre conversaciones serias y sencillas, mirando el parque de atracciones pequeño e improvisado en aquel terraplén, Luis me preguntó cómo hacíamos para seguirnos viendo, pues pronta cambiaría de liceo. Yo lo invité a venir a mi casa, a mi destartalada casa de San Juan. Y como yo no sabía lo que era tener novio, se lo conté a mi mamá y ella me dijo, categóricamente, que debía venir a visitarme y que en la calle nada de nada.

Las visitas eran en la sala, los besos sucedían en las largas o cortas ausencias de mi omnipresente madre. Él tenía diecisiete años y pronto entraría en la Cristóbal Rojas porque quería estudiar diseño gráfico. Para mi mamá eso era un handicap, pues para ella ir a la Universidad era prioritario, pese a eso le encantaba Luis, que era muy formal y respetuoso. Recuerdo haberle pedido a mi mamá, casi rogado, que me diera permiso para ir al cine con él, el cine Metropolitano, a unas escasas tres calles de casa, pero ella tuvo por respuesta aquel no que no cambiaría por nada y yo le obedecí. Por tanto, Luis, siempre paciente, continuaba con las visitas en casa porque ya no hacía la ruta de la Avenida Páez. 

Mientras Luis iba conociendo a otra gente diferente de su noviecita de San Juan, yo me daba cuenta de que a lo mejor era yo quien necesitaba a alguien como yo: torpe, escurridizo y sin las ideas tan claras como él, alguien que pudiera hacer la ruta de la tarde conmigo. Así acabó nuestra historia con la coincidencia de que el novio de Raquel Corrales, vino a cortejarme una vez que ella lo había mandado al carajo. Y como nunca habíamos dejado de ser amigos y, además, reunía las características de torpeza y complicidad necesarias, yo tuve un nuevo noviecito a medida, pero quería mantenerlo en secreto por respeto a la recientemente finiquitada relación con Luis y a la obcecada actitud de mi mamá por protegernos de todo mal (amén).

Ah, y como en El Paraíso sólo sus habitantes pueden tener secretos, lo que suelen hacer es hablarlos entre ellos, por eso un día, ahí en La paz donde vivía Luis, haciendo lo que hacían todos los muchachos de su edad, que era salir a la calle y encontrar a un grupito de amigos para ponerse a charlar un rato, se vio sorprendido por el tema de una conversación sobre el amor y el desamor. Fue así como se enteró de que un enamoradizo adolescente hablaba entusiastamente de su noviecita,  mientras él ataba cabos para darse cuenta de que ambas eran la misma persona.


Avenida Páez, El Paraíso



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