Ir al contenido principal

Zurumbático

De él se decía que no era demasiado inteligente, un pasmado, eso decían. A él le resultaba exactamente igual lo que se dijera en el pueblo porque, al fin y al cabo, no era relevante para su existencia.
Es verdad que no era demasiado vivo, su madrina le decía: Ay, mijo, no seas tan achanta'o, tienes que echarle pichón y no echarte las bolas al hombro, en la vida no todo es mango bajito, mira si te pones las pilas hay muchas cosas que están a pata'e mingo. ¡No seas cabeza e'tapara! Pero, él no hacía caso y vivía de pescar un pescado al día y como no tenía cómo conservarlo, se lo tenía que comer con una arepa, o con un trozo de yuca, o con un tostón, o con un jojoto, con suerte un aguacate, dependiendo de la época y de la suerte, pero como no era un tipo con suerte, jamás había probado un aguacate. Un día arrancó una lechosa verde, creyendo que era uno, y no le gustó.

Por aquellas costas plagadas de mosquitos y jejenes en la tarde, de calor insoportable al mediodía, no le quedaba otra que pescar en la mañana muy temprano. Así, con los primeros rayos del sol se levantaba, se ponía sus alpargatas y con la misma ropa que había dormido en su chinchorro, se iba a la mar, eso sí, después de su guarapo, su empanada, su arepa o su casabe que le daba la jeva del chino, que era empanadera y a la que él ayudaba a montar el anafe. Por eso, siempre llegaba tarde, mientras, a lo lejos ya estaban los pescadores en sus barcas, con sus redes y sus gritos y sus burlas: eres un queda'o, le gritaban, ¡come avispa, Zumba'o!, y seguían con sus risotadas.

A la orilla estaba el pueblo, eran unas casitas pintadas de todos los colores, no porque esas gentes hubieran hecho algún esfuerzo en ello, sino porque ahí llegaba lo que llegaba, a veces azul verde chillón, otras, tres galones de amarillo que compraban entre Pancha y Josefina, o un rosa chicle que le tocó a Onofre Pecho Pelúo que era cantante.

Él no vivía en ninguna casita, sino en una choza que encontró a la orilla de la playa, preguntó de quién era y le dijeron que del primero que la cogiera porque el dueño, Venancio, que jugaba muy bien a las bolas criollas, se había muerto ahí una noche a causa de un beriberi. Total que él la arregló como pudo, poniendo un poco más de palmas en el techo y gestionándose unos cuantos tobos de bahareque de cuando el Cojo Herrera se estaba haciendo la casa porque ya Baudilia estaba a punto de parir.

Cuando llegaban los pescadores, el Turbo, el Flaco, el Pollo, el Chelo y el Cucho, con sus pescados multicolores se armaba la fiesta en el pueblo porque sus esposas: la Turba, la Flaca, la Polla, la Chela y la Cucha se encargaban de prepararlos y ponerlos en los ventorrillos, fresquitos y relucientes, listos para comer en el restorán del gallego, que era catalán, y que llamaban el Arrechón por su carácter irascible. La gente de la ciudad venía y se los llevaban, otros los compraban para que el gallego se los preparara y se los sirviera con una cerveza fría como culo e'foca y con una bandeja de hallaquitas, yuca frita, tostones y guasacaca.

Mientras eso sucedía en el pueblo, (bueno, las cuatro casas que conformaban el núcleo humano que se asentaba ahí), él estaba distraído pescando su pez, mirando para arriba porque había comprobado que si se hacía el distraído los peces picaban más rápido. El pez picaba, no tan rápido porque, hay que decirlo, tardaba lo suyo, pero no tanto, lo suficiente para llevárselo al gallego que se lo cocinaba (según el día lo tiraba en el aceite caliente o sobre las brasas tal como se lo había dado). Era todo un detalle de su parte darle alguna hallaquita o arepa, o yuca, o tostón, pero nunca aguacate, la cervecita se la ganaba ayudándolo a recoger y limpiar las mesas y las sillas y a barrer el terraplén.

Un día se encontró en la playa con una turista muy curiosa. Estaba sola con un cuaderno y un lápiz. Por un momento pensó: se parece a la Sayona, con ese pelero negro alborotado, me da culillo, menos mal que se lo acaba de recoger con un pañuelo, ahora ya tengo guáramo para acercarme. Venía con su pescado, con el pescado, ella lo vio y le dijo que no quería comprar nada. Él le contestó que mejor así, porque él tampoco vendía nada, así que tiró el pescado en la arena y se sentó cerca de ella, a verla, sin hablar, no quería molestar. Ella le preguntó que qué estaba haciendo, él le contestó que nada. ¿No se irá a quedar aquí todo el rato? No, todo el rato no, pero algún rato sí. ¿Y el pescado, usted cree que ahí en la arena es un buen sitio para conservarlo, lo digo por el calor, se lo tendrá usted que llevar, no? ¿Adónde?, dijo él, porque su lógica así le aconsejaba. Pues, no sé, a su casa. En mi casa este pescado no tiene nada que hacer, ahí sólo tengo espacio para mí. Sobre el catre no, en la hamaca, tampoco, tengo una silla, pero no es para el pescado.

Ella se rio para sus adentros, parecía un personaje muy básico, sobre todo para ella, doctora en literatura comparada por la Universidad de Houston. Estaba ahí investigando sobre la conservación de la narrativa oral de los pueblos afroamericanos después de ser liberados de la esclavitud y su consiguiente huida por la cordillera de la costa hasta que se asentaron en ese lugar. ¿Y qué va a hacer con el pescado? Él le contó  su futuro inmediato y agregó: después en la noche me voy donde Pancha, la ayudo recoger el reguero de los que van ahí a echarse los palos, a veces llego a tiempo para evitar algún peo, aquí se ponen muy peleones cuando beben. ¿Y por qué no pesca más? Pues, porque yo con un pescado tengo, no soy de mucho comer. ¿Ha comido, usted, aguacates, guanábanas, nísperos, cambures o mamones? No, eso lo venden por ahí, pero yo no tengo plata pa'eso. 

Entonces, como ella se dio cuenta de que el personaje no tenía luces, o las que tenía eran muy opacas, le sugirió que pescara dos pescados al día siguiente, y que llevara uno a la casa que estaba al lado de la iglesia, que ahí le darían a cambio aguacates, guanábanas, nísperos, cambures o mamones. Él lo hizo, su técnica no fallaba, en verdad tenía que esperar muy poco porque, según él sabía, los peces eran unos pendejos y por eso, fáciles de caribear.

Cuando picó el segundo pez, se fue corriendo adonde el gallego para dejarle el suyo, pero el gallego vio que el otro pescado era tan grande y tan bonito que se lo compró, hasta le dirigió la palabra con una sonrisa: ¡Zumbao nos vemos después! Lo despidió rápido porque no quería tenerlo por ahí ladillando a la hora del servicio. Y como no tenía nada que hacer, se fue a pescar otro para hacer lo que la mujer aquella le había dicho, pero antes metió los reales en una caja que tenía en su choza. Así se fue con el otro pescado a la casa aquella y le llenaron una bolsa con aguacates, guanábanas, nísperos, cambures o mamones. Y él se fue contento chupándose un mamón dulcito como nada. En el camino lo paró Paraulata el que jugaba dominó con el Chingo, el Cabezón y Cielito Lindo, el del lunar junto a la boca, y le compró toda la bolsa.

Él se fue a su choza y tiró el dinero en la caja aquella que estaba debajo de la mesita. 

Con ese ritmo, el Zumbao y sus pescados se fueron haciendo famosos, pero los pescadores del pueblo: el Turbo, el Flaco, el Pollo, el Chelo y el Cucho, junto con sus esposas, la Turba, la Flaca, la Polla, la Chela y la Cucha y todos sus carajitos, estaban muy arrechos porque le estaba quitando la clientela del pueblo. Iban encabezados por el Pollo, que era un gallito de pelea y que iba alborotando a sus hermanos: ¡Vamos a darle una coñaza a ese guevón, pa' que aprenda a respetar!  Así llegaron ahí una tarde, con gritos y amenazas, y antes de que se formara la sanpablera, él, con su cara de gafo, les propuso darles toda la plata que tenía en la caja aquella, para que se compraran otra lancha y pescaran más. ¡Zumbao, tú estás podri'o en rial!  Y  se fueron contentos a gastarse parte del dinero en lo de Pancha, en donde cogerían una pea, apostarían con Paraulata al dominó o con el Ñato, a las bolas criollas. Después, a la semana, aparecieron el Turbo, el Flaco, el Pollo, el Chelo y el Cucho, con unos reales para él porque estaban ganando plata vendiendo el pescado a una pescadería grande de la ciudad.

Y como el pescado en el pueblo comenzó a escasear, al Zumbao no le quedó más remedio que enseñar al Musiú, el hijo del gallego que era catire, su truco para pescar, y entre los dos abastecieron al pueblo, un pescado a la vez porque no tenían donde guardarlos: en su casa sólo tiene espacio para él, en el catre no, en la hamaca, tampoco, y la silla, no es para el pescado.

La mujer del otro día pasó por la choza aquella tarde, él le hizo una seña con la mano para que se acercara. Me dijeron que se va mañana, siéntese, mire, tengo una cervecita fría, ¿me acompaña? Ah, y mire, hoy en la casa aquella me regalaron un aguacate. Es que la mujer esa dice que es maestra como usted y que quería no sé qué para los chamos de la escuelita y le di unos reales que tenía en mi caja, se puso tan feliz como una lombriz, me dijo que yo era un tipo chévere y no un zumbao, y me regaló este aguacate.

Ella se le quedó mirando, era la primera vez que él comía un aguacate. Cerraba los ojos como quién está viendo a Dios y sonreía de puro placer, ella lo acompañó en los gestos y chocó las dos latas de cerveza en informal brindis porque, como todo el mundo sabe un zumbao es todo lo contrario a un zurumbático, por eso...



____________________
Para ver algunos modismos venezolanos
https://matadornetwork.com/es/frases-que-solo-los-venezolanos-entendemos/
https://psicologiaymente.com/reflexiones/palabras-expresiones-venezolanas
https://www.wikilengua.org/index.php/Palabras_de_Venezuela





Comentarios

  1. Maravilla de cuento!. Especialmente Ingenioso este. Que ganas de una piña colada en la playa!!

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Devuelta de la tristeza

Riéndome como una cualquiera, de cualquiera. Como quien llora la muerte de un amigo en Diciembre. Reírse en medio del tren y que los demás volteen. Riéndome del último chiste de mi mamá y en su entierro. Reírme de las caras patéticas de la gente seria. Riéndome de la risa forzada de las comedias americanas. Reírse de la cara que pones cada mañana cuando me río de tu cara. Reírme de los chistes de Pedro que en vez de contarlos los ‘descuenta’. Riéndose todos del cuento del boquineto y la taza de café. Riéndome de los excesos de la razón y la exigencia. Reírme en Canaima como en Badalona. Reírse del mendigo que no inspira lástima. Reírme con el que me saca el duro con simpatía. Riéndome de una estúpida receta de cocina, de un cocinero afectado que combina los huevos, la mayonesa y la bechamel. Reírse de las teorías cósmicas recitadas por el conejo de Alicia —reírme del doble sentido si Alicia me conociera. Riéndome del chiste veloz. Reírse de las ocurrencias ociosas: del autobús mutante,...

Irreparable

" Recuerdo el tiempo en que pensábamos que habíamos venido al mundo a elegir entre el mal y el bien. Luego supimos que había que abrazar dilemas, elegir entre lo malo y lo malo, elegir entre lo bueno y lo bueno, y todavía era llevadero porque parecía posible elegir lo menos malo, o lo más bueno. Hasta que nos dimos cuenta de que no habíamos contemplado lo irreparable. La vida se empeñaba en colocarnos ante elecciones que comportaban pérdidas irreparables, una y otra vez".    (Belén Gopegui) Me desperté con una sensación de liviandad, parecía que ya había pasado la tormenta. El cielo de anoche era un espectáculo digno de cualquier cuadro de Caspar David Friedrich, parecía que todo se iba a desplomar en un segundo, porque desplomar es una buena palabra que describe la caída aparatosa y a la vez ese color plomizo de las turbulentas nubes que provoca pavor.  Lo siguiente fue un episodio sin precedentes, por lo menos para mí: vientos fuertes que azotaron sin parar puertas...