El día comenzaba fatal, viento y lluvia, y para empeorarlo todo él tendría que visitar una obra en la que se había presentado un problema, los ingenieros querían verlo. Ayer habían sido bastante desagradables. La conversación terminó de manera muy abrupta, cosa que siempre evitaba. Reconoce que no son días para confrontarse, aunque se quedó muy a gusto diciendo que si no sabían interpretar planos que volvieran a la Facultad. Colgó el teléfono y se quedó tan ancho. Inmediatamente, le llamó el contratista y lo citó con urgencia y con malos modos. Se lo había ganado a pulso.
Se para delante del ventanal y ve a lo lejos el edificio de los problemas, tendrá que atravesar el parque, seguramente llegará empapado. Cree que eso es lo que quieren, humillarle. Hace días que nota un cambio en su ánimo, sólo la danza de su gata sobrevive a las rutinas. Está muy enfadado porque sabe que ella no está desaparecida, sencillamente no está. Ya la policía no le llama, no sabe qué hacer. Después de la reunión intentará poner las cosas en claro.
"Pero, entonces observamos el autorretrato de Caravaggio como severo Goliat, (...) y vemos algo que no había sido plasmado nunca (...) se trata de una imagen en la que claramente se inculpa de algo", eso dice Schama. Lo relee, cree que de eso se trata, de inculpar o inculparse a través de una imagen como lo hace Caravaggio o acaso de otra manera. No lo sabe. Le enerva. Mientras más la lee, la va reconociendo y se siente muy distante de ella, ¿por qué?
Al pasar delante del quiosco de café, cosa que no puede evitar, va luchando contra el viento y la lluvia que le calan los huesos. Llegará empapado, va decidido a darles una lección. Va acumulando rabia, él que es un hombre conocido por su ecuanimidad. Con estos pensamientos y este ánimo su atención es atraída por los gestos grandilocuentes de Yelimar, que desde el quiosco de café le pide acercarse. Le responde con un saludo un tanto desganado, pero ella sigue insistiendo. Al final hace un gesto que le indica que lo hará a la vuelta mientras ella, junta las manos en señal de por favor para complementarlo con un dedo pulgar hacia arriba en señal de acuerdo.
La reunión es en el esqueleto del edificio, le señalan lo que consideran sus errores de diseño. Se está cohibiendo de mandarlos a la mierda porque, al fin y al cabo, son sus clientes, mas no oculta su enfado. Los cita en su despacho, les ruega que lo sigan. Y como si fuera un nuevo Shackleton, les hace atravesar el parque para recibirlos empapados en la lujosa sala de juntas, de amplios ventanales que miran al parque. Con paciencia y no sin sorna explica detalles que no han sido tenidos en cuenta y hace hincapié en la negativa de ingenieros y aparejadores de seguir sus consejos en una última reunión que sesgó cualquier rastro de confianza, por su parte, en esa constructora. Se regodeó en esto último, mandó a imprimir copias de ese informe y del correo electrónico que lo acompañaba. Nunca se sintió mejor avergonzando a alguien, con mucho tacto y poca misericordia les dio a entender que eran unos inútiles. Cuando los despachó con sequedad, rogándoles que, por favor, resolvieran lo antes posible los problemas en la construcción, dejó caer con elegancia la posibilidad de una denuncia penal.
Llamó a su secretaria para que los condujera a la puerta, mientras, él, el primero, se dirigió a su despacho. Eso no lo había hecho jamás, comprendió que le sentaba bien el papel de cabrón.
Se sentó frente a los ventanales para ver como la pequeña expedición atravesaba esa Antártida improvisada, esta vez sin su Shackleton. Rio, nunca había conocido esa sensación. Buscó por internet la imagen del "David con la Cabeza de Goliat" y se sintió identificado, confeso, tal vez. En recepción, la chica del quiosco pregunta por él.
La detalló de arriba a abajo sin entender qué diablos hacía Yelimar en su despacho. Es que me urgía verle, perdón por presentarme así. Lo busqué por internet y vi su foto en la web, ya sabe, despachos de arquitectura cerca de mí, no es difícil. La invitó a pasar.
Después de muchas palabras, excesivas para su gusto, le dio la bufanda que él reconoció inmediatamente. Creo que es usted quien la tiene que llevar a la policía. La dejó sobre su mesa, tal como ella se la entregó, en una bolsa plástica de cierre, y pasó a ser parte de la colección de objetos recibidos. Si tú lo dices, farfulló con desgano y volvió a llamar a su secretaria para que se llevara de su vista a otro intruso. Ese día sentía repulsión por cualquier humano. Necesitaba estar solo. Volvía a mirar la caminería, las gotas de lluvia, a tres imbéciles a lo lejos y ahora a una chica cruzando el paso cebra camino al quiosco de los cafés. El banco de los encuentros, los arbustos y no poderse quitar de la cabeza Blow Up. Le encantaría volver a los arbustos y encontrar un cadáver, que quizá era lo que buscaba las dos veces que bajó al parque.
Vuelve a pensar y se asusta de sí mismo. Piensa en Caravaggio, piensa en Marat y también en David. David pinta un cuadro de un asesinato que trata a un asesino como héroe. El terrorismo masacra personas inocentes mientras justifica su acción por un oculto bien superior que desea poner las cosas en su legítimo lugar. ¿Quiénes son estos asesinos confesos, blanqueados y sin culpas? Aquella noche en la que siente que se rompió su relación, ella insistió que Thomas, el protagonista de Blow Up, era también asesino porque el mal nos tiene a todos. Recuerda que la miró con una decepción profunda porque no podía creer que aquella mujer sensible, cariñosa, tan suya le fuera tan desconocida, porque eso fue lo que acabó la conversación: eres una psicópata y ella se levantó del sofá y se fue a dormir, él no pudo seguirla y vio la película hasta el final.
-Aquí está todo, haga lo que crea conveniente.
-No, no me interesa poner ninguna denuncia.
Está convencido que desde el principio ella se aprovechó de aquel acto tan juguetón de verla desde su despacho en la terraza para quedarse con su mirada. Que luego le obligó a seguirla al pasar delante de su despacho para ubicarse en el mejor lugar del parque para ser vista por él, que Lundberg lo sabía porque lo miró desde la acera en aquel momento en que chocaron sus miradas. Ella quiso que presenciara la pelea y la reconciliación. Cree que dejó el libro para que él lo recogiera y lo devolviera porque sabía que no lo podía tener en casa y que, celoso como estaba, lo dejaría para corroborar que su plan estaba funcionando, y que, cuando Yelimar se lo entregó era como decirle que no la pillaría. Que con todo eso ella le había manipulado para que se sintiera culpable de algo que no había hecho, para que le buscara algún sentido, porque ahora la conocía y más después de aquella última conversación. Entonces le dejó mensajes con Jürgen porque sabía que él era exuberante en explicaciones, lo mismo hizo con Yelimar que no sabía cuando parar de hablar ni como mantener las distancias, era la persona perfecta para encontrar la bufanda. Lo que no alcanzaba a entender era el para qué. Pero eso ya no le importaba, siente que se ha deshecho de ella y de sus patrañas. Ama el orden, odia las truculencias. ¡Que entren otros en el juego!
Lo vi nervioso, creo que fingía no saber nada, pero eso es imposible, ella siempre decía que tenían una relación muy fuerte, que todo se lo contaban, y que él era un muy buen lector de su trabajo, además de ser intelectualmente crítico. Una investigación de esa envergadura no podía serle desconocida. Yo tampoco entendí por qué no sabía nada de Lundberg, era imposible que ella no le hubiera contado sobre él. Ella había sido su alumna y aquí en la facultad no era un secreto su actitud de seductor y más si tenemos en cuenta que ellos se conocieron aquí y que Lundberg también daba clases en arquitectura.
Tocan la puerta, es jueves por la mañana. Desayuna mirando el skyline de su ciudad mientras al soplar la taza de café, el vapor le calienta la cara y el aroma inunda sus sentidos. Desde la ventana ve a la detective aparcar delante de su edificio. Me tiene que acompañar, era más fácil entregarse junto con las pruebas. No entiendo nada de lo que ha hecho. Tenemos dos bufandas que comparten ADN, dos artículos de su mujer que, leídos con detenimiento, señalan a un culpable, un libro subrayado con palabras claves que forman un mensaje y un USB con fotos y documentos. Por cierto, usted nunca denunció su desaparición, nos enteramos por una llamada anónima.
Suena el móvil de la detective, un hombre ha sido asesinado por un terrorista en el parque, se escuchan las sirenas, es Lundberg. Ahora ya poco importa la trampa que ella le tendió para demostrar que era un depredador sexual ni tampoco todas las pruebas que lo señalaban como posible asesino.
Acompáñeme a la morgue, hemos encontrado a su esposa muerta entre los arbustos del parque, lleva días. El principal sospechoso acaba de morir.
Yelimar los sigue con la mirada, pero no se deja ver. Nunca imaginó que se pudiera deshacer tan fácilmente de los obstáculos que tenía para acceder al departamento que dirige Jürgen. Fue genial sembrar en ella el germen del tema sobre arte y terrorismo, fue genial...
(Tienes que haber leído Blow Up, Lecturas y La Bufanda)
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