Trabaja en ese conjunto de edificios altos que están delante del parque, por lo que, cuando está estresado o necesita pensar, ordenar, planificar mejor las cosas, se planta frente al hermoso ventanal que le confiere una vista espléndida sobre todo aquel verdor que le resulta sencillamente espectacular. Desde allí parece dominar al mundo. Hace unos meses la vista era mejor, pero desgraciadamente un pequeño edificio de estacionamiento fue construido a toda prisa para atender las demandas de los visitantes al centro, por el rollo ese de cero emisiones y demás consignas. Él vive bastante cerca, al otro lado del parque, desde el otro ventanal de su despacho puede ver la terraza de su casa. Alguna vez, a modo de private joke, llama a su mujer y le dice que la está viendo tomar el sol y que se vaya a trabajar, ambos ríen en complicidad, porque él sabe que ella es muy organizada y que si toma el sol es porque ya ha entregado el último encargo.
Hoy está tomando un café. En quince minutos tiene una reunión, debe defender un proyecto muy importante para el ayuntamiento. No sólo le toca lidiar con las preguntas sobre la funcionalidad e idoneidad, sino que también tendrá que aguantar a los verdes y su tontería sobre la sostenibilidad y la ecología. Tuvo que rehacer toda una planta para colocar enchufes eléctricos para coches, bicicletas y patinetes y lidiar con los ingenieros, quienes muy diligentes le advirtieron que con esa idea el gasto energético del edificio se cuadriplicaría, que todo lo que habían logrado para abaratar los costes en climatización ahora se iba a la mierda. ¡Esa es su vida! Sirve de enlace entre hippies y yuppies. A él le da igual, desde que lo hicieron socio del estudio de arquitectura, lo único que le interesa es ganar las licitaciones más interesantes de la ciudad y esta, es una de ellas. El café humea.
Mientras repasa mentalmente los argumentos, mira hacia abajo desde esa planta ocho que es la última, el ayuntamiento no permite que se construya más alto, este edificio es una excepción. Le gusta ver a la gente pasar con sus cafés en la mano, el paso rápido y un sin fin de proyectos, premuras, apuros en piernas y mente. Esa vista cenital le encanta, se siente el rey del mundo. Hoy una figura le llama especialmente la atención. Lleva una gabardina verde, y sus pasos son apresurados, un bolsito negro, un libro en la mano, el fucsia de su pañuelo destaca indiscretamente, esa mujer quiere ser vista, la sigue, cruza por el paso de peatones en diagonal, justo antes de que cambie el semáforo, se pierde por detrás del edificio de aparcamiento y vuelve a aparecer en la caminería del parque, se sienta delante del estanque, se desabrocha la gabardina y deja ver ese vestido tan bonito en blanco y fucsia, el más puro estilo Hepburn, es bella esa mujer, es su mujer. Piensa otra vez en la broma de llamarla para decirle que la está viendo, pero inmediatamente se cohíbe porque cree que está invadiendo un momento íntimo, que si ella lo quisiera compartir ya lo habría llamado.
¿Qué te toca hoy? Una reunión larguísima, de esas que nos hacen ganar dinero, pero que hay que padecerlas. ¿No hay riesgo de perder? Si, en este caso, estamos a un treinta setenta, más o menos, esperamos convencerlos con lo de los enchufes, la climatización geotérmica y las placas solares, creen que con eso salvan al planeta sin contar las toneladas de litio y otros metales raros que necesitamos para hacer baterías y placas, ¡les da igual! ¿Y a qué hora? A las diez. ¿Te espero para comer? No, no me esperes. ¿Tú qué harás? Tengo que hacer una entrega, iré luego a la biblioteca a dejar unos libros y pasaré por casa de mi madre, para saber cómo está. Despedida cariñosa, besos y ganas de vernos al final del día.
Piensa que ella cree que él está en la reunión, hasta las once tiene tiempo de quedarse ahí, disfrutando de las vistas con ella, pero sin ella.
Un hombre con una chaqueta de cuero y jeans se le acerca, es rubio y tiene un aire informal bastante atractivo, diría. Ella lo saluda, él va por un par de cafés al quiosco y se sienta a su lado. Se conocen porque comienza una animada charla. Su lenguaje corporal la delata, abre un poco más su gabardina, cruza las piernas y se gira hacia él. Él la coge de la mano, le da un beso. Se quedan mirando al estanque, él se va con el vaso del café que lanza a la papelera. Cruza por el paso de peatones y mientras mira arriba ambas miradas chocan en el aire como si se tratara de un gesto de mutuo reconocimiento.
No suele ser celoso, pero esta escena lo ha desmontado porque si ella le hubiera dicho que iba al parque a encontrarse con un amigo, él lo habría entendido, ¿a qué obedece el secreto? No quiere pensar.
En la noche, en casa, después de haber ganado cada euro del ayuntamiento, después de haber cedido a una fachada vegetal que incrementará el gasto en agua para seguir haciendo menos sostenible al edificio, descubre que ella no lleva el anillo de casados. Pregunta, la respuesta es la típica, me lo quité para lavar. Él no quiere insistir, no tiene porqué.
Lleva una semana vigilándola sin querer, sin poder dejar de hacerlo, sin saber si debe hacerlo. Se ha escapado a la biblioteca para verificar que no está allí. Ha llamado a su madre para verificar que no está allí. Ella luce, por contra, totalmente impertérrita. Se pregunta si está delante de una cínica, de una traición o de estar siendo traicionado por una cínica.
Otra mañana más delante de su oteadero. La ve venir con su gabardina verde. Quiere saber que no irá al banco aquel, no quiere verla de nuevo con la misma ropa, tampoco con el libro. No quiere ver al rubio venir a su encuentro desde el otro lado del parque, con los dos cafés. ¿Por qué ahí si ella sabe que él la puede ver, que puede ir al parque y cogerla in fraganti, que el ayuntamiento está al otro lado, que ese lugar es un punto posible de encuentro entre ellos, como lo es toda esa zona tan cercana a la casa y el trabajo?
Están hablando, esta vez menos amablemente, parece que se pelean, él la coge por el brazo y la zarandea, ella se levanta y echa a correr. No puede creer lo que está viendo, sin pensarlo dos veces coge su abrigo, sale corriendo de la oficina, la secretaria escucha un ya vengo. El ascensor tarda. Baja a la calle, cruza el paso de peatones sin respetar el semáforo. Llega al banco, ve el libro y lo coge intuitivamente. Busca hacia la orilla en que ambos fueron corriendo. No ve ningún rastro.
De vuelta a la oficina se siente como un estúpido, ¿qué pretendía hacer, pillarlos in fraganti, ayudarla? ¿Y cómo se habría justificado, diciéndole qué? Va de un lado a otro de la amplia cristalera, tratando de divisar una gabardina verde que no ve. Y ahora tiene ese libro que le quema las manos como si fuera la prueba fidedigna de una gran traición. ¿La traición de ella o de él? por que el libro es el testimonio fiel de que él la ha seguido, la ha vigilado, ha desconfiado de ella y, a la vez, es la prueba de su encuentro con otro. Tiene que terminar de revisar otro posible proyecto, son los números y no cuadran como no cuadra nada de lo que está viviendo. Repasa mentalmente las actitudes de ella que no han cambiado desde aquel día. Es la misma, mas eĺno. Si él no la hubiera visto, tendría la sensación de continuidad de la rutina tranquila y feliz que le toca vivir cada día, pero que últimamente le lacera el alma. Quiere llegar a casa para intentar leer en su rostro algún nuevo rastro que le conduzca a otra verdad.
La cena es normal, las palabras son todas armónicas como siempre. Ella le señala lo raro que está. Él se esconde tras el estrés del trabajo. Amanecerá, mañana, amanecerá.
Con el desayuno frugal que les caracteriza, después de un beso matutino, comparten sus rutinas. Iré a nadar un rato, después vendré a comenzar el nuevo encargo. Estás en la etapa de lluvia de ideas, ¿no es así? Tal cual, ¿y tú? ¿Yo? En la de números, hay una cifra que no me cuadra, tengo todos los presupuestos, pero no me cuadran, como si estuviera viendo a una persona conocida que ya no conozco. Ella se rió, cuidado con tus elucubraciones, en matemáticas hay que ser preciso. Por eso, asentó él, por eso me espera un día muy duro.
Desde el ventanal, a lo lejos la ve venir. Pero, él se le adelanta y va al parque, al banco en cuestión en el que deja el libro como estaba hace dos días. Se esconde detrás de un árbol para ver su reacción. Ella llega, ve hacia todas partes. Cuando se percata de la existencia del libro se pone lívida, casi puede ver el temblor en sus manos. Lo coge y lo pone sobre sus rodillas. Ya viene el hombre rubio con su chaqueta de cuero marrón, lleva una bufanda verde, el día está un poco ventoso. La saluda y va a por los dos cafés. Le coge la mano, ella se deja, hablan y nadie puede saber lo que dicen, porque están solos en medio del parque, enfrente del estanque. Ella lo mira, nadie puede saber qué tipo de mirada es porque esa mirada es para el hombre rubio y para nadie más.
En la televisión están pasando Blow Up, la original. Es una de sus películas favoritas. Él se lo comenta y la invita a verla, ella está un poco reacia, accede al fin. La película tiene muy pocos diálogos, eso hace que la atmósfera entre ellos se enrarezca. Están tensos. Se escucha el primer comentario que desata una discusión sin precedentes. Todo porque ella dijo que hoy la trama le parecía absurda.
Sin beso de buenas noches ni de buenos días. El reporte del día fue escueto, tanto como que él lo coronó con un no te canses en la piscina porque ayer fuiste, pero no mojaste el traje de baño. No, no te vigilo, es que no lo pusiste a secar en el lavadero.
Desde el amplio ventanal, sigue a la imagen de una mujer en gabardina verde que viene corriendo y con suerte logra flanquear un buen número de coches en aquel paso de peatones. Su figura se pierde, como de costumbre, por detrás del edificio de aparcamiento y vuelve a aparecer en la caminería del parque.
Hace días que no sé nada de ella. Esperaré. Es como si se hubiera evaporado. Sobre su mesita de noche está el anillo de casados. Él vuelve a ver Blow Up.

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