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La bufanda

Como cada mañana, se preparó su café y, por primera vez, entró en su cuenta privada de Instagram para deslizar con sus dedos un montón de recuerdos. 

Sobre el escritorio del salón, el de uso común, están las hojas del artículo del próximo domingo, o por lo menos eso cree él. "Si pudiéramos entrar en la mente del asesino a través de las imágenes que lo identifican, podríamos predecir sus actos más viles. El terrorismo de estado comienza a funcionar así, es Jacques-Louis David, es Caravaggio, es TikTok. Todos podemos cometer una locura algún día porque la violencia a la carta actúa como legitimación. Hannah Arendt lo nombra la banalidad del mal". Estas afirmaciones le recuerdan aquella conversación después de ver Blow Up, ella fue muy taxativa: tú crees que todo el mundo es bueno, pues deberías ver La Sirenita, y aun así... Las personalidades psicóticas son retorcidas. Puedes ser un prestigioso profesor y esconder un monstruo dentro de ti. El asunto es que el terrorismo de estado hace posible una cortina de humo para este tipo de gente, y cada día es peor. Cualquiera puede ser un asesino, tú, yo, cualquiera. 

Esto le chocaba en lo más íntimo, porque se negaba a entender que las barreras morales fueran tan débiles. Él creía en la ley. Pero, hoy, precisamente hoy, no lo tenía tan claro. ¿Cómo poder dudar de un profesor como Jürgen, por ejemplo? Un hombre sabio, discreto, de buen humor, amable. No, eso de que las apariencias engañan no iba con él. En su profesión, por más altibajos o desperfectos que se pudieran cometer, lo que no sigue las reglas, se cae, incordia, hace más difícil la vida humana. El punto de vista de su esposa le ofende, tanto que... no sabe con quién está compartiendo su vida. Está convencido de que una relación sólo es posible con personas con quienes compartes valores, y ahora está seguro de que ella no es como él. 

Atraviesa el parque, espera el tranvía. Esa mañana no ha ido al despacho, ha decidido ir a la universidad a ver a Jürgen. Ahora que ya ha llegado a la universidad, no sabe qué excusa usar. ¿Entra en su despacho y se planta allí como un pánfilo, le dice que sospecha de la infidelidad de su esposa con un colega, que si él sabe algo, que está allí porque una conversación sobre una película de los sesenta le ha descolocado, que se siente interpelado por no se sabe qué? Definitivamente, no sabe cómo abordarlo. Observa el ir y venir de todos: risas, conversaciones, saludos fríos, silencio. Se sienta en el jardín, cree que ya basta de hacerse el dolido, el despistado, el correcto. En eso siente una mano en su espalda, simultáneamente ve pasar al hombre rubio cargado de libros que va con premura a la biblioteca. ¡Es ella!, cree por un momento, pero no, es Jürgen.

Caramba, qué bien que ha venido. Sí, tengo lo que ella me encargó. Yo creo que es muy valiente de su parte, no todo el mundo está dispuesto. Pero, es lo que yo le digo... venga acompáñeme a mi despacho. Estas últimas semanas ha estado un poco nerviosa, yo les he dicho que no hay por qué, si bien reconozco que ciertos temas son bastante delicados. Ella quiere relacionar lo de la violencia en el arte con el terrorismo, aunque para ello ha tenido que hacer algún tipo de concesiones. No la culpe usted, ella me  contó que se sentía muy incómoda trabajando con Lundberg. Es un investigador muy reputado, tiene el defecto de ser un mujeriego, va de seductor. Si bien lo respeto intelectualmente, esa personalidad suya la detesto. Así van las cosas, la beca de investigación sólo se la darían si ella aceptaba trabajar con él, pues lo aguantamos, yo tuve que apuntarme también para servir de garante de la seriedad del trabajo, nadie se fía de él. Sí, si no fuera el mejor, por mí, ya estaría trabajando en otro lugar. Son las cosas de la academia. Su esposa sabe como nadie mantenerle a raya. Se citaba con él en el parque, delante del quiosco de Yelimar, y ella se encargaba de interrumpir cada vez que intentaba pasarse de la raya. Estas mujeres saben protegerse. Espero que no se tome nada de esto como un asunto personal, es un juego y es una lástima que todavía hoy una mujer tenga que andar de puntillas en situaciones así, de abuso de poder.

El paquete está en sus manos. No se atreve a preguntar qué hay. Tampoco lo quiere saber. Sus pensamientos no le conducen a ninguna parte. Se despide amablemente. Da las gracias. Está confundido.

Desde el ventanal, mira hacia el parque. Ninguna mujer cruza el paso cebra. Sobre su mesa está todo desplegado: dos libros, un USB, tres revistas especializadas y una bufanda verde en una bolsa de plástico.

Entonces va al quiosco, ahora que no hay gente. ¿Ah, no se lo había contado? Bueno, se entiende, ella no iba a querer que usted se preocupara. Entonces convino en encontrarse en el parque con él, porque, tal como ella me dijo, era zona segura. ¿Que, por qué? Bueno, porque en la facultad siempre hay habladurías, además de que ganó esa plaza para la investigación por encima de algunos adscritos y eso siempre da mucha rabia. De todos modos, yo sé que estaba incómoda trabajando juntos. Imagínese que hasta me contó que se quitaba el anillo de casada para verse con él porque no paraba de asediarla, así por lo menos se creía que ella estaba disponible y la dejaba en paz, mientras ella lo engañaba con la posibilidad de un romance que no sería. Entiendo su asombro, pero no se preocupe, ella sabe lo que hace.

Si quiere llegar hasta el final, tendría que jugar muy bien sus cartas. Sabe que está engañando a Lundberg con una posibilidad que no cumplirá, pero él le cree. Por otra parte, le preocupa los contactos que ha hecho en la dark web. El otro día se le acercó discretamente un simpático imán que con una sonrisa le advirtió que si no los dejaba en paz, ellos tampoco. Alá es sagrado. Lo de Lundberg lo tiene controlado, sabe que anda obsesionado con ella, lo segundo ya son palabras mayores. Está decidida, porque si una cosa tiene es decisión. La empuja la rabia de sentirse acosada sexual e intelectualmente. La empuja la injusticia que supone el terrorismo, venga de donde venga, su idea no es señalar a nadie en particular, es señalar a todos como cómplices, quizá esto último tranquilizó al imán.  

Aquel día, en el parque, escondido entre los arbustos, los ve hablar. Ella le muestra el libro, pero él se ríe. Se van caminando hasta el otro lado, hacia la parada del tranvía, pero tardan en reaparecer en la caminería. Entonces, decide que basta de hacerse el estúpido, de ser crédulo, que a lo mejor el mundo es, como ella dice: uno en el que todos somos crueles, que sólo basta con tener un motivo. Ver, no es una opción.

En el quiosco de café, Yelimar está inquieta, ayer en la mañana habló con el arquitecto, pero no sabe donde trabaja, y tampoco dónde vive. Y es que ayer en la tarde, paseando con el perro, encontró entre los arbustos, la bufanda fucsia, sucia con restos de sangre y barro. 

(Tienes que haber leído, Blow up y Lecturas... continuará)





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