Se vio al espejo y se dio cuenta de que su imagen estaba un poco borrosa, pensó que serían los cristales de sus gafas que estaban sucios, se las quitó, las lavó como cada día, las secó con cuidado y volvió a ver su imagen en el espejo: seguía borrosa. Se fue a la cocina, cogió el limpiacristales y un trapo limpio que guardaba sólo para eso. No tenía mucho tiempo para ponerse a limpiar, pero, es que no verse ni siquiera para saber cómo estaba antes de irse a trabajar era una cosa bastante penosa. Frotó y frotó, lo vio al trasluz y estaba perfectamente limpio. Volvió a la cocina, lo dejó todo en su lugar. Volvió a la posición de salida: ¡caray, seguía un poco borrosa, qué raro! Ya no había tiempo de investigar el porqué, a lo mejor eran sus gafas, aunque ya las había lavado. Bueno, toca ir a trabajar y, como cada día, siguió su nueva rutina.
Hacía años que estaba casada. Camino al trabajo pensaba en su nueva situación. Estaba acostumbrada a que él fuera el proveedor, pero ahora, estaba derrotado, ella lo sabía, aunque él lo negara. Ambos estaban en peligro económico grave, por eso buscó trabajo en el supermercado. Y lo consiguió pese a su edad, y su inexperiencia. Ella, la de las revistas de moda y fitness. Ella, la de la depresión por excesos, no por defectos. Ella la de las uñas pintadas y fotos felices en el Facebook. Ella, la de la casa decorada con un gusto exquisito. Ella ahora sería una de aquellas mujeres a quienes nunca miramos de frente en la caja del supermercado y a las que cuando lo hacemos es con una tímida sonrisa del buenos días y gracias socialmente convenidos. Era duro lo que le sucedía, por más que sus amigas le dieran ánimos y le dijeran que aquello era pasajero, porque ella sabía que no lo era y que todo iría a peor.
Los clientes eran personas amables y sus compañeras también la trataban con afecto y consideración, no se podía quejar. De algo habían servido todos esos años de buena anfitriona, ella sabe cómo hacer un buen ambiente a su alrededor, al fin y al cabo, piensa, la gente es siempre igual: está dispuesta a dejarse tratar bien y a hacerlo en compensación.
Llega a casa, como cada día, su marido está de un humor de perros, le reclama que la comida no estaba hecha y él había tenido que hacerlo todo solo, así como está. Ella no dijo nada, se tragó los malos modos y pensó que todo era calentar un puré de patatas al microondas y poner un filete de carne a la plancha que ella había dejado convenientemente preparados, le había dejado la fruta lavada, pelada, troceada. En la habitación, mientras se quita los zapatos del uniforme, esas botas horribles de seguridad, toscas y negras, ella pasa revista y ve todo desordenado: la cama sin hacer, los calzoncillos en el suelo del baño junto con la toalla. Ahora sucederá lo que siempre sucede cuando no se calla, comentarios desagradables que acaban en gritos y reproches tales como eres incapaz de, no te das cuenta de que, yo estoy mal, yo también, si hubieras sido previsor. En el fondo -y en la superficie- el asunto económico había acabado con sus vidas antes perfectas.
Después de la contienda, no le quedó otra que arreglar el desaguisado. Se duchó y se vio al espejo, ahora ya no era borrosa, su imagen parecía transparente, estoy desapareciendo, pensó y no siguió pensando.
II
Cada día era igual, aunque le pesara, no tenía alternativa. Sus amigas la animaban, estás haciendo lo correcto, decían, pero ella se sentía culpable por haber deseado anoche en sueños, la muerte de su marido, pensando, en consecuencia, en el seguro de vida que estaba a su nombre. Era una manera de acabar con el problema y con una vida de maltratos que había aguantado porque nunca quiso sacrificar su comodidad. Se sentía atrapada, pero, ¿qué más da, adónde podía ir? Y pese a que el espejo había dejado de funcionar, pues se negaba a devolverle su imagen, recordaba cómo era antes y se preguntaba si algún día se volvería a ver como entonces.
Alguna noche había soñado con un beso de ternura que conoció hace muchos años cuando era joven, y que ha estado fantaseando desde entonces. Se preguntaba si acaso todas sus amigas tenían los mismos sueños y corroboró que no, que ellas tenían una mano que las acariciara, que las peleas no sucedían con tanta frecuencia y que ninguna de ellas deseaba ver a su marido muerto y menos pensando en ese seguro de vida que les quedaría. Se sentía sola, mal y malvada.
Dejó de verse en el espejo por no ver a esa mujer que era y porque sabía que el espejo no quería devolverle su imagen. Repetía la rutina con resignación, había dejado de reclamar y aceptaba que, aunque su esposo podía ayudarla mientras se quedaba en casa, él había decidido abandonarse y abandonarla, y eso le circulaba como un veneno por las venas.
Aquel día le tocaba reponer estanterías, era duro pero más distraído que la caja. Venía conduciendo aquella plataforma móvil y en un giro inesperado se le cayeron unas cajas de conservas. Un hombre la ayudó, con una sonrisa amable y dulce, con buenos modales le dijo no sé qué cosa de cuidarse, de que no le diera las gracias que no hacía falta, para culminar con un comentario halagüeño sobre su simpatía y su belleza. Esto la hizo sonreír por primera vez, desde hacía mucho tiempo.
Aquella tarde, al llegar a casa, al repetir el mismo ritual, al quitarse el maquillaje, volvió a ver una silueta familiar, aún borrosa.
Pasaron los días y con ellos, los buenos días, señora, ¿cómo se encuentra?, ¿quiere tomar un café cuando tenga tiempo?, no se ofenda, no hay de qué, mañana a qué hora, la paso buscando.
Aquella mañana se miró al espejo, estaba luminosa y nítida, sus labios, su sonrisa, sus ojos, todo era igual a aquella descripción casi prohibida que la devolvía a la vida. Por primera vez en muchos años, recoger la ropa, doblarla, ordenarlo todo no era una obligación sino una elección. Dejó las instrucciones en la cocina, cerró la puerta y levantó la maleta más liviana de toda su vida.
No recuerda si se despidió.

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