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Presente decadente

 ¿Y cómo podía yo vivir de otra manera si siempre había vivido así? ¡Ya me podían comparar y  ponerme ejemplos de lealtad y obediencia, a mí eso me da totalmente igual, yo seguiré siendo como hasta ahora!

Toda mi familia es así, nos gusta la noche con locura, de hecho, nuestras actividades siempre se hacen con nocturnidad y alevosía, le guste a quien le guste. Nos encanta sorprender in fraganti  al que se nos ponga por delante. Explicaré con detalle cómo vivimos esas noches largas y normales para nosotros.

A eso de las nueve de la noche, salimos. En la calle vamos de un lado a otro buscando al resto, es una reunión casi ritual, los hay de todas las edades, si bien preferimos mantener a los más pequeños un poco alejados del jolgorio, a veces se nos unen. Vamos paseando, conociéndonos, algunos dicen que es una manera de marcar el territorio, quizá esa sea la razón por la que lo hacemos. 

Cuando la noche ya es totalmente oscura y silenciosa, nos ponemos a cantar, a gritar, nos encanta hacerlo, aunque muchos piensen que es impropio. De un lado a otro del vecindario lanzamos nuestras coplas al aire y estas son contestadas por los otros. Los vecinos se molestan, pero eso nos importa muy poco, somos totalmente desconsiderados. Recuerdo que una vez uno contó que en El Palio en Siena hacen lo mismo: los contradaioli  van entonando el famoso Canto della Verbena o el Squilli la fe', la plaza está a reventar y el canto va rotando de balconada en balconada a modo de respuesta. ¡Esa gente sabe de lo que hablo! Así pues, no somos del agrado de los vecinos quienes nos  insultan, amenazan y juran dispararnos o lanzarnos objetos si continuamos con la juerga. ¿Y saben lo que nosotros hacemos? ¡Nos da igual! Seguimos con la fiesta hasta bien entrada la madrugada. Total, somos más que ellos y la verdad, nos tiene sin cuidado no ser populares ni queridos. En la madrugada la cosa sube de tono, hasta ahora incluso los más pequeños nos acompañaban en los cánticos, ahora les toca recogerse a los que aún quedan. Las madres  se encargan de ellos, las más responsables los han dejado durmiendo solos en casa.

La subida de tono a la que me refiero, es justamente esa en la que estás pensando: nos ponemos a follar entre todos. Sí, hacemos una orgía, ahí mismo en la calle, sin que nos venga ni un poco de arrepentimiento, ni una mínima compostura, ni tan siquiera un atisbo de decoro. Somos tan desvergonzados, que no tenemos pareja fija para así poder intercambiarnos. Mientras vamos pasando de uno a otro, vamos disfrutando y gritando de placer o de dolor. Lo malo es cuando la cosa se pone violenta, entonces unos se pelean por una pareja para demostrar que son los más chulos del barrio. Así se producen las corredizas, las confusiones y las contusiones. Con esa noche tan larga todos vuelven magullados y extenuados.

Al día siguiente nos encontrarás durmiendo donde nos dé la gana porque lo de la noche anterior bien lo amerita. Entonces nos levantaremos cuando nos toque comer y seguiremos durmiendo, recuperando fuerzas. En verdad, no hacemos nada, nos tienen por parásitos y es cierto, sólo que de tanto en tanto como agradecimiento a quien se ofrece a cuidarnos, (porque no todos los vecinos son enemigos nuestros, ya que hay quien nos entiende) hacemos algún movimiento que denote nuestra satisfacción. Nos desperezamos cuando consideramos que estamos descansados y entonces, nos vamos preparando para volver a la carga, mientras buscamos donde hacer nuestras necesidades. Un pequeño apunte a tener en cuenta es que si tenemos alguna vendetta pendiente, entonces procuramos cagarnos o mearnos en la casa del elegido. 

Así hemos vivido siempre. No obstante, nuestro linaje no está formado sólo por pendencieros habituales como nosotros. Tenemos una prima lejana llamada Félicette, que ha ido más lejos que ninguno de nosotros y sobrevivió al viaje. También entre nosotros recordamos a Micetto que tuvo la suerte de heredar el castillo de Chateubriand y al loco de Tombili, un primo turco al que le gustaba ir de bares. Pero, no todos son aventureros, también en la familia los ha habido intelectuales como Beppo o Adorno, y Catarina, Dillinger o Williamina, y un largo etcétera. Nos encanta recontar sus aventuras en esas noches de canciones y gritos. La anécdota más increíble y que nos llena de orgullo es la de Ta-Miu.

En verdad no entiendo por qué somos tan repudiados y queridos a la vez, quizá porque en estos tiempos modernos ya no se nos conozca por nuestro carácter o valor sino por las tonterías que Maru, Lil Bub, Coronel Meow, Jumbo, Nora, Espartaco o Sergi hacen en las redes sociales. ¡Cómo los odiamos! Sí, ahora hablo como uno de los viejos, este presente sólo ha traído decadencia, indecencia y mucha falta de decoro.

Es que ser gato ya no es lo que era.







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