Ir al contenido principal

De mi arca y otros animales.

Muchos siglos después de la muerte de nuestro señor, en algún lugar más allá del mar de los Sargazos, probablemente tres o cuatro horas después del galicinio, en el mes más corto del calendario Justiniano, comenzó a suceder. Era una insignificante llovizna que iba y venía pese a que algunos auguraban tormenta. El cielo parecía amable, de hecho, muchos comenzaron a labrar la tierra aduciendo que, de ese modo al sembrar serían bendecidos con esa especial garúa que hace germinar las semillas sin empaparlas ni arrastrarlas.

Yo miraba el movimiento de las nubes sin ser meteoróloga, les decía a mis amigos que tuvieran cuidado, pero no me hacían caso. Parecía una posesa del espíritu de Noé, de hecho pensaron que padecía ese síndrome homónimo, no por acumulación de animales sino por el temor a un diluvio que nadie se creía. 

Obedeciendo a mi instinto, y sólo a él, comencé a construir un arca, en mi caso no metería allí a ningún animal común, sólo a aquellos que peligraban de extinción.

Primero convoqué a las vetus memoria, eran las más grandes, por lo que pensé que deberían ser las primeras en entrar y quizá las últimas en desembarcar. Acto seguido, los artes novae, eran un poco más pequeños, aunque ocupaban mucho lugar porque eran muchos, de estos era conveniente llevar más de una pareja porque dentro de la especie había infinidad de razas y así se podrían cruzar entre ellos. También busqué consolationes, talenta, fortitudo y  temperantia y así embarqué. Ya de lejos un par de humilitas se lanzaron al agua porque eran anfibias y no me quedó más remedio que subirlas sin saber si me serían útiles. 

Fue una larga travesía con el miedo en el cuerpo porque, en verdad, pese a los testimonios de Aristóteles y algunos otros viajeros exóticos, yo aún no tenía demasiado claro ese asunto de la redondez de la tierra. Y sí, no llegué nunca al borde porque al cabo de muchas tormentas, peleas a bordo entre las artes novae y los talenta, las temperantia y los fortitudo que eran feroces y peludos, todo hay que decirlo vislumbré una tierra aparentemente firme.

No se trataba de una tierra cualquiera, antes bien, era ancha y árida como nunca la había visto. Al desembarcar no había nadie, es decir, no era como las imágenes aquellas de indígenas que reciben con prendas, cánticos y regalos a los viajeros intrépidos. Temí que fueran agresivos o acaso abúlicos. Así que decidí que, como ahí no llovía, desembarcaría yo con todos mis animales. ¡Uy, nunca imaginé que tendría, ahí sí, una recepción tan parecida a un rechazo! 

Enseguida aparecieron unos tipos peludos y con capas, cosa extraña porque estaban desnudos, no sólo sus cuerpos, sino que no llevaban  ningún atavío de educación: eran gentes hoscas, malhumoradas y ajetreadas, iban dando voces aquí y allí, me cogieron del brazo y me pusieron delante de un improvisado cajón en el que yacía un sombrero con una pluma de perdiz, eso quería decir que aquí las había. No entendía nada. Entonces comenzaron a hacerme preguntas, y todo lo que contestaba lo ponían en duda, me trataban como una mentirosa. Cuando preguntaron por el contenido de mi arca, les dije la verdad, eso sólo les provocó bostezos y algo de picazón, acaso eran alérgicos a las artes novae, hay mucha gente que lo es. Y fue ahí que comenzó la parte más complicada: la revisión de cada ejemplar, los permisos sanitarios, y claro, el control de aduana que aducía que, al ser animales raros, no podían entrar al país sin pagar un arancel muy alto. 

El revisor se miró de reojo a todos: los vetus memoria, las artes novae,  las consolationes,  los talenta,  los fortitudo, las temperantia y las humilitas, que además de huidizas, eran las más inquietas e impredecibles. Trató de ordenarlos, y al no lograrlo me instó a mí para que lo hiciera, y lo hice. Me dijo que volviera en quince días cuando acabara con el registro, meticuloso (se puso el sombrero, al decir esta palabra). Pensé en cumplir sus órdenes aunque me costó un poco imaginar cómo los alimentaría porque las artes novae comen libros y utensilios diversos, las consolationes necesitan mucho espacio y nada de agitación, los fortitudo siempre quieren ejercicio y retos, las temperantias  comen de todo pero lentamente, y las  humilitas, además de movidas no soportan las fresas ni la ropa cara, las vetus memoria, en cambio comen todo lo que les den, pero son muy grandes a la hora de sacarlas a pasear.

Quince días fueron suficientes para hacerme la idea de cómo era aquel lugar de gente peluda y desnuda pero con capas. Sus costumbres eran básicas, y yo no entendía nada porque de pronto y sin venir a cuento se reían de mí. La mayoría llevaban sombrero y descubrí que éste les servía para hablar consigo mismos, la persona con el sombrero conversaba con ella misma pero sin el sombrero. Observé que eran muy prestos al soliloquio, lo contrario de mí que iba vestida con aroma de mango y buscaba hablar con todo el mundo.

Pasados los quince días, ¡ay Dios!, las vetus memoria tenían calambres por no salir, las artes novae no habían comido nada, estaban famélicas, las consolationes se habían escapado y todavía las estaban buscando, los fortitudo estaban totalmente descontrolados, igual que las temperantia, y lo peor es que le dieron fresas a las humilitas. Con ese desaguisado y teniendo que reparar los daños, además tuve que pagar los aranceles y una multa por navegación ilícita. Allí estaba permitido solamente el desembarco de: Naos, Carabelas, Galeones, Galeras, Dromones, Bergantines, Cocas, Urcas, Bajeles, Drakkares, Saetías, Fustas, Galeotas, Leños, Panfiles y Tafureyas sin excepción, nada de arcas. 

Me fui de ahí con la preocupación de encontrar un lugar en el que cupiéramos todos, y yo sabía que lo encontraría ahora que las temperantia lideraban a la manada y las humilitas inquietas estaban a la cola cerrando el cortejo.

¡Qué alivio despertar sobre mi barca! Todos están felices y apaciguados, cada uno en su lugar. Todo había sido una horrible pesadilla. Ahora sé que no hace falta desembarcar en lugares hostiles, porque, sobre las aguas azules turquesas cristalinas está mi hogar.

Hui del diluvio que arrasó al país por eso nunca pude votar a un dictador.

Glosario: Vetus memoria: viejos recuerdos. /artes novae: nuevas técnicas/ consolationes : comodidades/talenta: habilidades /fortitudo: coraje/ temperantia: templanza/humilitas: humildad


Rayda Guzmán.Tocar fondo, 2022
Óleo s/madera, 1,20x 1,00 mts



 



Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Devuelta de la tristeza

Riéndome como una cualquiera, de cualquiera. Como quien llora la muerte de un amigo en Diciembre. Reírse en medio del tren y que los demás volteen. Riéndome del último chiste de mi mamá y en su entierro. Reírme de las caras patéticas de la gente seria. Riéndome de la risa forzada de las comedias americanas. Reírse de la cara que pones cada mañana cuando me río de tu cara. Reírme de los chistes de Pedro que en vez de contarlos los ‘descuenta’. Riéndose todos del cuento del boquineto y la taza de café. Riéndome de los excesos de la razón y la exigencia. Reírme en Canaima como en Badalona. Reírse del mendigo que no inspira lástima. Reírme con el que me saca el duro con simpatía. Riéndome de una estúpida receta de cocina, de un cocinero afectado que combina los huevos, la mayonesa y la bechamel. Reírse de las teorías cósmicas recitadas por el conejo de Alicia —reírme del doble sentido si Alicia me conociera. Riéndome del chiste veloz. Reírse de las ocurrencias ociosas: del autobús mutante,...

Irreparable

" Recuerdo el tiempo en que pensábamos que habíamos venido al mundo a elegir entre el mal y el bien. Luego supimos que había que abrazar dilemas, elegir entre lo malo y lo malo, elegir entre lo bueno y lo bueno, y todavía era llevadero porque parecía posible elegir lo menos malo, o lo más bueno. Hasta que nos dimos cuenta de que no habíamos contemplado lo irreparable. La vida se empeñaba en colocarnos ante elecciones que comportaban pérdidas irreparables, una y otra vez".    (Belén Gopegui) Me desperté con una sensación de liviandad, parecía que ya había pasado la tormenta. El cielo de anoche era un espectáculo digno de cualquier cuadro de Caspar David Friedrich, parecía que todo se iba a desplomar en un segundo, porque desplomar es una buena palabra que describe la caída aparatosa y a la vez ese color plomizo de las turbulentas nubes que provoca pavor.  Lo siguiente fue un episodio sin precedentes, por lo menos para mí: vientos fuertes que azotaron sin parar puertas...

Zurumbático

De él se decía que no era demasiado inteligente, un pasmado, eso decían. A él le resultaba exactamente igual lo que se dijera en el pueblo porque, al fin y al cabo, no era relevante para su existencia. Es verdad que no era demasiado vivo, su madrina le decía: Ay, mijo, no seas tan achanta'o, tienes que echarle pichón y no echarte las bolas al hombro, en la vida no todo es mango bajito, mira si te pones las pilas hay muchas cosas que están a pata'e mingo. ¡No seas cabeza e'tapara! Pero, él no hacía caso y vivía  de pescar un pescado al día y como no tenía cómo conservarlo, se lo tenía que comer con una arepa, o con un trozo de yuca, o con un tostón, o con un jojoto, con suerte un aguacate, dependiendo de la época y de la suerte, pero como no era un tipo con suerte, jamás había probado un aguacate. Un día arrancó una lechosa verde, creyendo que era uno, y no le gustó. Por aquellas costas plagadas de mosquitos y jejenes en la tarde, de calor insoportable al mediodía, no le qu...