Aquellos bosques verdes y hermosos en verano o primavera, anaranjados en otoño, grises en invierno, eran mi casa. No viví como un niño normal porque no lo fui, siempre iba de la mano de aquel viejo que me enseñaba cosas raras y si no de mi padre Héctor que siempre estaba detrás de Kay y de mí. Con él aprendí el oficio digno de los que no querían terminar como mendicantes extravagantes, como mi tutor, o granjeros miserables o monjes. Para ser granjero se necesitaban tierras y éstas solían ser de un señor que casualmente siempre encontraba la manera de arrancar el mínimo trozo que se hubiera cultivado para la propia subsistencia para, enseguida, pasar a cobrar por su uso, sin papeles de propiedad ni nada: el propietario era el que tenía la fuerza y los medios para amenazar y hacer cumplir su voluntad. Ser monje tampoco era una opción, y menos para mí, creo que me faltaba piedad. No se iba a un convento sin aportar una dote y estos tampoco eran demasiados populares por estas tierras. Así y recapitulando, vivía esa infancia rara con un tutor estrafalario y mi padre, un señor en toda regla a quien no le era desconocido el oficio de las armas, y mi hermano KayCon Kay jugábamos a las batallas, a tirar piedras en el río, a buscar animalejos o insectos para aplastarlos o mirarlos de cerca, más de una vez tuvimos algún susto con alguna culebrilla suspicaz que osó mordernos y que perdió la cabeza por ello. Kay era mayor que yo, por eso, cuando jugábamos me decía que debía ser su escudero y yo no quería y me quedaba llorando en el bosque. En ese momento aparecía mi maestro que me consolaba de una extraña manera diciéndome que sólo era cuestión de tiempo para que el mundo fuera totalmente del revés.
Me acostumbré a prescindir de Kay para seguir más de cerca a mi maestro, que me enseñaba a reconocer las tierras de mi padre, y a ver a sus gentes para satisfacer la curiosidad sobre cómo vivían y lo que hacían. Cuando atravesábamos alguna cabaña destrozada, yo siempre temía decir de quién era hijo, por si acaso el causante fuera mi padre, pero no, había otros señores despiadados. Acosaba a mi tutor a preguntas sobre el porqué de todo aquello, él me hablaba de rencillas, de injusticia y me hacía prometer que yo algún día repartiría justicia. Por eso me gustaba andar con él, porque me hacía soñar.
Aquel día, después de una larga caminata por el bosque persiguiendo un ciervo, llegamos a una fuente muy hermosa, surgía de la montaña y todo a su alrededor era verde. Mi alocado tutor sugirió una siesta, nos echamos a dormir bajo la sombra de un roble albar. Sus ronquidos me fueron transportando a una noche tormentosa y agitada en la que un hombre se transfiguraba en su enemigo para poseer a la mujer de éste. Ella, engañada, le entrega su amor, pero, cuando la transfiguración acaba, se da cuenta de lo que acababa de pasar y jura venganza por ello, no se lo contará a nadie para salvar su honor. Así llega el día del alumbramiento y cuando estuvo a punto de cometer el más terrible de los crímenes, una voz profunda la detiene para decirle que no llevara a cabo un acto tan horrible porque él la liberará del niño, del que no sabrá nunca nada más. Enseguida la imagen de un dragón rojo y otro blanco en una furiosa pelea me despertó. Creo que grité, sudaba, mi maestro trataba de calmarme pidiéndome que le contara lo que me acaba de suceder. Lo hice y eso me calmó. Con esa especie de ternura fuerte y protectora me puso la mano en el hombro, y me dijo que aquello que acababa de soñar era mi origen. Entonces un terrible escalofrío recorrió mi cuerpo. Sentí que el día había llegado.
Mis piernas ya asomaban una vellosidad propia del niño que va dejando de serlo, mi padre ya me confiaba armas más pesadas y se atrevía a enseñarme algunas estrategias de combate. Mi voz cambiaba y con mucha celeridad iba despertando a un mundo alejado del día de aquel sueño. Me estaba convirtiendo en un hombre, fuerte y corajudo. Ya no veía a mi maestro tan a menudo, aunque me iba acostumbrando a sus desapariciones por largas temporadas, cosa que agradecía porque su presencia me resultaba siempre intrigante y entrañable a la vez. No podía quitarme de la cabeza la imagen de los dos dragones.
Aquella tarde mi padre me hizo venir con premura, el mensajero dijo la palabra inminente, no tenía ni idea de qué le estaría ocurriendo, así que cogí mi montura y llegué velozmente al punto referido. Ahí estaba él, corpulento y grandioso como siempre, sentado en una piedra y viendo el horizonte azul del mar, hacía viento y un poco de frío. Me dijo que pasado mañana partiríamos a Londres para intentar sacar aquella espada de la piedra, yo le dije que esas eran leyendas absurdas, que nadie podría hacerlo, que nadie sabía la manera cómo la habían fijado ahí, que podía tener una cruceta a la base, que era un engañabobos y que no me prestaría a semejante tontería. Era la primera vez que le hablaba así y fue la primera y última vez, en mi vida, que me daría una bofetada. Recuerdo que la ira me recorrió el cuerpo, que mi mano se deslizó hasta el mango de mi daga, bufé, busqué su mirada y vi el miedo en sus ojos. Era imposible que mi padre flaqueara de ese modo ante mí, pero no se inmutó, tampoco acarició ni a su daga ni a su puñal, sólo apretó sus manos con fuerza y, con sorprendente calma, me dijo que sí que iría, que eso no lo pensaba siquiera discutir, y que si algún sentido habían tenido todos estos años cuidándome, era este. Volvió a respirar profundo, me ordenó que me plantara frente a él, que sacara mi daga y que actuara en consecuencia después de escuchar lo que me tenía que decir.
Entonces me espetó que yo no era su hijo, que era el vástago de una duquesa y un rey, concebido gracias a los hechizos de un mago. Que el mago me trajo para ser criado por él, cosa que ha hecho no con ganas sino por miedo. Me dijo que en sueños había visto al mago que le ordenaba que me llevara a Londres, que intentara lo de la espada, y que luego ya se sabría cuál sería mi destino. Yo mascullé: la deshonra y él me contestó que tal vez, pero que eso ya no era su problema. Sentí que algo se había roto entre él y yo.
El camino hacia Londres fue largo. No cruzamos palabra entre nosotros, aunque con Kay nos permitimos alguna broma, pero estaba tan raro y distante como mi padrastro. Comprendí que se tomaban muy en serio eso de la espada, que ambos rezumaban ambición. Les pregunté si de verdad creían que ser rey de Inglaterra era un honor conferido a través de un truco de juglares y no como fruto del valor y el honor. Se me quedaron viendo y no contestaron, espolearon a sus caballos y me dejaron atrás. Yo estaba muy contrariado, no volví a abrir la boca el resto del viaje.
Cuando llegamos, caballeros de todo tipo estaban ahí esperando turno entre gritos y jarrones de vino, barbacoas y bichos sangrantes para ser cocinados, algunas mujeres aprovechaban para vender lo que más barato les costaba, mientras los hombres se repartían a las mejores sin ningún aprecio a su intimidad. Los caballos pastaban atados a cualquier árbol o estaca, con las armaduras de sus jinetes a un lado junto a escudos y armas. Es como si todos se hubieran dado cita a una batalla sin sangre, como si se imaginaran que, si extraían la espada, deberían estar vestidos para la ocasión. Guerreros creyéndose valientes por sacar una espada que los coronara rey.
Buscamos un sitio. Yo mostraba mi desgano, pero haría lo que aquel hombre me había pedido, aquel que me había criado como a un hijo, aquel que hace tres días me había abofeteado execrándome de su afecto.
Veía a lo lejos el espectáculo mientras me quitaba el yelmo que venía soportando junto con el peto y nuestro escudo, su escudo, quizá ya no el mío. Él había insistido que portáramos su estandarte, que viniéramos con comitiva como si estuviera seguro de que yo o Kay lo íbamos a lograr, pues él ni siquiera lo intentaría. Estaba irritado con él, por eso le pregunté que por qué no lo intentaba, total si la espada era para alguno lo sería sin esfuerzo. Se me quedó mirando, torciendo la boca con un gesto que me evocaba todas las palabras que no quieren ser dichas. Me giré y le di la espalda. Kay me sujetó del brazo violentamente, me encaró, me exigió que le pidiera perdón a su padre, lo hice por nobleza, aunque la sangre me pidiera otra cosa.
Descansé bajo aquellos fresnos y al caer la tarde, Kay vino hacia mí, me dijo que ya era hora de intentarlo, que si no lo conseguíamos podíamos emprender el camino hacia una de sus propiedades cercanas para llegar antes de que cayera la noche. Le contesté que estaba de acuerdo porque así la oscuridad escondería nuestra estupidez.
Rápidamente, emprendimos el camino hacia la pequeña cuesta en la que estaba la piedra con la espada enterrada. Héctor no subió, sólo estábamos Kay y yo. La empuñadura era preciosa, era muy ornamentada y dorada, brillaba de una manera casi sobrenatural, sentí algo muy raro, como si todo mi ser temblara descontroladamente y en silencio. Kay me incitó a que probara yo el primero, yo no quise, le dije que prefería que él probara primero, que en cualquier caso se merecía ser rey de Inglaterra, que era un hombre bueno y justo. Mis palabras lo alentaron, le di un abrazo, vamos, dije. La espada no se movió por más que lo intentó hasta quedar exhausto. Ahora prueba tú, me dijo. Lo hice, la espada salió como si estuviera clavada en una montaña de manteca. Creo que los de abajo vieron el brillo, y Kay me la quitó de las manos, todos vinieron corriendo hacia dónde estábamos con aclamaciones y aplausos, pero en el momento en que él intentó blandirla, la espada no se movió del suelo. Se giró hacia mí y señalándome, gritó : ¡Este es vuestro Rey! Entonces, escuché voces que me negaban el milagro, cogí la espada como si de una pluma se tratara y la blandí. Todos se abalanzaron hacia mí, todos la querían, quizá el único que no la quería era yo. Me giré, pensé en volverla a clavar en la roca y salir de allí. De pronto, la presencia de aquel hombre corpulento me detuvo, los calló a todos, avanzó frente a mí y se arrodilló, ¡Salve al Rey!, exclamó mientras me entregaba el estandarte con los dos dragones, uno blanco y otro rojo, Kay lo siguió y todos hicieron lo mismo.
Y ese hombre, al que hacía apenas unas horas había humillado, ahora decía, en tono alto y claro, la verdad que nunca se me había develado: es Arturo, hijo de Uther Pendragón y de Igraine, ha sido mi protegido todos estos años, pero estaba escrito que llegaría su momento, el día en que recuperaría lo que le pertenecía, Excalibur es suya porque perteneció a su padre y con ella, el poder que le confiere. Su misión será apaciguar a esos dos dragones.
Me quedé perplejo, no sabía qué hacer, los vítores y la alegría se apoderaron de todos. Cerré los ojos un instante y al abrirlos juro que vi la figura de mi andrajoso maestro acompañado de una hermosa dama blanca, pero al querer definirlo mejor y aguzar mi vista, ya no estaba ahí, había desaparecido.

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