Ayer, un día como tantos otros, una cincuentena de años más un día para ser exactos, recibí una foto por el guasap, era de la época del liceo, a lo mejor tendría unos quince o dieciséis años. Es una foto de los setenta, de esas que el tiempo no perdonó porque se ven característicamente desteñidas y todos los colores tiran a amarillo rojizo anaranjado. Son unos adolescentes a los que me cuesta reconocer, excepto a dos: uno de ellos es mi amigo, que me la envía y del cual sólo veo la mitad de su cara detrás de todos, saltando como el que quiere salir en la foto, mientras el otro, que está en primer plano es un chico con el que estuve ilusionada unas semanas.
Están todos sonrientes: la muchachada haciendo muchachadas. La vuelvo ver con detenimiento y no logro recordar el nombre del resto, ni sus caras, quizá vagamente se despierta algo en mi interior cuando, al preguntar por sus identidades mi amigo me corrobora sus nombres: Pina, Soraya y Elizabeth, pero del resto él tampoco se acuerda.
No dejo de darle vueltas a la dichosa foto porque me plantea una incógnita: ¿dónde estaba yo?, ¿por qué no salgo en la foto y por qué no seguí saliendo con aquel muchacho guapo que sale en primer plano? Trato de hacer memoria sobre los recuerdos comunes con ellos y no encuentro demasiados, aunque la foto me trae recuerdos de algunos holas, de travesuras y gritos en los pasillos y de ciertas complicidades causadas a partir de mi estrecha amistad con uno de los compañeros de ellos, que no sale en la foto. Es que ellos estudiaban ciencias y yo humanidades y coincidíamos un par de veces a la semana en el mismo piso, un aula contigua. Todos mis recuerdos de esa época están empañados por mi dolencia, me dolían los omóplatos.
Lo que sí es cierto es que era muy difícil que yo saliera en esas fotos porque no compartía esa ligereza propia de esas edades, yo era una rara avis en toda regla, ahora que lo recuerdo, explicaré porqué. En mi casa sucedían cosas extraordinarias, mi mamá poseía una telepatía que hacía que quisiera usar papel de plata envuelto en la cabeza para que no leyera mis pensamientos, pero yo sabía que un truco tan barato como ese no le haría mella a su poder, así que me aficioné a pensar en cosas que ella no entendiera, cosas que no fueran cotidianas ni llenas de intenciones, eso que llaman pensamientos profundos. Mis hermanos gozaban de otros poderes, no semejantes sino enervantes: mi hermano tenía el poder de la discordia porque cuando estaba cerca todos nos peleábamos y el de mi hermana era la indiferencia, pues era igual si estaba ahí o no, incluso, era tan potente que era preferible no tomarla en cuenta para no sentirse despreciado por ella. Todos vivíamos en una casa extraordinaria que se reconstruía a sí misma con cada aguacero, y que resistía a nuestros poderes.
Pero, lo más fantástico del lugar del que venía era los escondites sin serlo, recodos en los que sin saberlo encontrarías un libro, una lectura. Y como yo era la más joven y aún no había descubierto mi superpoder, me dejaba iniciar por esas recetas secretas que me iban dejando mis irresponsables tutores que no ejercían ninguna tutela sobre mí.
Y es que mis hermanos, que siempre han sido mayores que yo, incluso ahora que soy vieja, llevaban libros a casa que yo leía a escondidas hasta que dejé de hacerlo - esconderme-. Así, me aparecía en el liceo con El lobo Estepario, La caída o El Vagabundo... eran mis lecturas después de que había abandonado el cómodo mundo de Las Selecciones del Reader's Digest.
Yo era adolescente, de esas clásicas de vida complicada e introspectiva y como buena adolescente, adolecía de todo. Ya a los catorce años me dió por escribir, influenciada por el aire de los tiempos y las letras de las canciones: quería un mundo de paz y amor y una revolución, mientras acusaba a los mayores de injustos, insensibles y crueles, en ese orden. También adolecía de conformismo, siempre trataba de buscar lo no convencional, de tal manera que mi personalidad se fue forjando a esta forma de ver la realidad, puede que entonces ya, sin saberlo, quizá me diera cuenta de que el pensamiento regía la vida y no al revés.
Y, mientras yo vivía esta época sin culpa, sin aviso y sin protesto, no sabía que me estaba alejando de la gente normal, es decir, de esa muchachada alborotada que veo en la foto de quienes no fueron nunca mis compañeros.
El problema es que al aficionarme a los pensamientos profundos yo siempre planteaba conversaciones mofeta, o sea, aquellas de las que la gente huía cuando yo quería hablar del amor, el arte, la vida, la muerte o la hipocresía y la amistad. Necesitaba gente que además de reír y hacer travesuras -cosa que me encantaba- también tuviera inquietudes artísticas y filosóficas, por eso los muchachos me parecían más entretenidos, al menos sabían de música y algunos hasta dibujaban. De esa época recuerdo que siempre llevaba un cuaderno grande que pinté de anaranjado cuando su tapa azul se desgastó, en la portada escribí "Mi ego", hoy en día no le cambiaría el nombre. Allí escribía poemas, pequeñas reflexiones, letras traducidas de canciones (gracias a esa afición fue aprendiendo vocabulario en inglés y al cantarlas pronunciación). Con las muchachas de mi edad me aburría, no sabían de nada y sólo les interesaba el flirteo ese decadente de las aprendices a histéricas, esas que decían no cuando querían decir sí. Detestaba la manera como todos entraban en esos juegos, y sobre todo esa falta de honestidad en la que si decías lo que sentías eras más o menos una vulgar buscona, por decirlo suave. Por eso no me gustaban esos muchachos corrientes, tampoco.
En la época de la foto todavía no sabía nada del sexo, aunque me habían explicado sus consecuencias acompañadas del celo de mi madre -casi obsesivo- por guardar nuestra virginidad (la mía y la de mi hermana). Más adelante aprendería los altibajos que suponía experimentar con las cosas de los adultos como el sexo, la franqueza, o el ateísmo, y que la vida me enseñaría que no todo es blanco y negro, que los matices sientan mejor.
Un día sucedió que mis rarezas ya comenzaron a ser molestas para algunos que, en su sabia edad, se sentían interpelados. Puede que haya sido a causa de mis burlas contra una profesora que iba de víctima o puede que haya sido el resultado de la animadversión que sentía la profesora de inglés hacia mí porque le corregía la pronunciación, en cualquiera de los dos casos yo no era inocente. Tampoco recuerdo que cosa desencadenó tal situación, incómoda para todos, menos para mí porque me resultaba familiar. A alguien se le ocurrió, puede que a la profesora mártir, la idea de hacer una especie de tribunal en el que se me acusaba entre muchas otras cosas de ser una rara avis, algo que ya yo sabía y que no tenía fácil solución. Así comencé a escuchar todo lo que a mis compañeros no les gustaba de mí, que no eran pocas cosas. Aguanté como supe y como siempre lo había hecho, no lloré ni tampoco me enfurecí. Quizá ya entonces era estoica, no lo sé. Aquello sirvió, para reafirmarme, porque entre otras cosas, me preguntaron qué era ese gran cuaderno que yo llevaba a todas horas, el resultado es que yo les dejé que lo ojearan y que en los días posteriores algún curioso quisiera leerlo. "Mi ego", era casi de obligada lectura para aquellos que se interesaban y yo ya podía entablar alguna conversación interesante, quizá por eso, mientras los otros se hacían fotos, nosotros estábamos hablando de la vida y de muchas cosas, aunque a nadie le confesaba mi dolor en los omóplatos.
La historia del chico de la foto forma parte del precio que tenía que pagar por mi dolor, siempre ahí, en los omóplatos. Resulta que él me gustaba, era simpático y guapo. Extrañamente, yo, que no era demasiado popular entre los muchachos, llamé su atención y eso me hacía feliz. Nos hicimos novios de esos que salen juntos del liceo, de complicidades y manos agarradas, de miradas y besitos. Estuve en ese estado de gracia hasta que mi mejor amigo (porque en ese entonces no tenía mejor amiga), me dijo que se había enterado de que mi noviazgo era el fruto de una apuesta entre dos chicos a ver quién me seducía hasta las últimas consecuencias. Eso sí que me enfureció, entonces noté un dolor terrible en mi espalda, parecía que los omóplatos iban a estallar y fue así como salieron mis alas.
Las desplegué, las batí con fuerza y despegué de ese lugar. Me fui como todos los pájaros a gozar del aire, a planear por encima de todas las cabezas entre nubes de poemas, letras de canciones y amores olvidados.
Era una rara avis que le gustaba reír, tomar té y hablar hasta entrada la noche con sus amigos, otros seres alados como yo, que girábamos en círculos sobre lo desconocido, buscando, tal vez, un lugar para anidar en paz.
Por eso no salgo en la foto, ahora que me acuerdo.
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