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Amor Patrio

Me levanto como cada mañana. Me voy a trabajar, camino bajo aquella llovizna intensa que aborrezco porque no me acostumbro a ella. Cada día recuerdo a mi querida Dumenza, en Italia. París es frío, ventoso y cuando hace calor es terriblemente cálido y húmedo, proporcionando esa sensación de estar pegajoso todo el día. Suerte que por mi trabajo estoy a buen cubierto y sólo disfruto del clima asqueroso cuando salgo de allí y camino hasta mi pequeña habitación en la que recuerdo a mi familia a quienes envío casi todo lo que gano.

Ser inmigrante es muy pesado, mi acento siempre me delata y estos creídos me lo hacen notar. La categoría de mi empleo no da cuenta de que lo que me trajo aquí es el arte. Todos me tratan como un aficionado a la pintura y a las artes decorativas, pero yo no me siento así. Estoy convencido de que tendré mi oportunidad, al mismo tiempo  que atiendo mis necesidades materiales. Ese empleo como carpintero está bien.

La sensibilidad artística está aquí, sueño con ir a Montparnasse o a Montmartre para encontrarme con los artistas y ser uno de ellos, de hecho ya he ido un par de veces, casi de incógnito, les oigo hablar. Hablan de la luz, del salón de Otoño de 1905 y todo el escándalo del fauvismo. Todo lo que escucho es color, formas, luces. Alguna mujer celebra que el corsé ya no se lleva y se burla de su abuela por seguir haciéndolo. A mí todo esto me tiene impresionado, lo que llaman el Art Nouveau me parece fascinante con sus formas orgánicas, las reminiscencias orientales, el lujo sencillo. Ojalá consiga, aunque sea, un puesto en algún taller o con algún artesano. No es fácil.

A veces pienso que estaría bien pintar en unos de estos talleres, he oído que hay un italiano que quiere compartir el suyo, y sé de otro que es de una chica que es pintora y hace de modelo. Tengo que hacer un plan porque el dinero no me llega ni para comer, menos para ponerme a pintar y morirme de hambre. Hay un español que dicen que le está yendo bien, está el ruso de las mujeres voladoras y ese tal Modigliani que es paisano, igual debería contactarlo.

Lo que pasa es que no me siento tan artista como ellos. Cuando intento ponerme a pintar algo me siento como un aficionado y me pregunto por lo que hay que tener para sentir ese don que los lleva a olvidarse de todo y entregarse a lo que más les gusta.

Mañana comienzo con el nuevo trabajo. Soy habilidoso y me gusta ese encargo. Resulta que, desde que una loca anarquista acuchilló a La Gran Odalisca de Ingres, el museo decidió mandar a construir unas cajas con cristal para proteger a todas las obras importantes. Por una parte, me encanta la vanguardia, pero por otra soy un amante del arte clásico y allí en el museo puedo tutearme con los grandes como si fueran mis maestros más cercanos. En este sentido no me arrepiento de haber dejado mi pueblo.

El trabajo es un poco monótono. Imaginé que la cercanía con las obras maestras compensaría el malestar de estar haciendo lo que necesito para sobrevivir, pero no es así. Sigo en una habitación fría, aislado de todo o de casi todo y con pocos amigos. Con los colegas me llevo bien y a veces me invitan a beber una copa, es un lujo, todos lo sabemos. Al mediodía compartimos la comida y hablamos, entre ellos hay un par que no son de aquí, uno es corso, no se siente francés y parisino menos. Entre ellos se insultan y se envían a la mierda mutuamente, me pierdo la mitad de los insultos porque no los entiendo y me doy cuenta de que es mejor quedarse callado y hacer como si todo va bien.

Con el corso he hecho buenas migas. Me confiesa que se siente más italiano que francés, que su familia era originaria de la toscana, como casi todos, que le gustaría hacer algo para joder a los franceses. Un día me dice, ¿Ves esa obra que está ahí? Pues, Napoleón se la robó a los italianos, no merece estar aquí como tantas otras. Ni hablar de todo el montón de piedras que saquearon de Grecia e Italia, y se quedan tan tranquilos. De paso nos tratan como  unos mierdas, como si los invasores fuéramos nosotros y no ellos. Este lugar es la muestra más clara de que, a lo mejor, la loca anarquista tenía sus razones para apuñalar el cuadro ese. Yo le contesté que en parte tenía razón, pero que el arte no tenía por qué convertirse en un arma arrojadiza de los caprichos humanos. Lo importante era poder contemplarlo, aprender de él, estuviera donde estuviera. Y ¿no crees que a los griegos les gustaría ver a sus Cariátides sin salir de Grecia? Yo ladeé la cabeza y me quedé pensando.

Esa noche pasé por Montmartre, había un grupito hablando sobre las cosas que hablan siempre, vanguardias, política, cambios sociales, y algunas excentricidades: Desde la época de Napoleón hasta ahora, siempre nos hemos comportado como unos bárbaros, ahora estamos en un momento en el que estamos siendo auténticos, estamos haciendo arte de verdad, y eso tiene el poder de cambiar a nuestra sociedad. Quizá sea hora de asaltar a los museos, tal como dice Marinetti en el manifiesto.

Entonces, cuando llegué a mi habitación, comprendí todo, tuve una epifanía. Entendí por qué había llegado hasta aquí, el hecho de que no fuera el más habilidoso o comprometido de los artistas, el que estuviera trabajando como carpintero para una empresa, el que yo, Vicenzo, fuera italiano, nada de esto era gratuito. Comencé a pensar en mi misión de vida, en que yo sí  que podría hacer algo por el arte y mi país, aunque no sabía cómo lo haría.

Aquella tarde a la hora de la salida, le dije a mis compañeros que se adelantaran, que yo tenía que ir al baño y que no me esperaran. Hace días que elegí ese armario para esconderme, allí he de pasar la noche porque en la mañana haré lo que tengo que hacer.

La noche está siendo incómoda, de tanto en tanto escucho los pasos de los vigilantes, no son muy continuos, pero hay que estar alerta. No me muevo casi y estoy bastante entumecido, recuerdo que es mi misión y así aguanto. Amanece. Salgo del armario. Voy a la sala. Me pongo delante y le digo que ella, igual que yo, debe volver a casa. Salgo con el cuadro. Yo sé cuantas vueltas darle a los ganchos para soltarlo de la pared. Me escondo en la escalera de servicio, la desmonto y saco de mi petate una sábana blanca para envolverla. Me dirijo a la cour du Spinx, desde allí voy hacia la cour Visconti y podré salir con mi botín, no lo volveré a llamar así, porque es  mi reivindicación y la de mi país.

Ahora se me complica la cosa, trato de abrir la puerta y está cerrada con llave, pero si desmonto la manilla seguro que la podré abrir, no fue así. En eso llega un guardia, me interpela con desgano porque cree que soy un empleado, y lo soy. En el suelo está la tabla envuelta en la sábana blanca, yo sudo pensando que si el guardia se gira la verá, tarde o temprano. El tipo estaba ocupado buscando la manilla por todas partes, yo la había escondido debajo de la escalera. Al final abre la puerta y mientras, yo iba pensando en bajar hasta la entrada de la Quai y de allí sigo hasta el Pont du Carrousel.

Mi cometido ya estaba completo, ahora sólo cabe esperar. Mientras voy cada día a mi trabajo y miro el espacio vacío de la obra robada. Todo el mundo está conmocionado, las visitas se han multiplicado por cientos que vienen a ver lo que no está. Antes pasaba desapercibida, ahora todos quieren saber donde está, y yo lo sé.

Me han dicho que el director del museo y el jefe de seguridad fueron despedidos, al igual que los guardias que estaban aquel día. Por suerte a nadie se le ha ocurrido que gente como nosotros, los que trabajamos por contrato, tengamos nada que ver. 

He decidido seguir con mi rutina, voy a Montmartre esta noche. Como siempre los escucho desde lejos, están comentando lo del robo, hace días que sucedió. Un hombre de ojos redondos y nariz pronunciada  empieza a explicar la historia de que lo han detenido  e interrogado, creyendo que tenía que ver con lo del robo, y dice que al español también: Claro, como somos artistas y revolucionarios creen que somos delincuentes, y el otro por extranjero casi lo condenan, porque lo que necesitan es un culpable y al no encontrarlo quedan como unos estúpidos. Yo no entiendo cómo alguien es capaz de hacer lo que hizo y casi delante de todo el mundo, porque cierran el museo, la obra está allí y al día siguiente no está, es increíble. Y así sigue toda la noche, la misma cantaleta, y yo me voy tranquilizando.

El plan es esperar, ya llevo dos años haciéndolo. Tengo que contactar con alguien que piense como yo, es decir, que considere que el lugar propio de esa obra, en concreto, es Italia, mi querido país expoliado.  He contactado con un anticuario llamado Alfredo Geri porque vi un anuncio en el periódico, creo que es el indicado. He pensado que quiero una recompensa, y que quinientas mil libras es lo que mi país debería pagar por recuperar lo que le pertenece. Espero la contestación defintiva de la carta enviada, hoy he recibido la respuesta: está de acuerdo pero, la tiene que ver.

Cojo un tren hasta Florencia con el cuadro envuelto y me voy directo al hotel, para verme con Geri. Es un gran día para mí porque ella vuelve a pisar la tierra que la vio por primera vez. Viene al hotel acompañado por el tipo de los Uffizi ambos comprueban que no miento: están los sellos del Louvre, el número de inventario, las craquelures que coinciden con las fotos del original. El negocio está hecho, espero mañana la cantidad acordada. 

Esa noche no duermo bien. ¿Y si me engañan, y si llaman a la policía? Estoy convencido que no lo harán porque seguramente se harán cargo de haber retornado a Italia lo que una vez fue robado, ellos serán tan héroes como yo. Si mi amigo el corso lo supiera, ¡cómo nos reiríamos!

Tocan la puerta de la habitación, la abro porque espero a mis compradores ya con el dinero. Son ellos con la policía, vienen a arrestarme.

Después de siete meses en la cárcel decido ir a ver al al señor Poggi, el de los Uffizi, que estaba al tanto de todo, le pregunté porqué lo hizo y me contestó que para Italia y para él lo mejor era devolver la obra a sus dueños. Sorprendido insistí en que fue Napoleón quien la robó, que no era justo. Entonces con mucha paciencia me dijo: Mire, señor Peruggia, no sé quién le contó tamaña mentira, yo le contaré la verdad. Cuando Leonardo, que estaba al servicio del Papa Leon X aceptó la invitación del rey Francisco I en 1516, se llevó consigo la pintura. Al morir, su heredero fue su sirviente conocido como Salai y el rey decidió comprarle todo el patrimonio heredado de Leonardo, por eso, señor Peruggia, la obra pertenece a Francia y no a nosotros.

Yo no lo podía creer, tanto arriesgar, tanto desear hacer algo y que al final resultara totalmente en vano. Respiro profundo.

Pero, no se sienta mal, no todo fue en vano porque a cambio la Mona Lisa se ha quedado con nosotros  y la hemos podido exhibir en Roma, Florencia y Milán. De alguna manera usted ha hecho que los franceses entiendan que ella sigue siendo nuestra, y que salió del Louvre gracias a un patriota como usted.

Ya en la calle, me senté en un muro mirando hacia el Ponte Vecchio, reí como un niño, entendí que en mi vida había hecho algo grande, inmenso, y recordé todas esas noches en que, sobre la mesa de mi humilde habitación, cenaba con el cuadro recostado ahí en la pared, fascinado viéndola como nunca nadie más ha tenido la oportunidad de verla, excepto otro italiano como yo, Leonardo.




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