Como cada noche, antes de dormir, se sigue el ritual: cepilla sus dientes, lava su cara, se pone su pijama, previamente ha hecho una infusión y se mete en la cama, enciende la lámpara y coge un libro, el que esté en la palestra en esos días. Las lecturas pueden ser de diverso tipo. Debido a su formación hay ensayos filosóficos que le divierten, le gusta también la divulgación de tipo humanista-científica, le gustan las novelas, pero no excesivamente largas.
Preparada, de esta guisa, va a su suerte, o sea, a dormir. Hay noches en las que le cuesta coger el sueño. Entonces imagina cosas que tiene pendientes, visualiza un cuadro, o la trama de un cuento, o una forma escultórica, todo ello con sus dificultades técnicas y los retos que suponen, en algún momento el sueño vendrá, eso es seguro. Otras, no tiene tanta suerte y aparece el insomnio con sus temores, con sus pensamientos negativos o los recuerdos desagradables.
En general, puede decir que ha tenido una buena vida, aunque ha pasado por túneles demasiado largos, en los que ese llamado ‘final del túnel’ no parecía estar registrado en su construcción.
Recuerda aquellos años muy largos, fue la espera más larga. Se reconocía a sí misma con la capacidad de encontrar un buen trabajo, porque estaba bien formada y hablaba cuatro idiomas muy bien y se defendía en otros dos. Necesitaba esa rutina que se le había escapado al cambiar de país. Echaba de menos los días caraqueños con el tráfico, con los salones de clase abarrotados, con sus alumnos. Echaba de menos a sus compañeros de universidad, las discusiones intelectuales, los retos. No echaba de menos: el desprecio, el miedo, la miseria, la mentira ni la traición. Pensar en ello, la anclaba como a nadie en este presente.
Largos años de espera y por fin, la reconocen. Encuentra, no sin ayuda, un buen cargo en una universidad privada, de no tener nada, de pronto es Vicerrectora de Relaciones Internacionales. Era el premio a su paciencia, era el reconocimiento. Ella que tenía tantas ideas, que había viajado, que pondría a esa facultad en la lista de las buenas facultades europeas, que entendía ese punto en el que la realidad se desvinculaba de la teoría, ella que estaba lista para demostrar.
Fue muy corto. Se empeñó en hacerlo bien y ese fue el problema, porque no se trataba de hacerlo bien, se trataba de ser menos independiente, se trataba de sobarle el ego al rector, de trabajar para vender a la facultad como quien vende enciclopedias, se trataba de ser sumisa, en todos los sentidos, se trataba de renunciar a sus sueños.
Lo que sucedió no es fácil de explicar. Comenzó la presión: zancadillas a cada una de sus iniciativas, horarios mal programados, reuniones a las que no podía asistir y compromisos extra cátedra de los que nunca se enteraba porque no estaba en el grupo de WhatApp correspondiente. Llegó el estrés con sus errores, pero una tarde, mientras salía de su oficina y pasaba por los pasillos mirando a la gente trabajar, se preguntó: ¿y esto es trabajar?
Entonces recordó lo que para ella era trabajar: llegar a su casa, abrir sus libros, preparar sus clases y, en la noche, después del ritual, repetir cada una de las frases que diría al día siguiente. Trabajar era sentarse a corregir los exámenes, trabajar era citar a sus alumnos para las correcciones y ser pródiga en explicaciones, trabajar era ir a la facultad y discutir temas interesantes con sus compañeros, publicar un artículo a posteriori o preparar una conferencia, trabajar era formar a la gente de bien que vendría después de ella. Aquello que acababa de ver, no era trabajar.
Se fue inquieta a su casa, deseó, como en los cuentos infantiles que un hada madrina le borrara esos pensamientos, ese sentimiento, que la mantuviera a gusto en aquella realidad, que le hiciera entender que eso era lo mejor para ella. Sin embargo, aquel día, y sin saberlo, el destino estaba echado, las cartas ya estaban marcadas y su hada madrina no apareció…
Esa mañana llega a su despacho, cansada pero con ánimo. Ha preparado un informe con detalles, ideas, soluciones pertinentes a su inspección en Friburgo, donde, a decir verdad, no se sintió bienvenida, porque su misión era constatar los malos manejos que se hacían de los recursos. Con su informe, acude a la llamada del rector. Ella pensaba que él estaría contento, a cambio, él le dio el cheque de finiquito y ni siquiera un gracias por tus servicios. Le costó entender aquel gesto odioso de apartar su informe y cambiarlo por un cheque. Le costó entender que todo había acabado. Y fue peor, no tuvo dignidad, rogó y por supuesto no fue escuchada.
Pero, ella es ella, la de siempre. Se rehizo. Fue a la oficina, vació todos sus archivos, los sacó de las carpetas y los tiró en un rincón. Dijo, esto no ha servido para nada. No recuerda si se despidió, aunque recuerda que la noche anterior estuvo con sus colegas que sabían de su despido y todos tan sonrientes. Se fue. Su esposo la vino a buscar bajo petición. Se desmoronó al verle, él la consoló, también estaba en shock.
Y vivió a trozos unos cuantos tiempos, imprecisos como los tiempos del duelo, y lloró, un día sí y otro también. De aquel pozo no salía, hasta que recordó aquella tarde en que algo mágico le aconteció: ¿Y esto es trabajar? Y recordó que antes de aquella oferta de caramelos de cianuro, ella estaba decidida a dar un giro en su vida, otro, el que faltaba hasta ese momento: quiero pintar, quiero el arte, expresarme, vivir de lo que sé, independiente, a mi aire, su hada madrina la había escuchado.
Mucho tiempo después tuvo un sueño, un reconfortante y hermoso sueño. Estaba rodeada por los compañeros de aquella universidad que le decían que no era necesario que se fuera, que se podía quedar todo el tiempo que quisiera, que sus proyectos eran interesantes, que la entendían y admiraban, y allí, según su sueño, permaneció mucho tiempo siendo querida y aceptada. Al despertar, lejos de hacer elucubraciones sobre el significado, se fijó en la sensación que la acompañaba y entendió todo. Eran cosas de su hada madrina.
Pero, no. El asunto es que había estado leyendo un ensayo sobre neurobiología que decía que la vida cerebral continúa aunque nosotros estemos durmiendo, es decir, que mientras el cuerpo necesita reponerse el cerebro no para de dar órdenes: respira, descansa, late, no te mees, así es el cerebro y como durante ese tiempo no tiene informaciones fenoménicas, entonces, comienza a echar mano de las que ha tenido y recurre a los recuerdos o a cualquier material aislado que se encuentre sin resolver, como si de un silogismo sin conclusión se tratara. Así, crea parches para acabar episodios inconclusos, anhelos, acertijos.
Esa noche el sueño la devolvió a la realidad y entendió cuanto le había dolido aquello. Ahora que está contenta porque trabaja en lo que le gusta, echa de menos lo que fue, pero de ningún modo lo que ha llegado a ser.
Ese parche ha sido revelador, dulce, necesario, pero es sólo un parche. Lo verdadero fue no tenerlo.

Muy bonito
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