En aquella isla desierta no había sino el rugido de las olas del mar y todos mis recuerdos de historias sobre islas desiertas. Suponía que me tocaría a mí escribir mi propia rutina del ‘aislado’. Bueno, no soy un aislado porque si así fuera no tendría isla alguna, lo cual me dejaría a la deriva en un océano terriblemente azul y líquido.
Trataré de poner en claro mis ideas cuando este porrazo en la frente deje de sangrar, Recuerdo que mi madre decía que la sal cura, y aunque fuera mentira, lo que mi lógica terriblemente terrestre me decía era que no intentara curarla con tierra, que eso no funcionaba. Me lavo, me cago en todo lo que se mueve, porque pica, escuece, molesta y preocupa, en ese orden. Creo que lo mejor es que lo deje al aire y no intente, como en las películas, hacer de mis ropas una venda improvisada. Pues, como era de prever, mis ropas no sirven para eso. Porque llevo unos jeans y no son fáciles de romper, al igual que mi camiseta de algodón con elastina y mi forro polar de fibras sintéticas, ni que decir de mi chaqueta. Hago un inventario de mis pertenencias: llevo mi cartera y allí tengo las llaves que, en caso de necesidad, me servirían para rasgar algo, pero como ya dije, los tejidos sintéticos no sirven para vendajes. Si acaso intentara rasgar el jean, entonces seguramente la tela rasgará hacia arriba y me quedaría sin pantalón, lo cual no sé si es muy inteligente porque no sé lo que me espera.
Me siento a contemplar el mar, bajo una palmera. Me doy cuenta de que mi ropa está seca. Como no caí con ningún avión ni vengo de un naufragio, no puedo disponer de lo que disponían los protagonistas de la Isla Misteriosa, o de Robinson Crusoe. Creo que estoy muy jodido, estoy solo, no sé si alguien más vino conmigo y si fue así, a saber si está cerca o no.
Instintivamente, abrió su cartera, porque acostumbra a llevar allí su documentación, un bolígrafo que le regaló su esposa que decía que era el que usaban los astronautas en la nasa, es decir, que podrá escribir sobre cualquier superficie (¿qué y dónde?) y un llavero de esos que tienen incorporada una brújula y un nivel. Llevaba un par de sobres de azúcar y lo que tiene la gente normal: tarjetas de crédito, tickets del supermercado. Y como no era creyente, tampoco tenía ni una estampita de algún santo para pedirle un milagro. Tenía teléfono y tenía cobertura, tenía batería porque eso lo controlaba siempre.
Hizo una llamada de emergencia, logró explicarlo todo, y pidió por favor que lo localizaran. Llamó a su esposa y le contó lo sucedido, ella se alivió de que estuviera vivo. Pidió que lo geo localizaran. También dijo que pondría su teléfono en ahorro de batería. Y que se quedaría ahí donde estaba.
Cuando la herida dejó de sangrar se sintió con ánimos para caminar, pero ¿para encontrar qué? Entonces entendió que debía ahorrar fuerzas, como su teléfono, batería. Debía observar muy bien el terreno, cosa que hacía cotidianamente, pues era topógrafo. Trataba de entender el paisaje para saber en qué tipo de isla estaba. Una cosa era segura, sea lo que fuera, no podía estar cerca de su punto de partida porque cree que había pasado bastante tiempo desde que perdió el sentido y la ubicación.
Mira a su alrededor. La vegetación es mediterránea y observa a lo lejos que hay cactus, si tiene suerte podrá comer las tunas, si hay frutos, también sabe que la carne del interior se puede triturar y hacer un zumo. Faltaría un río que desembocara al mar, y si así fuera tendría agua. Tiene que estar pendiente de no perder la cobertura, tiene que tener cuidado porque no sabe si hay bestias o algo por el estilo. Afina su oído y no oye nada, pero sí oye agua. Es un tipo con suerte. Entonces recuerda que todo río lleva a la gente, si es que hay. Bebe el agua cristalina. Tenía sed.
Tengo sed, claro, son muchas horas, o días, no lo sé. Creo que sí porque mi esposa me dijo que me estaban buscando. Bueno… Uy, escucho pasos, yo que estoy sentado aquí en la orilla, con mi navaja suiza que me regaló mi cuñado un día y que llevo para abrir cosas, sobre todo las cajas de las leches en el supermercado. No pienso moverme porque me ocupa más la curiosidad de pelar estas tunas y comerlas. Están buenas. Pienso que si son nativos salvajes o narcotraficantes o duendes, me es igual, primero lo primero. Me giro y veo un tipo moreno con rasgos indios que se dirige a mí amablemente y me pregunta que si sé dónde estoy. Le digo que no. También me pregunta que si no sé quién es él. Le digo que su cara no me suena de nada.
ー Usted sabe que yo soy el Capitán Nemo, ¿no? Y que está en mi isla.
ー Pues, no lo sabía, y tampoco sé donde queda su isla.
ー Pues aquí. Lo que pasa es que he podido ocultarla de todos los geo localizadores estos modernos y estando donde está pasa desapercibida.
ー Ah… pues entonces tengo un problema porque he llamado por teléfono y van a hacer lo posible por localizarme y parece, por lo que usted dice que eso es imposible.
ー Así es.
Entonces se sentó a su lado, se le quedó viendo y le preguntó si no tenía miedo. Él le dijo que no, y que no lo tomara por mal educado si no le ofrecía tunas, pero es que tenía hambre. El capitán con ese porte elegante y un poco amenazador se puso de pie y lo invitó a seguirlo, pero él le dijo que no, que había leído a Julio Verne y que no tenía ganas de sorprenderse de su morada, además ya se sabía su historia. Que en general no le gustaban los personajes reivindicadores y que si no le importaba le gustaría más quedarse ahí solo.
ー Pero… ¿Usted sabe que no lo van a encontrar, verdad?
ー Sí, pero, también sé que usted me llevará a mi lugar de origen, después de dejarme aquí, es lo que siempre hace por compasión. Sólo que esta vez iremos directo a ese punto y yo no me asombraré de haberlo encontrado y usted no tendrá que mostrarme sus maravillosos ingenios. Lo que quiero decirle es que podemos ir directo al grano y obviar los trámites.
Entonces accedió a mi manera de enfocar la situación. Me preguntó adónde tenía que llevarme. Yo le dije que a La Plana de Vic, que el sábado por la mañana me habían regalado un viaje en globo y se levantó una ventolera que me trajo hasta aquí. Él se rio, muchísimo.
Y es que no era el primero que había llegado ahí por la tramontana, me contó que había recogido a gente de Figueras, como a una señora que estaba tendiendo una sábana en su balcón y salió volando y cayó ahí. También recordó el caso del ingeniero de una construcción en La junquera, un tipo tan inquieto que lo despachó, apenas llegó porque no paraba de caminar y de buscar cobertura. Dice que lo más divertido fue el día en que apareció una caravana que había volado hasta ahí desde A9, a la altura de la laguna de Perpiñán, era una pareja con un perrito blanco muy gracioso. La tramontana le había traído muchas experiencias divertidas, no como las había escrito Julio Verne, a quien conoció y que como era un envidioso le creó mala fama.
Yo lo escuché con paciencia, se ve que el pobre hombre hacía rato que no hablaba con nadie, pero yo ya quería llegar a casa. Le pregunté qué como lo íbamos a hacer.
ー Yo entiendo su prisa, entiéndame usted a mí. Lo primero es que no le puede decir a nadie que me ha conocido, lo segundo es que si usted supiera donde está no me pediría que lo llevara. Como esta isla es, por decirlo así, una isla misteriosa que yo hago desaparecer de los mapas y de cualquier medio de localización, tendrá que imaginar que está más cerca de lo que usted cree, es decir… a ver si me explico. Yo vivo en una realidad paralela a la suya, por lo que sólo hay que cruzar por el lugar indicado, por eso usted sólo tuvo una pequeña herida y no está muerto, ¿me entiende? Sólo tengo que indicarle cómo volver y ya está.
Y aunque me parecía inverosímil lo que estaba diciendo, también era inverosímil que yo hubiera volado de Vic hasta aquí, como la señora de Figueras y la gente de la caravana con el perrito. Sea como fuera, le haré caso. Seguiré por ese sendero que llega hasta el acantilado y ahí sin ninguna duda debo tirarme. Y lo que parece el vacío es la puerta a mi dimensión. Ahí podrán encontrarme, aquí no.
Hizo el camino según lo indicado, mientras prometía olvidar el encuentro, llegó al precipicio y, aunque no dudó en dar el paso, una señal inesperada lo detuvo. Era el teléfono.

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