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Lecturas

Si podía o no podía aguantarlo, ese no era el verdadero problema. Lo verdaderamente grave era que no sabía cómo enfrentarlo. Cada mañana intentaba seguir su misma rutina por aferrarse a algo: frugal desayuno matutino, vida perfecta, camisas planchadas, casa limpia y un gran vacío ahora que sólo disfrutaba de la compañía de su gata, que, de tanto en tanto, se dignaba a acercársele para pedir o dar (uno nunca sabe con los gatos) un poco de cariño o atención ejecutando un lento vals que bailaba entre sus piernas mientras él hacía el café y ella esperaba su comida. Maullidos que eran lo más parecido a una conversación, petición de cambio de arena incluida. Entonces ponía la tele para saber lo que había pasado en el mundo mientras dormía. Prefería la emisora local porque era más importante enterarse de algún corte de carreteras por la nieve o de un nuevo proyecto en la zona que pudiera afectar algún plan futuro. Y por encima de todo saber, entre los sucesos que sorteaban crímenes, robos o accidentes terribles, si alguna persona había desaparecido o acaso, encontrada. Hace dos días dieron la alarma de un chico y al final apareció apuñalado entre las vías del tren, pero no muerto y ahora se recupera. Jamás le interesaron este tipo de noticias, antes sólo las dejaba pasar porque el hombre del tiempo venía después.

No supo dar explicaciones, no supo y no quiso decir lo que había visto los días anteriores a ese día. Reconstruyó como pudo y de forma convincente una versión ligera de los hechos. Qué vio a su mujer  por casualidad desde los ventanales de su oficina, que la vio leyendo tranquilamente un libro enfrente del estanque, que decidió bajar para proponerle un café, pero que mientras se ponía su chaqueta, vio a un hombre acercársele que parecía molestarla. Que vio, mientras bajaba por el ascensor de cristal, como el hombre la zarandeaba, la cogía por el brazo y ella se zafaba para echarse a correr, que los perdió de vista porque el pequeño edificio de aparcamiento lo impidió y cuando cruzó la calle corriendo para llegar al sitio ya no había nadie. Obvió que fue corriendo hacia la dirección en que supuso la huida, obvió que eso fue lo que pasó un par de días antes, obvió que se quedó con el libro que estaba en el banco, que luego volvería a dejarlo allí para que se supiera que no estaban ni habían estado ni estarían solos nunca más.

La policía lo interrogó entonces y lo ha seguido haciendo. No concretan absolutamente nada, buscan un atacante, aunque últimamente se decantan por una desaparición. Dicen que sin víctima no hay victimario, estas palabras le duelen en el alma, le descomponen, le agitan en la noche, le hacen llorar como un niño.

Hoy está inquieto, pues ayer en la noche viendo una serie policíaca se dio cuenta de que era muy probable que los del quisco de café tengan mucha más información que él y la policía. Piensa que si les pregunta algo es probable que la policía lo tome por sospechoso, pero que si no lo hace jamás podrá tener otra versión de los hechos. Se decide. Son dos chicos amables, inmigrantes ambos, por lo que hay alguna garantía de colaboración sin recelo y poca implicación ciudadana al no conocer los códigos, las leyes, las consecuencias de las acciones en países tan socialmente controlados como este. Le saludan, comentan que hacía días que no lo veían por aquí. La chica, que es muy extrovertida, saca el libro, aquel libro, y se lo entrega, dice que a su esposa se le cayó el otro día, yo lo recogí para dárselo, pero se ve que tenía prisa, iba acompañada. Lo guardé y pensé en dárselo cuando la viera, pero ya hace días que no viene. Aquí lo tiene. Es un libro muy interesante "Ciudadanos" de Simon Schama, lo leí en la universidad, porque soy Licenciada en Bellas Artes con un Máster en Estética y Política. Él la miraba perplejo.

La conversación no acaba y no sabe cómo detenerla, pero su voz cantarina y la cantidad de información que contiene esa música le hacen pedir más y un café. Su esposa es una mujer muy inteligente, se viene aquí a leer, a hacer una pausa. Me contó que estaba escribiendo sobre terrorismo de estado y arte, que por eso estaba leyendo sobre la revolución francesa. A veces se encontraba aquí con un colega, un exalumno del profesor Jürgen. Un día tuvieron una discusión porque no se ponían de acuerdo con el significado de un cuadro "La muerte de Marat" de Jacques-Louis David. Eso me lo contó el día siguiente que, parece, hicieron las paces. Y no los he vuelto a ver desde entonces, imagino que estará ocupada, yo siempre espero su columna semanal en el periódico local. No, no sé cómo se llama su colega, pero creo que me dijo que era investigador, como ella. Lo del profesor Jürgen lo recuerdo porque soy alumna de él en el doctorado. Siempre tengo unas conversaciones superinteresantes con su esposa.

Estaba totalmente descolocado, porque ahora se enteraba de que ella estaba trabajando en una investigación, o sea, un libro, un artículo o una conferencia, igual da. No entendía por qué se lo había ocultado si día a día se lo contaban casi todo. Cogió el libro, le dijo que se lo entregaría, que muchas gracias de su parte. Llevar el libro de vuelta a casa como el otro día, tenerlo como prueba de haber estado allí en esa especie de napa misteriosa y extrañamente íntima, le escocía las entrañas.

Empieza hojearlo, está subrayado, sobreescrito, y tiene un solo marcador en una página que destaca esta frase "(...) aumentó las apuestas por las cabezas. Dijo que hacía falta que rodaran millares, y no cientos, antes de que la patrie pudiera sentirse a salvo." Y no supo por qué esa frase le aterrorizó.

Mañana irá a ver al profesor Jürgen aunque no sabe qué ni por qué motivo, a lo mejor entra en una de sus clases, a lo mejor quiere ver al hombre rubio allí, a lo mejor a ella, a lo mejor a los dos juntos sonriendo. No sabe si hacerlo porque teme que la policía lo esté siguiendo, no sabrá contestar sobre el motivo, o si lo sabrá. Seguro que sabrá decir la verdad o creerá que es más fácil tergiversarla para simplificarla y no tener que dar explicaciones. Una cosa es cierta, todo lo que sabe hoy no lo sabía ayer, y ahora tiene curiosidad por leer lo qué estaba escribiendo ella.

Él sabe que la nota sobre arte en la revista del domingo, no saldrá. Le gustaría encontrarla, pero lo duda, ella suele esperar a la acogida de la recién publicada para continuar con el tema o seguir con otro. Desde que no está no había osado entrar en su despacho, en este instante lo va a hacer. Cree oler su perfume mientras observa su orden inalterable, ella la disciplinada, la organizada, la previsible. En una bandeja están impresas dos próximas entregas, o eso cree. No sabe si tendrá las agallas de leerlas. 

Es sobre Caravaggio, de quien ya se conoce su reputación de pendenciero, violento y asesino. En el análisis de El Martirio de San Mateo ella hace hincapié en el personaje que está a la izquierda, que es el lado de lo siniestro, del mal, es un autorretrato, en la pintura es un personaje que aparece como si quisiera intervenir, pero que es detenido por otro personaje que nos da la espalda. "Es como si el propio Caravaggio, al exponer su  figura en El Martirio de San Mateo, sea a la vez testigo y cómplice. La mirada que nos hace sentir que estamos allí sin estarlo, es la confesión de que somos parte de esa injusticia. Nadie puede seguir presenciando una escena como esa sin ser cómplice". No quiere seguir leyendo, pero lo hace en diagonal. "Cualquiera, sólo con mirar, puede descubrir tanto el bien como el mal que alberga dentro de sí. Caravaggio es capaz de desnudar al más puro de los individuos y llevarlo a los infiernos que frecuentaba. Tiene que ver con la mimesis. La imagen nos empuja con demasiada e incontenible fuerza hacia la acción". ¿Qué has hecho maldita mujer, qué has hecho? Y no sabe el porqué de su exclamación porque algo le revuelve y lo lleva a aquella tarde. Tiene que ver a Jürgen.

(Tienes que haber leído Blow Up)













"Se guillotinaría a la democracia revolucionaria en nombre del Gobierno revolucionario”









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